Habitar un clima cambiante

Desde la modernidad industrial, la atmósfera ha tendido a pensarse como un medio técnico y abstracto, objeto de medición, predicción y control. En el contexto de la crisis climática, sin embargo, el aire deja de ser un telón de fondo para convertirse en un espacio vivido, compartido y susceptible de proyecto común. La atmósfera concentra hoy conflictos energéticos, infraestructuras ocultas, tecnologías de observación, desigualdades ambientales y disputas sobre quién respira qué, en qué condiciones y con qué consecuencias. Pensarla implica, por tanto, repensar las formas de habitar, gobernar y cuidar.

Desde esta perspectiva, las prácticas artísticas contemporáneas vinculadas a la arquitectura y al espacio juegan un papel clave. Más allá de la producción de objetos, estas prácticas operan como mediaciones entre cuerpos, datos, infraestructuras y entornos. Permiten hacer visible lo invisible, traducir procesos complejos en experiencias situadas y abrir espacios de socialización en torno a retos que a menudo se perciben como demasiado técnicos, abstractos o lejanos. La atmósfera aparece así como un campo de acción para una práctica espacial crítica, capaz de articular conocimiento, experiencia y acción colectiva.

En los últimos años han proliferado investigaciones y proyectos que trabajan directamente con la atmósfera y la arquitectura para activar situaciones concretas en las que el aire, los datos y las infraestructuras se vuelven legibles, discutibles y compartidos. Estas prácticas ensayan nuevas formas de relación entre conocimiento experto y experiencia cotidiana, desplazando la observación climática desde espacios cerrados hacia contextos públicos, accesibles y relacionales.

La atmósfera aparece así como un campo de acción para una práctica espacial crítica, capaz de articular conocimiento, experiencia y acción colectiva. En este marco se inscribe la Bienal Climática, un espacio de encuentro que moviliza la cultura y la experimentación artística para generar reflexiones, debates y acciones orientadas a abordar las múltiples transiciones contemporáneas. Concebida como una bienal nómada, su primera edición tendrá lugar en Avilés y en otros puntos de la Asturias rural, una región marcada por su memoria minera, un presente industrial, la reconversión de lo periurbano y modos de vida rurales que proponen formas alternativas de relación con el entorno basadas en saberes vernáculos. En diálogo con las particularidades de la ciudad y los pueblos anfitriones, la Bienal Climática  propone un programa interdisciplinar y distribuido que combina: exposiciones, un programa público, proyectos de nueva producción y residencias de investigación, proyectos de arte+educación, acompañamiento a organizaciones locales y a sus comunidades y la transformación de equipamientos públicos. A través de esta diversidad de líneas de trabajo, la bienal pretende ampliar el alcance de su género, más allá de la gran muestra centralizada, para adaptarlo a la emergencia ambiental y social y a la diversidad territorial.

Algunas de estas propuestas reimaginan los dispositivos de medición meteorológica como arquitecturas abiertas, móviles o comunitarias, capaces de generar encuentros y conversaciones en torno a qué significa medir el clima y con qué fines. Otras se centran en la materialidad esquiva de la atmósfera —el vapor de agua, las partículas en suspensión, los flujos invisibles— explorando las tecnologías, mitos y narrativas que históricamente han intentado capturarlos, reproducirlos o controlarlos. En estos trabajos, la atmósfera deja de ser una abstracción estadística para convertirse en una experiencia sensible y situada.

Una línea especialmente relevante de la Bienal Climática aborda las tensiones de la transición energética, poniendo el foco en las infraestructuras que reorganizan territorios y modos de vida. Desde una mirada crítica, estas prácticas analizan tanto la materialidad de dichas infraestructuras como los imaginarios que las sostienen: promesas de descarbonización, narrativas de progreso tecnológico o soluciones que revelan nuevos conflictos. La atmósfera, en este contexto, no puede pensarse de manera aislada: está profundamente entrelazada con el suelo, el subsuelo y los sistemas técnicos que condicionan la vida cotidiana.

En su aproximación a los espacios y equipamientos públicos, la Bienal Climática trabaja con equipos de arquitectos que plantean su trabajo en colaboración con comunidades locales. De este modo y a través del prototipado, espacios como las bibliotecas municipales se rediseñan como lugares de aprendizaje, cuidado y adaptación climática; entornos vivos donde arte, arquitectura y saberes diversos se entrelazan. En estos contextos, la captación de partículas atmosféricas, el cultivo de especies vegetales o la experimentación material se combinan con la participación ciudadana, activando nuevas formas de convivencia y de relación con el entorno. El espacio público deja de ser únicamente un lugar de servicio para convertirse en una infraestructura ambiental y social.

Aunque diversas en escalas, formatos y metodologías, todas estas prácticas comparten una misma preocupación: ampliar los marcos desde los que se comprende la atmósfera y redistribuir la capacidad de intervenir sobre ella. Hacer visible lo invisible no es solo una operación pedagógica o estética, sino una estrategia para abrir la conversación sobre cómo queremos habitar un clima cambiante y quién participa en esa conversación.

En un momento en el que la adaptación al cambio climático resulta cada vez más urgente y, al mismo tiempo, más abstracta para gran parte de la ciudadanía, activar la atmósfera como espacio común permite devolver estos retos al terreno de lo compartido. Desde el arte, la arquitectura y las prácticas espaciales, se ensayan así formas de pensar y practicar la atmósfera no como un recurso ilimitado, ni como un problema exclusivamente técnico, sino como un ámbito de cuidado, negociación y responsabilidad colectiva. La arquitectura se desplaza aquí del objeto al proceso, de la forma al vínculo, operando como mediación entre datos, cuerpos y territorios.

Por:
Amanda Masha Caminals es comisaria de arte en la fundación Atelier itd y Directora Artística de la Bienal Climática, la primera bienal de arte, industria y territorio diseñada en España. Es también co-fundadora y asesora de la organización Translocalia, una red de artistas, comisarias, arquitectas, activistas y diseñadoras para planificar el futuro a través del arte. Masha Caminals ha sido asesora del Premio S + T + ARTS de la Comisión Europea, una iniciativa para fomentar las alianzas entre la ciencia, la tecnología y las artes, que implementan de manera efectiva un enfoque europeo de la innovación tecnológica centrada en las necesidades y valores humanos. Anteriormente, dirigió el Instituto Mutante de Narrativas Ambientales (IMNA) de Matadero Madrid y el itdUPM y la ESTACIÓN CIUDAD de la Clínica de Salud Ambiental de la artista Natalie Jeremijenko en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) y el Ayuntamiento de Barcelona. Como comisaria independiente ha trabajado y comisariado proyectos en instituciones como el Instituto de Artes Visuales Internacionales (Iniva) de Londres o la Casa Triângulo de São Paulo. Es licenciada en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona y máster en Comisariado de Arte Contemporáneo por el Royal College of Art de Londres.

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