«Wenn du mich siehst, dann weine»
«Si me ves, llora»
Era verano del 1914 en Děčín, un pueblo comercial a las orillas del río Elba, en la actual República Checa. Franz Meyer, vecino de la localidad y cuyo sustento provenía de la construcción naval, veía cómo la sequía estival ponía en riesgo su medio de vida.
Bajo el puente colgante, suspendido sobre ese hilo silencioso en el que se había convertido el Elba, reapareció la piedra del hambre, aquel bloque de arenisca donde desde 1616 se grababan1 los años de sequía extrema para advertir a las generaciones futuras sobre las penurias que llegarían cada vez que la roca volviera a asomarse. Aquel verano, Meyer aprovechó la ocasión, grabó en ella la frase “Wenn du mich siehst, dann weine” (Si me ves, llora), instaló un grifo de cerveza y cobró a los curiosos, atraídos por esa mezcla de historia y espectáculo. Lo que nació entre el ingenio, el marketing y la necesidad terminó resonando como un mensaje colectivo del pasado, advirtiéndonos sobre lo que estaba por llegar.
Entre 2018 y 2021, esta piedra, que permaneció oculta a la vista humana durante décadas, silenciosamente protegida por el paso del tiempo y la lenta erosión del río Elba, volvió a aparecer en un momento de sequías extremas, del mismo modo y casi al mismo tiempo que la torre del antiguo pueblo de Sant Romà de Sau, en Cataluña, emergía cuando las aguas del embalse que la cubre descendieron a niveles históricos.

Figura 1: La “piedra del hambre” en Děčín. 1922. Cortesía del Prof. Jan-Michael Lange – Escaneado 3D de la “piedra del hambre” para el Instituto Hidrometeorológico Checo. Imagen: Libor Tělupil
“De mica en mica, s’omple la pica i de gota en gota, s’omple la bota”
«Poco a poco, se llena el fregadero y de gota en gota, se llena el barril»
Era 1962, cuando Sant Romà de Sau fue desalojado y sumergido para la construcción de un embalse destinado al suministro de agua y control de inundaciones. Aquel pueblo, que años antes F. Iquino había inmortalizado en su película Camino cortado2, conserva hoy su campanario, que aunque fue sumergido a 23 metros, sobresale ahora como testigo de la vida que allí transcurrió, un rastro de lo que fue sepultado bajo la modernidad hidráulica española. Considerada hoy la iglesia en pie más antigua sumergida en el mundo3, la de Sant Romà de Sau se ha convertido en un faro extraño, un punto fijo en un paisaje que cambia con cada estación.
Muchos la nombran el “pluviómetro” catalán por excelencia; basta una mirada a la altura de su campanario para intuir la salud del embalse, de su paisaje. Su silueta emerge y desaparece, convirtiéndose una y otra vez en el símbolo de las sequías que azotan la península, abriendo informativos y cubriendo portadas. Basta escribir “el campanario de Sau” en Google para comprobarlo: más de 62.000 entradas digitales. Al igual que el pantano se va llenando poco a poco y la torre vuelve a desaparecer, son las fotos, los comentarios y los artículos que circulan los que continúan llenando la “bota” colectiva de su memoria y porvenir.

Figura 2: Sant Romà de Sau, 1961. Imagen: COSTA SAVOIA, Ernest. Fons Ernest Costa. INSPAI. Diputació de Girona – Pantano de Sau. Septiembre 2024. Imagen: Surcast. Tecnologia aplicada al patrimoni – Pantano de Sau. Diciembre 2012. Imagen: María Rosa Ferré
Los patrones climáticos alterados, la disminución de los caudales y la desertificación progresiva hacen visible una fragilidad compartida. La escasez de agua deja de ser una excepción para convertirse en una condición estructural de nuestro tiempo. Piedra y torre participan en esta realidad con una condición similar: su visibilidad depende del agua que las cubre y las revela. Son intermitentes, entre lo visible y lo sumergido, entre lo que permanece y lo que se disuelve. Cada reaparición trae consigo un mensaje: nos recuerda que el clima posee memoria, que cada oscilación del agua es una escritura sobre la superficie.
“When this goes under, life will become more colourful again”
«Cuando esto vuelva a hundirse, la vida será más colorida otra vez»
Además de la piedra de Děčín, el río Elba guarda otras decenas de piedras marcadas4 a lo largo de su recorrido por Europa Central, antes de llegar al mar del Norte. En una de ellas, en Bleckede (Alemania), puede leerse otra inscripción rescatada por la bajada del río: “When this goes under, life will become more colourful again“ (Cuando esto vuelva a hundirse, la vida será más colorida otra vez). La lógica se invierte: no habla de ausencia, sino de regreso.
Mientras en España o a lo largo del Elba las huellas emergen cuando el río se retira, en otras geografías el riesgo es el contrario: la pérdida y sumersión bajo el ascenso del agua funcionan como registro de amenaza y control territorial. En Děčín, una leyenda local decía que la construcción de una presa aguas abajo inundaría la piedra para siempre y que los tiempos de hambre y penurias desaparecerían. Sin embargo, la respuesta al agua no solo se cuenta en relatos. A veces, el intento de contener el agua se convierte en un proyecto de país.
Los Países Bajos han construido su identidad entre presas y mareas, entre la contención y la amenaza. El mar, paciente, espera para reclamar lo que le pertenece. La gran inundación de 19535 dejó en evidencia que incluso siglos de construcción no garantizan la seguridad, y motivó el Plan Delta, un sistema de diques, presas y compuertas que combina ingeniería avanzada con planificación territorial. Décadas después, tormentas como la Pía6, que en diciembre de 2023 azotó el mar del Norte, dejaron claro que la amenaza sigue vigente: por primera vez desde su construcción en 1997, una de las compuertas clave del sistema, la llamada Maeslantkering, tuvo que activarse.
Presas y compuertas no emergen ni desaparecen: resisten. Son la materialización de la voluntad de estabilizar lo inestable, de mantener la continuidad frente a la amenaza constante, convirtiendo el paisaje en un verdadero campo de anticipaciones. Mientras en Děčín se decía que la llegada del agua con una presa borraría las épocas de necesidad y dificultad, en los Países Bajos se construye precisamente para impedir su entrada y sostener la vida sobre aquello que, de otro modo, podría desaparecer.

Figura 3: Barrera de Maeslant, Maeslantkering. Imagen: Google Earth – Rotura de un dique durante la inundación del Mar del Norte de 1953. Imagen: Museo Holandés de las Inundaciones (Watersnoodmuseum)
La piedra que advierte, la torre que emerge y la compuerta que resiste dialogan entre pasado y futuro, actuando como comunicadores del clima. Nos recuerdan que habitamos un territorio en constante negociación con el agua y que el tiempo también se mide en oscilaciones, inundaciones y resurgimientos. Estos artefactos trazan una temporalidad donde el pasado no se va del todo y el futuro ya comienza a inscribirse.
El agua borra y revela, mientras que el cincelado de Meyer, las fotografías del campanario o los planos de la Maeslantkering fijan. Cada inscripción ofrece una nueva lectura del paisaje y demuestra que la memoria climática no es abstracta. Es mediadora de una práctica espacial que convierte la observación en acción y lo invisible en narrativa. Una práctica que se desplaza hacia lo incierto, imagina lo que aún no sucede y aprende a relacionarse con lo inestable.
Intervenir en el espacio se vuelve participar en una escritura ambiental donde las prácticas espaciales leen e interpretan el paisaje: descifran por qué una piedra emerge, qué indica el nivel de un embalse o qué supone que una compuerta se cierre por primera vez en décadas. Cada gesto de la materia es un índice, un mensaje que requiere nuevas alfabetizaciones climáticas capaces de traducir ritmos hidrológicos en decisiones territoriales; convertir señales atmosféricas en políticas públicas e interpretar fluctuaciones ecológicas como advertencias sobre los límites de nuestros modelos.
Se convierte así en un ejercicio de interpretación constante, atenta no solo a lo visible, sino también a lo posible, lo latente, lo que el paisaje insinúa pero aún no manifiesta. Reconocer esta lectura es asumir que el territorio es un documento vivo en constante reescritura, donde la materia recuerda, el paisaje archiva y cada oscilación climática nos obliga a repensar cómo habitamos lo que siempre ha sido inestable.
Los tejadistas de Riaño7 aprendieron a maniobrar en esa inestabilidad, en la amenaza constante de desaparecer. Subidos a los tejados durante meses, intentaron ganar tiempo hasta la entrada en vigor de una ley que los protegería, pero que nunca llegó. Día y noche sobre las cubiertas, transformaron las tejas en espacios de intervención. Ramiro Pinto, uno de ellos, grabó en una de ellas un poema8 que sería destruido días antes de que las primeras aguas entraran y que Riaño se convirtiera en polvo: Cuando me detuvieron consideraron que la teja podía ser un ‘objeto de agresión’, me la quitó un guardia civil ¡joven! y la tiró en el mismo tejado donde nos detuvieron, rompiéndose en pedazos. La había grabado, a falta de los dos últimos versos, con un clavo grande.

Ramiro Pinto, tejadista y apasionado divulgador de la historia de Riaño. Imagen cortesía de Ramiro Pinto.
En un futuro donde el clima sea el principal autor del paisaje, estos artefactos quizá ya no sirvan para medir ni advertir, sino para recordar que hubo un momento en que intentamos dialogar con el cambio. Quizás, en el futuro, estas formas se inviertan o se confundan. Tal vez las piedras del hambre ya no emerjan, porque el río que las sostenía se haya desplazado o agotado. Tal vez el campanario de Sau quede definitivamente sumergido, transformado en arrecife o ruina líquida, disolviéndose como los restos de aquella teja grabada en Riaño. Y acaso las presas holandesas, rebasadas por un mar sin límites, se vuelvan los nuevos vestigios del futuro.
Incluso así, su poder no desaparecería. Persistirían como archivos materiales de la memoria del paisaje, como testigos de una práctica espacial que buscó entender el tiempo a través del agua, recordándonos que nuestra forma de habitar depende de la capacidad colectiva para imaginar nuevas maneras de convivir con aquello que no podemos controlar.
Comprender la memoria climática implica aceptar que el territorio recuerda. Intervenir en el espacio ya no significa imponer una forma, sino acompañar una transformación.
Este fragmento forma parte de la publicación en curso del proyecto “Artifacting a Dutch Flooded Archaeo-Landscape”, una propuesta que explora, desde la especulación paisajística, una prearqueología sumergida en las Islas de Zeeland (Países Bajos) junto a Roberta di Cosmo9 y en colaboración con Queenie Lin10, The Watersnoodmuseum11 y Giovanni Amerio12.