Cada vez hacía más calor. Esta es la primera frase con la que arranca el Ministerio del Futuro, del escritor Kim Stanley Robinson. Una ola de calor sostenida en el tiempo en una ciudad india es el primer escenario de una novela que transita por muchas voces, lugares y tiempos de forma casi premonitoria. 38º por la noche, muchos más por el día dentro de una isla de calor donde los gases de los generadores a gasolina llenan de contaminantes una atmósfera asfixiante y su ruido ensordece cualquier conversación posible. Más de 1300 ppm en suspensión flotando en la atmósfera. Hace tiempo que la electricidad colapsó ante el aumento de la demanda de aires acondicionados y toda clase de sistemas que lograsen bajar unos grados la sensación térmica de millones de cuerpos al borde del colapso. Cuerpos lentos, empapados, exhaustos ante un entorno cada vez más invivible. La humedad subió al 60%, una mala noticia, que complicaba todavía más la situación.
Se avecinaba una tormenta perfecta que hacía de cualquier espacio público, cualquier construcción y cualquier sistema de climatización una trampa mortal ante una atmósfera incompatible con la vida humana. Un ensamblaje etéreo formado por partículas, moléculas y radiación solar definía, en ese tiempo y en ese lugar, un espacio asfixiante y tóxico. El resultado, el mismo que ante cualquier catástrofe natural pero de una magnitud inmensamente mayor. Unos desastres extraordinarios a los que cada vez estamos más acostumbrades con numerosas víctimas mortales humanas y no humanas —desde la dana de octubre de 2024 a los incendios forestales del noroeste peninsular—. Este evento, a diferencia de tantos otros que se suceden en la realidad constantemente y a un ritmo exponencial, detona toda una serie de movimientos políticos destinados a transformar las condiciones atmosféricas del planeta y, con ello, recuperar una habitabilidad en vías de ser perdida.
En otra de sus obras de referencia, la trilogía de Marte, el proceso es el contrario. Se trata de transformar las condiciones atmosféricas del planeta rojo a través de diferentes proyectos e intervenciones destinados a, progresivamente, convertir una hostilidad absoluta en un entorno mínimamente habitable. Un grupo de científicos de diferentes disciplinas, los primeros colonos, son los encargados de llevar a cabo un proceso de terraformación mediante operaciones de diseño planetario —desde el dinamitado de formaciones rocosas a la inoculación de especies vegetales a lo largo y ancho de su superficie yerma—.
El sueño húmedo de la tabula rasa de la modernidad, aplicado a ciudades de nueva planta sobre la ciudad histórica, la colonización de grandes extensiones de territorio o los grandes proyectos infraestructurales alcanza en la contemporaneidad una escala que ya no se conforma con porciones del planeta, sino que aspira a la totalidad del mismo. El planeta, y sobre todo su atmósfera, es una codiciada materia de diseño y, por tanto, también arquitectónica. Proyectos de todo tipo, toda clase de escala y condición ideológica buscan alterar las condiciones de habitabilidad no confinándolas a un contenedor o recinto estanco, sino extendiéndolas a extensiones infinitamente mayores.
Entre la trilogía de Marte y El ministerio del Futuro hay más de dos décadas de separación, las primeras publicadas a finales del siglo XX y la segunda en 2020. Pero, aparte de eso, hay otro cambio fundamental: si en Marte las decisiones son tomadas por perfiles exclusivamente técnicos, veinte años más tarde Kim Stanley Robinson nos propone un giro donde la técnica y el diseño son objeto de escrutinio por parte de una sociedad civil y las diferentes instituciones democráticas y parademocráticas que lo forman. De alguna manera, la tabula rasa del diseño planetario —esa que tan seductora parece ser para bienales de arquitectura y think-tanks o programas de estudios independientes— en manos técnicas era puesta en tela de juicio. O, por lo menos, los contrapesos y resistencias, mucho mayores.
Tal vez sea el carácter compartido de las atmósferas, que invaden y circulan a través de nuestros sistemas respiratorios queramos o no, que portan materia en suspensión de todas partes del mundo. O tal vez sea su dimensión hiperobjetual que escapa nuestra capacidad de comprensión absoluta ni las consecuencias impredecibles de sus alteraciones por diseño. Sea por lo que sea, parece una materia tan frágil, voluble y esquiva como para ser relegada a la pura tecnocracia, por más que gobiernos de todo el mundo se empeñen en ello, si no que podemos encontrar en los procesos democráticos otras formas y asambleas desde las que diseñar y auditar la habitabilidad de nuestra atmósfera compartida.
No hace falta haber leído a Reyner Banham, Philippe Rahm, ni mucho menos a Peter Sloterdijk para comprender el carácter espacial y arquitectónico que se oculta tras la noción de atmósfera. Una atmósfera que ya no está confinada a los recintos y muros de un edificio, sino que ha ido mucho más allá, lo que nos obliga a repensar las herramientas de análisis para poder observarla y comprenderla en profundidad, así como el repertorio de prácticas espaciales que permitan configurar un diseño que no resida en la grandilocuencia de la técnica sino en las fricciones constantes y negociaciones de los procesos democráticos. Por todo ello, este último bloque de la etapa editorial hemos decidido centrarlo precisamente en las atmósferas, como una propuesta más de seguir ahondando en las condiciones necesarias para comprender las variables espaciales de nuestro presente y, colectivamente, construir nuevas coordenadas que nos permitan navegar a través de ellas.