La raíz latina focus hace referencia al fuego del hogar, pero en términos científicos ha dado lugar también al punto de convergencia de rayos de luz refractados por una lente. Foco, centro, concentración. Enfocar, fuego.
Es curiosa esta relación del fuego y la mirada. Como lo es que quienes vigilan los incendios forestales desde las torres de vigilancia en León sean conocidos como escuchas. Me dicen que se conocen por las voces. Aunque algunos nunca se hayan visto, se reconocen por la voz de la emisora. Una relación que se traza por la escucha mientras mantienen la vista en el horizonte. Escuchar el incendio y enfocar la mirada en la búsqueda del humo desde una torre de vigilancia. Mantener la mirada ante la amenaza de un fuego por venir, a la espera de que pase algo, o de que nada pase. Que no pase nada es señal de que todo va bien. La figura del escucha es un conjunto de miradas cruzadas que triangulan el horizonte, una larga espera, una mirada solitaria, una escucha colectiva.
Pensar la escucha, la escena vacía, bandas oscuras, una estructura metálica que se erige entre los árboles. Mirar un mismo paisaje, mirar un mismo fuego. Y que cada vez parezca uno diferente. Esto lo recuerdo de aquella conversación que tuvimos una tarde en Peña Aguda. Transcribo aquí algo cercano, algo que podríamos decir que es ficción:
— ¿Sigues mirando?
— Sí. Observo hacia todos los puntos cardinales, desde todos los puntos de vista.
— Apartas la vista y vuelves a mirar.
— Sí. Por intervalos, cada poco tiempo. Con mayor frecuencia si hay más riesgo de incendio. Mirar y apartar la vista continuamente.
— Para hacer la mirada al paisaje.
— La mirada se hace experta con el tiempo, interpreta lo que ve y lo que intuye.
— Aunque engañe a veces.
— A veces no es humo lo que ve y es polvo, son nubes, son reflejos.
— ¿Ves algún humo?
— No, ahora no.
— Y aquellos incendios de los que me habías hablado, ¿fueron provocados?
— ¿Cuáles?
— Aquellos de los que hablamos. Ahora no recuerdo si fueron por las quemas incontroladas o fueron por rayos.
— Fueron rayos. Los rayos… vas viendo cómo caen, cómo van prendiendo…
— Fue hace un año, ¿verdad?
— Sí, hubo varios incendios a la vez por las tormentas que se forman en las montañas cercanas y recorren la comarca, pasando en ocasiones muy cerca de aquí.
— La propia lluvia los sofoca en ocasiones, supongo.
— Sí, pero en otros casos incendian matorrales. Cerca de La Guiana se inició un incendio por tres rayos que cayeron en mitad de la ladera y se quemó toda esa parte… ¿Has visto? la luz ahora es intensa y es como si temblase el horizonte. ¿Sabes la sensación a la que me refiero?
— Sí, es verdad.
— Con los prismáticos igual alcanzas a verlo mejor.
— Debe ser muy diferente cuando cae el sol.
— La luz anaranjada del sol cubre todo el paisaje. Y ves al fondo el brillo que se apaga poco a poco.
— Como un fuego que se apaga poco a poco.
— Hasta que llega la noche… y se apaga la mirada también.
II.
Mientras rodaba Cartas de Siberia (1957), Chris Marker había filmado unos planos de unos bomberos siberianos apagando un fuego y dice:
«Estando aquí un poco escaso de imágenes y juzgando que todos los incendios forestales se parecen, he creído no traicionar la realidad documental insertando algunos planos suministrados por los noticieros Pathé Journal. Quizá quepa señalar que éste es el único film hasta la fecha en el que se puede ver […] a bomberos soviéticos apagando un fuego americano.»1
Tal y como señala Isaki Lacuesta en Imágenes en círculos concéntricos, prólogo de la edición en castellano del guion de Sans Soleil: «En realidad, esta secuencia y este texto no aparecen en la película, sino tan solo en la edición impresa del guion […] Se trata por tanto, de un incendio imaginario, de una secuencia fantasma. Por eso podemos invocarla.» Un incendio que es un juego entre el relato, el contexto y las imágenes: aquel fuego que no tiene tiempo, este fuego que es ficción. Una escena que se describe en un guion pero no existe en el montaje de la película, una secuencia que es texto, un cine que se escribe, la imagen de un incendio forestal que es un gran eco que resuena en nuestras miradas.
En 1967 Marguerite Duras viaja a Cuba como parte del Salón de Mayo de París y envía un cuestionario a algunos directores de cine e intelectuales cubanos con el fin de conocer e indagar en el contexto y la coyuntura social del país. Ese cuestionario llegó, entre otros, a la directora cubana Sara Gómez. En una de las preguntas, Duras hace mención al espíritu de competencia propio del capitalismo y se pregunta qué ha pasado con esa idea desde la revolución, a lo que Gómez responde: «Usted me pregunta ¿Qué pasó aquí con…? Yo diría que aquí, en el terreno del individuo, no pasó nada, sino que todo está pasando, y está pasando por medio de una larga y dolorosa disolvencia, por hablarle en términos cinematográficos.»
La pregunta de Duras atraviesa un tiempo, un lugar específico. Pero la respuesta de Gómez nos conduce a un instante, a lo que sucede mientras lo decimos, lo que se verbaliza desde un presente continuo y no desde un pasado. Poner el foco en lo que está ardiendo, lo que podría estar ardiendo, como aquella imagen fantasma en Marker, un fuego que es texto, que es volumen, que es escucha, que es fantasma, que se invoca.
III.
En 1966 Julio Cortázar publicaba Todos los fuegos el fuego, una colección de cuentos donde se encuentra el relato homónimo que da título a la obra. En este relato, dos historias sucedidas en dos momentos diferentes de la historia se cruzan y replican; dos escenarios diferentes: la Antigua Roma y el París del siglo XX. Ambas historias se superponen como una consecución de escenas desordenadas que saltan de un tiempo a otro: mientras el procónsul romano organiza un combate para el gladiador del que está enamorado su esposa, Roland habla con Jeanne por teléfono mientras fuma un cigarrillo. Las dos historias dialogan a través de un elemento común: el fuego. Como si de un mismo fuego tratasen las dos historias, el suceso se repite en la historia y se narra de una manera no lineal: todos los fuegos, el fuego; todas las historias, la historia.

Fotografía en los estudios de Cinecittà (2022), Abel Jaramillo.
En el año 2007 se producía un incendio en Cinecittà, en Roma, los estudios de cine y televisión que Mussolini proyectó como estructura de propaganda para consolidar el cine italiano y competir con las producciones de Hollywood. Entre las pérdidas devoradas por las llamas se encontraban los escenarios de la serie Roma producida por HBO. Como un espejo en la historia, aquel fuego que son todos los fuegos, arrasaba en nuestros tiempos una ciudad replicada de Roma en unos estudios de cine. Entre llamas de más de cuarenta metros se producía una escena que recordaba a aquel incendio de la ciudad por mandato de Nerón. Un incendio en el centro de la ficción.
Varios incendios se han sucedido desde aquel año en los estudios de Cinecittà. En 2022 se incendian los estudios donde se graba Grande Fratello, la versión italiana de Gran Hermano. Recuerdo visitar los estudios unos meses más tarde de aquel incendio y, mientras miraba los andamiajes que sostenían aquel escenario que reproducía un tiempo otro con tanta fidelidad, veo como cruza el cielo una avioneta arrastrando un mensaje: IL MEGLIO DOVE ANCORA VENIRE [Lo mejor está por venir]. Tiempo después supe que era un mensaje para una de las concursantes de aquel reality. Pero en el tiempo que estaba pasando aquella avioneta, mientras apartaba mi atención de aquellos decorados, pensé que podría encajar en cualquier incendio.