A lo largo de la última década, y tras la firma del Acuerdo de París1, el cambio climático se ha convertido en un asunto crucial: un punto de paso obligado que ha ido impregnando subrepticiamente buena parte de las cuestiones relativas a la reproducción de la vida. La mutación climática experimentada por un Planeta en profunda transformación —debido al calentamiento global— nos alerta de una explosión de eventos y fenómenos meteorológicos extremos que, tal y como señalan las principales proyecciones climáticas2, arrojan horizontes inhóspitos para la habitabilidad futura del planeta. Estos desafíos ambientales han ocasionado una sensación de vértigo generalizado en la política contemporánea a través de un sentimiento colectivo de pérdida del mundo con tintes apocalípticos: de repente, pareciera que nos faltaran tiempo y espacio. Retomando la metáfora de Kopenawa & Albert (2015): el cielo amenaza con caer sobre nuestras cabezas. Según la imagen propuesta por Latour (2018): el suelo que debería sostenernos parece ceder bajo nuestros pies.
No es cualquier cosa para los modernos, el colectivo que, a pesar de sus innúmeras heterogeneidades, fundó un modo de habitar consensual, mediante una ficción política compartida, que hacía equivaler bienestar y progreso con el dominio y control de una Tierra obediente y sumisa: todas las garantías y ningún misterio.
En ese sentido, una de las cuestiones que ha guiado mi trabajo reciente remite al interés por el estudio de la relación entre el marco de desorientación e incertidumbre asociado al cambio climático y el creciente descrédito de la democracia.
Ante la evidencia científica del calentamiento global y su origen antropogénico3, gobiernos de todo el mundo han diseñado planes de acción, promovido instrumentos de política climática e incluso han redactado documentos de planificación estratégica —los conocidos planes clima de Barcelona4 y París5—, con el doble objetivo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y adaptar las infraestructuras, equipamientos colectivos y formas de vida a las consecuencias del cambio climático.
Ahora bien, aunque las acciones de mitigación y adaptación al cambio climático están respaldadas por la evidencia y sus razones gozan de una aparente legitimidad social, su despliegue —frecuentemente— genera desconfianza, sospecha y apatía, lo que dificulta su implementación y aceptación social.
En ese sentido, uno de los principales lastres de la política de transformación de los territorios que requiere la acción climática remite a las condiciones de la deseabilidad de dicha transformación, lo que de manera invariable alude también a la cuestión del deseo de democracia.
Pero ¿cómo podemos hablar de deseos decididos de democracia si, como apunta el psicoanalista Éric Laurent, la palabra democracia viene a nombrar una pérdida y un imposible? Es más, ¿cómo reencantar la democracia cuando la política democrática, en palabras del historiador y filósofo Marcel Gauchet es “el lugar de una fractura de la realidad”? Y, todavía más, ¿cómo rescatar la potencia generativa del deseo cuando el deseo implica siempre una apertura hacia el Otro —como realmente Otro— y se satisface en el encuentro incierto con el deseo del Otro, en una época marcada por la sospecha furibunda sobre cualquier forma de alteridad que diverja de las certezas yoicas?
Las instituciones democráticas más comprometidas con las políticas climáticas dedican una parte substancial de sus recursos a tareas de persuasión y enrolamiento de la ciudadanía dentro de un paradigma que podríamos denominar como de aceptabilidad. Sin embargo, tal y como muestran algunas iniciativas recientes (por ejemplo, el proyecto de las superilles6 de Barcelona), la aceptabilidad, cuando sucede, se produce a regañadientes y con desgana: con escasa implicación y participación ciudadana, en un marco de desconfianza. Además, es importante señalar que la política climática continúa vinculada discursivamente al imaginario de la crisis, la emergencia y el desastre7. Pareciera que la razón última de toda política climática sea ablandar lo peor en lugar de explorar la deseabilidad del porvenir. En ese sentido, la política climática suele ser entendida como una mala noticia: un lastre para la misma prosperidad que implicaría asumir una pérdida en un mundo abonado, cultural y libidinalmente, al sin límite: (I can’t get no) satisfaction.

Foto: Augusto Leal
Por ello, tal vez uno de los grandes desafíos de la política climática resida en el alumbramiento de una política del deseo, esto es, en la capacidad de engendrar un deseo de ecologización de la vida que sea, simultáneamente, un deseo de democracia. Sin embargo, la democracia parece ser objeto de sospechas semejantes a las que suscita la política climática. Mientras personas de distintas partes del mundo se sienten apesadumbradas e incluso amenazadas en sus formas de vida, en sus bienes materiales y en sus expectativas de progreso —como consecuencia de una situación de incertidumbre generalizada—, ese mismo contexto de desorientación colectiva parece haber contribuido a la erosión de la democracia. A ojos de sectores crecientes de la ciudadanía, los protocolos y procedimientos propios del campo de la mediación democrática resultarían impotentes e ineficaces para reducir el rango de la incertidumbre que los aqueja. Frente a ello, muchos ciudadanos parecen encontrar amparo simbólico en la acción directa y aparentemente desprovista de mediaciones con la que algunos de los dirigentes populistas reivindican su capacidad para ofrecer las garantías que las antiguas y supuestamente obsoletas instituciones democráticas ya no serían capaces de proporcionar. Ciertamente, esta es una de las incógnitas de la época y, en mi caso, me conduce a formular las siguientes preguntas: (a) ¿De qué maneras el descrédito en la democracia impregna algunos de los temas que abanderan las instituciones democráticas como la evidencia científica del cambio climático y la necesidad urgente de políticas climáticas determinadas? (b) ¿Por qué la evidencia científica no suscita hoy una evidencia colectiva o, en otras palabras, por qué, ante la certeza de la mutación climática, políticos y ciudadanos actuamos con cierta indiferencia, distancia e inacción? Pero, sobre todo, (c) ¿cómo anudar la política climática y la democracia al deseo?
Desde 2019, el Ayuntamiento de Barcelona ha liderado la implementación de la principal red de refugios climáticos en el Estado español, dando lugar a una política pública embrionaria que se ha erigido como una figura innovadora de protección y cuidado de la vida frente a las amenazas de las olas de calor en la salud y el bienestar ciudadano. Sin embargo, a medida que este instrumento se ha desplegado en la ciudad y su área metropolitana, la noción misma de refugio se ha antojado como una cuestión controvertida. Por una parte, la idea de refugio remite al imaginario de la emergencia, la eventualidad, la reclusión, la pulsión inmunológica y la sociabilidad pasiva y expectante —pensemos en los refugios nucleares—. Al mismo tiempo que los refugios climáticos ofrecen, durante algunas horas, un lugar fresco para el confort térmico de la ciudadanía más vulnerable al calor durante los episodios de temperaturas extremas, la idea institucionalizada de refugio parece relacionarse con el calor entendiéndolo como un Otro intrusivo del que protegerse —con retiro y aislamiento— mediante una suerte de pulsión securitaria y neomelancólica que segrega y segmenta los espacios de adaptación al calor del resto de la ciudad. Ahora bien, si entendemos la noción de refugio en diálogo con la orientación fugitiva de la tradición radical negra —atendiendo al trabajo de autores como Fred Moten, Katherine McKittrick, Denise Ferreira da Silva o José Eduardo Ferreira Santos—, este dispositivo puede pensarse de otro modo: como un acto fugitivo, performativo y deseante —muy distinto de la evasión— cuya principal razón de ser no remite a la reclusión pasiva de la ciudadanía más vulnerable, sino a la invención colectiva de los modos de convivencia necesaria y posible —implicada, creativa, gozosa y protectora— ante/con el Otro del calor. Antes que un repliegue fóbico del mundo, ese gesto permite abrirse a un mundo en transfiguración y entregarse de manera entusiasta —sin garantías— a la tarea, siempre inacabada, de la recomposición colectiva de los mundos comunes por venir en la era del aumento generalizado de temperaturas. En este sentido, tal y como apuntan los autores citados más arriba, es importante destacar que, históricamente, en países como Brasil, la vida negra ha hecho posible la viabilidad de muchas de sus comunidades en contextos marcados por la violencia racial antinegra, de manera singular, inventando formas de sociabilidad estética capaces de generar atmósferas habitables en medio de climas inhabitables. Desde los blocos de carnaval, las escolas de samba o los terreiros de candomblé, hasta los bailes funk, o iniciativas más recientes vinculadas con la curadoría y la exhibición artística, como el Acervo da Laje8 o el Museu das Artes Simões Filho9. Estas iniciativas de creación incesante de la vida negra han producido históricamente espacios colectivos de respiración, comunidad y deseo en territorios permanentemente amenazados por la arbitrariedad y la muerte. Atmósferas habitables en regímenes climáticos inhabitables.

Fotos: Augusto Leal
En 2017, Éric Laurent escribió que la democracia es, ante todo, la capacidad de soportar sus propias contradicciones sin caer en la aflicción ni la depresión. Añadió, además, que la democracia es el deseo de debate y de palabra; no simplemente la confrontación de fuerzas, sino la voluntad de tomar en cuenta esa confrontación para ir más allá de ella mediante un trabajo de composición incierto. Desde esta perspectiva, la democracia sería el campo en el que el sujeto experimenta el dolor de que la verdad no es Una ya que la democracia es, en última instancia, el duelo del Uno. Frente a ello, el populismo reaccionario sería el entusiasmo por la restauración imaginaria del Uno, la promesa tranquilizadora de una verdad única, indivisa, sin fisuras.
La teoría psicoanalítica ayuda a precisar esta tensión. El Uno se sitúa en la dimensión del “goce”, la lógica pulsional que se satisface en un circuito autorreferencial y autoerótico cerrado sobre uno mismo. El Uno del goce no reconoce al Otro; no lo necesita, no lo espera, no lo invita. El deseo, por el contrario, implica siempre una apertura hacia el Otro.
Donde el goce tiende a cerrar el mundo sobre sí mismo, el deseo introduce una falta, una distancia, un movimiento que va del Uno al Otro.
En ese pasaje se juega la posibilidad misma del lazo social democrático y de la libidinización de la política climática: nuestro reencantamiento. Decir que es imposible hacer Uno y es imposible ser Uno significa, entonces, reconocer que ninguna comunidad puede fundarse democráticamente, o articular modos de protección que susciten entusiasmo, sobre la clausura del goce y la ilusión de unanimidad o de pura inmunidad. Por eso, cuando la mutación climática acecha, quizá el deseo, la imaginación y la intercorporalidad gozosa pueda ser un antídoto frente a una idea de refugio que, aspirando a proteger la vida, aboga por una pulsión de autoconservación que no estaría necesariamente al servicio de la vida: con el Otro, ante el Otro y a pesar del Otro. Frente al riesgo del goce del confinamiento, la perspectiva de la fugitividad aliada al deseo muestra otro camino posible: la protección de la vida no como operación de encierro desencantada, sino como un ejercicio entusiasta de convivencia, experimentación y aprendizaje con el Otro en un juego interminable de aperturas, cierres y porosidades.