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Vasos comunicantes

Foto: Lluís Tarrés.

Nací en el seno de una familia de músicos, con lo que aprendí el lenguaje a la vez que el habla. La música se convirtió en esa constante, el croma sobre el que la vida se va proyectando, como una madre a la que de pequeña no cuestionas, es toda verdad porque ella lo dice, de adolescente te estorba, te agobia e incluso te crea rechazo, y a medida que vas forjándote como persona, vas entendiendo, valorando e incluso agradeciendo su omnipresencia e incondicionalidad.

Tan natural me parecía la convivencia con la música que rehuí de la idea que fuera posible dedicarme a ella, a pesar del referente que tenía de mis padres. Le construí un lecho privilegiado en mi imaginario, un pequeño altar imperturbable, místico, bello, limpio e inalterable, como un amor platónico que conserva su magia y su pureza porque nunca se ha ensuciado en el barro. La romanticé. A ella iba a confesar mis miedos, cantarle a mis amores y penas o celebrar mis logros y alegrías. Para preservar ese remanso de paz, ese refugio, no podía dedicarme a ella, no podía monetizarla.

Así que estudié arquitectura. Cabe destacar lo aleatorio de mi elección, ya que en su momento, en mi flagrante lista de opciones aparecía arquitectura, periodismo e ingeniería química. Arquitectura ofrecía, al parecer, esa conjunción entre lo humanístico, lo técnico y lo creativo. Me parecía hecho a medida.

Tuve un paso por la universidad discreto académicamente, con muchas dudas durante el recorrido sobre mi no-vocación profesional, y con un cierto sabor agridulce al final, cuando ya licenciada empecé a trabajar en un estudio como arquitecta. Cualquier parecido de lo vivido en la carrera con la realidad era pura coincidencia. Esa alienación de lo terrenal y lo práctico que supone el grado -este no es el espacio para abrir el dulce melón del desenfoque moderno y realista del plan de estudios- me frustró y enfureció durante y después de los estudios; tantas horas dedicadas en las aulas, para acabar con la certeza de no tener ni pajolera idea de lo que supone el oficio de la arquitectura en su concepción más clásica.

Paralelamente al ejercicio profesional de la arquitectura, hace unos años me vine arriba y empecé a cantar sola donde me dejaban, escondiéndome detrás de una guitarra. Le fui cogiendo el gusto a los escenarios, como si de una droga sofisticada con un viaje intenso y sin bajona se tratase. Alzando la bandera del síndrome de la impostora y de la sensación de intrusismo profesional, porque en casa los músicos profesionales eran académicos – y yo soy arquitecta, querido público-, empecé a profesionalizarme, mundanicé todo lo celestial y me metí en el lodo del oficio. Y no me refiero sólo a la monetización de la actividad, si no a trabajar en todo el proceso, desde la hoja en blanco hasta esa adrenalina del escenario. Me vi proyectando a año y medio vista lo que fue mi primer disco, trabajando por encima de mis posibilidades tanto a nivel de conocimientos como de disponibilidad de tiempo, rodeándome de un equipo de gente más experimentada que yo para llevar a cabo todo lo que no fuese cantar (que, al final, sólo es el 0.01% del proceso), coordinando todos los frentes, desde el diseño gráfico hasta la producción del directo….

Gracias a este proceso de profesionalización, entendí que la música y la arquitectura están íntimamente ligadas desde raíz, relacionadas por la artesanía intrínseca en su aplicación, por su anatomía como elemento de comunicación, por su rigor. Tenía claro que la música evitaba que mi faceta de arquitecta se marchitase y la mantenía viva, que se mantenían la una a la otra, pero con el tiempo, y a pesar de mis reniegos, reconozco también que la arquitectura me ha permitido relacionarme con la música de una manera que sin esta formación sería impensable.

Gracias a la arquitectura he entendido que la música no es solo lo que (re)suena, es también una conjunción entre lo humanístico, lo técnico y lo creativo. Vaya.

Autora:
Clàudia Cabero Arquitecta por la ETSAB , cantante y compositora, con deje lusitano en lo que suena y dibuja.

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