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Editorial: Océanos de diversidad y school-shooters arquitectónicos

Solo durante el siglo XX la modernización y el desarrollo propagaron los proyectos de escalabilidad a lo largo de la tierra, encogiendo lo que había sido un océano de diversidad en charcas residuales.
“On non-scalability”, Anna Tsing.

La escena se repite en cada pantalla, en cada móvil, abriendo cada red social. Periódicamente, aparecen multiplicándose ante nuestros ojos vídeos y vídeos que acumulan cientos, miles o millones de visitas. Y siempre se desarrollan exactamente igual. Una cámara enfoca un perfil de hombre que mira fuera de plano, un micrófono de radio ante su boca, neones al fondo, sillas de gaming o elegantes sillones de cuero, habitaciones que huelen a cerrado y a Monster rancio, mientras una música de tono transcendental recalca los aspectos más importantes del clip y unas letras parpadean subtitulando lo que su voz dice. Ya sean prepúberes, culturistas o aspirantes a Jordan Belfort o Mario Conde, siempre hay un mensaje claro y directo: es necesario escalar el proyecto —no importan si se trata de camisetas, cursos de autoayuda o clientes dispuestos a hipotecarse por tener una vivienda unifamiliar—. Subir de escala, más visitas, más proyectos, más grandes. Una red replicante multiplicándose, propagándose de forma viral donde nunca nada es suficiente. Un esquema piramidal para dominarlo todo. Esa totalidad ha de ser más grande, más masiva, mayor impacto, cueste lo que cueste y lleve a quien se lleve por delante. ¿Qué tendrá la escalabilidad para haber obsesionado a buena parte del Internet masculino. ¡Ay! ¿Qué misterios guardarán las escalas con las que nos aproximamos a aquello que nos rodea para que sean auténticas banderas rojas con las que detectar que algo se ha torcido?

El influjo de la píldora roja no se ha limitado a la emprendeduría, los streamers y los pódcast, sino que poco a poco conecta con sus madrigueras de conejo cada vez en más ámbitos. Su seductora retórica hace que sea una vía de escape cómoda para cada vez más personas, incluidos los arquitectos. En esos mismos agujeros oscuros de la manosfera, los school-shooters de la arquitectura —bajo la careta anónima del intelectual cínico que ocupa o ha ocupado puestos de responsabilidad y cuya voz había sido prescriptora en revistas o blogs de arquitectos— arman y elaboran sus discursos dispuestos a arremeter contra todo atisbo que se aleje del dogma disciplinar que ellos mismos han ayudado a construir. Y, como en todo descenso a la locura, es prácticamente imperceptible al principio, pero el mar de fondo en el que se desarrolla tiene una gran fuerza. ¡No hace falta que te entreviste Iker Jimenez o te ensalce la extrema derecha y ponerte el sombrero de papel de aluminio en un canal de YouTube desde un sótano incierto para que tus argumentos fluyan acorde a los mandatos de la nueva vieja reacción. El éxito de la pastilla roja está, precisamente, en ser capaz de ajustar el tono hasta que sea prácticamente imperceptible. Pero, como decíamos antes, hay señales que nos ayudan a identificarlos. La obsesión por la escala, por el detalle,  es un buen indicador para saber ante qué nos encontramos, así como un odio inexplicable a todo aquello que intente huir de la tiranía de la escala o cuestionar las implicaciones que aparecen en el salto de escala. 

Algunos, obsesionados con la búsqueda de las verdades arquitectónicas frente a la retórica posmoderna, hablan de la vuelta a una materia objetiva, medible. Donde la escala ya no es la del detalle constructivo si carece de un interés cuantificable, sino que es la escala química y molecular, de cadenas de ADN como último bastión ante las construcciones humanistas de la realidad. Otros, en sus blogs, poblados de imágenes en blanco y negro y planos modernos, reivindican el papel de la arquitectura de verdad, matérica, de encuentros precisos y donde Dios (sí, Dios) está en la pequeña escala, en los detalles. Todo aquello que quede fuera de la arquitectura de la Verdad, sea esta una verdad científica o autoritaria, es objetivo de su próximo ataque. La escala semeja ser el último refugio, la piedra de clave para sostener la ficción de una arquitectura eterna y valiosa ante la decadencia de sus valores en pos de una contemporaneidad líquida y diversa. 

Así, todo aquello que en la neolengua de la píldora roja apunte a posmodernidad —signifique lo que signifique el término— es motivo de ataque indiscriminado. Lejos quedaron sus posiciones de certeros francotiradores, solitarios, cínicos y críticos. Ahora enarbolan al school-shooter que dispara contra todo, se lleve a quien se lleve en un ejercicio más próximo al odio que a la reflexión ordenada. En esta cruzada hostil de la defensa de la escala, —como suponemos que podría ser la familia nuclear, el sexo biológico o el espíritu de Occidente— encontramos aquellas propuestas disciplinares que se resisten a compartimentar la realidad en escalas concretas, sino que entienden los cruces y retroalimentaciones constantes entre ellas son fruto de furia y ríos de tinta. Lo cosmopolítico y lo transescalar, tal vez por atreverse a cuestionar el supuesto rigor objetivo del 1:25, 1:50 y 1:5000, que niegan la escala para proponer lecturas del entorno construido que saltan y conectan situaciones muy diversas, que entienden que no hay detalle sin la red de relaciones que lo hacen posible y que estas pueden extenderse mucho más allá del plano de situación, son un motivo constante de rabieta dentro de sus madrigueras de conejo. Tal vez resulte más fácil convivir con una práctica que no se cuestione el daño medioambiental causado por un vertido de hormigón, el transporte oceánico de una piedra con la que alicatar una fachada trasventilada y seguir pensando que únicamente en su encuentro preciso, en el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz, discurre toda agencia y toda responsabilidad del arquitecto. 

Dice Anna Tsing que la escalabilidad del proyecto moderno es completa antagonista de la diversidad. Para que algo sea escalable, todos sus parámetros han de ser perfectamente controlados y normalizados. Nada, absolutamente nada, puede escapar del rigor científico, de la verdad material que controle todos sus parámetros para que prospere un proyecto que pueda ser replicado, propagado y diseminado ad infinitum generando un paisaje continuo de fórmulas espaciales replicable exactamente igual a un feed cada vez más homogéneo de criptobros mirando fuera de plano. Y en esa voluntad normalizadora que expulsa toda diversidad encontramos el bromance perfecto con los school-shooters de la arquitectura, agazapados y dispuestos a actuar para acabar con todo rastro de diversidad. Si la diversidad puede actuar como un antídoto contra la escalabilidad de fórmulas espaciales y de un modo moderno que, en el fondo, es profundamente reaccionario, la negación de la escala como el único instrumento válido que categoriza y discrimina la producción espacial con base en un cociente métrico impuesto, puede ser también un antídoto a las píldoras rojas. En esa negación de la escala, en la que fluye una diversidad mayor de prácticas y mundos posibles al margen de su tiranía, podemos encontrar fórmulas que permitan explicar lo que nos rodea en múltiples conexiones transescalares, pero también aprender a imaginar nuevas formas de operar entre ellas. 

Por:
Bartlebooth es una plataforma de edición e investigación que examina la práctica espacial contemporánea, fundada en 2013 y desarrollada en la actualidad por Antonio Giráldez López y Pablo Ibáñez Ferrera. Bartlebooth ha sido expuesto y reconocido en diferentes espacios y contextos. Ha sido premiado en la Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo BIAU (2019, 2022), en la Muestra de Investigación de la XIV Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo (2018), el Foro Arquia/Próxima “Prácticas Relevantes” (2018), con el Premio Arquia/Innova, y seleccionado en los Premis FAD de Pensamiento y Crítica (2016, 2019). Ha sido expuesto en espacios y contextos como el Pabellón Español en la 16ª Bienal de Venecia (2018), el Pabellón Portugués en la 17ª Bienal de Venecia (2021), el Het Nieuwe Instituut de Rotterdam y el Netherlands Institute for Sound and Vision de Hilversum (Países Bajos), la Porto Design Biennale (Portugal), la Bienal de Pensamiento de Barcelona, el Museo de Arquitectura y Diseño MAO de Ljubljana (Eslovenia), Museo Reina Sofía, Matadero (Madrid), la Architectural Association (Reino Unido) o The Berlage (Países Bajos), entre otros.

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