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Construir, habitar, mostrar

El Heydar Aliyev Center, de Zaha Hadid Architects, fotografiado por Hufton & Crow

Uno de los aforismos más manidos y sobreexplotados es aquel que reza “Una imagen vale más que mil palabras”. Más allá de su carácter tontorrón y naif, rebatirlo puede suponer un reto. Lo pictórico, la forma de comunicación por excelencia durante siglos, probablemente debido a su universalidad y eficacia, es un elemento de comunicación democrático que no discrimina. Esta predominancia de la imagen, a pesar de que su carácter veraz, más difícil de justificar en la era de la postproducción, el retoque y el filtro, no se ha revertido durante siglos. La revolución industrial preparaba el terreno para un mundo acelerado y, avanzando hacia un método más inmediato, la fotografía. Nuestra era demanda inmediatez, nuestro reducido attention span hace que queramos más información en menos margen de tiempo. La fotografía es la herramienta que permite este bombardeo de estímulos constante.

Si la imagen ha ganado esta relevancia como medio de comunicación de información, ¿qué supone para la arquitectura? Los arquitectos trabajamos con la mirada mucho antes de que empecemos a hacerlo con las manos. La disciplina e intuición del espacio se entrena aprendiendo a mirar y solo el que sabe mirar bien — con sagacidad, curiosidad y sensibilidad — sabe proyectar. Es en la disciplina donde podríamos decir que un plano vale más que mil palabras. Un plano es una herramienta eficiente. Una simple mirada a una planta o una sección nos hace entender rápidamente como se configura un espacio y qué elementos toman parte. El dibujo es un lenguaje con el que nos entendemos y que nos permite trabajar con otros profesionales del gremio. Sin embargo, a veces no es suficiente.

Otro aforismo que decía Leon Battista Alberti, más propio de nuestra profesión: “Un cuadro es una ventana a una historia”. Hay atmósferas que nunca podrán ser realmente entendidas en planta, sección y alzado. La experiencia del espacio necesita de otros medios para transmitirse. Es esta atmósfera la que intentaba atrapar Vilhelm Hammershoi con sus Motas de polvo a la luz del sol.

La fotografía permite transmitir la calidad espacial a un público que no domina el lenguaje del plano. La mayor parte de las veces parte de unas intenciones menos sugerentes que las de Alberti o Hammershoi. Su fin es mostrar, algo tan sencillo como hacer entender al público cómo es un edificio, o a un cliente cómo es el salón de su futura casa.

La fotografía en la arquitectura actualmente se podría catalogar en dos vertientes. Una sería aquella más aséptica, cercana al render, una fotografía “de promotora”, y que probablemente promete sinceridad a cambio de unos resultados a menudo deprimentes, que nos presenta la máquina de vivir, sin trampa ni engaño — asumiendo que los grandes angulares ya no engañan a nadie —. Por otro lado tenemos otra fotografía de autor, aquella que vemos en las revistas, no menos bienintencionada y sincera, pero, ¿sincera para quién? Estoy aludiendo a, por ejemplo, esta fotografía reportaje de viviendas de alquiler social que nos muestra el interior de estos pisos — repito, vivienda social — con muebles de no menos de cuatrocientos euros. No es perverso per se el utilizarlos, pero si contribuye al desligamiento de la arquitectura de su función, o incluso a veces de sus limitaciones físicas cuando es mostrada como un ente exento y ajeno al contexto. Como contrapunto a esta tendencia, que no es algo puntual ni aislado, es magnífico el trabajo que hace el fotógrafo Philippe Ruault con Lacaton & Vassal fotografiando las viviendas ya habitadas, entre toda esa decoración kitsch se encierra y manifiesta el valor de su arquitectura.

Ha de existir un tercer lugar, una nueva sinceridad, una que nos aleje de lo cursi sin caer en lo estéril. Hemos de encontrar aquella sinceridad con la que trabajaban los fotógrafos documentales Eugène Atget o Walker Evans y no renunciar al carácter estético de nuestras obras. Una nueva sinceridad que requerirá de una relacion honesta con la arquitectura, capaz de mantenerse independiente de las exigencias del mercado y de la inmediatez, alejada de los elitismos culturales y comprometida con el contexto y lo social.

Autor:
Arquitecta zillennial graduada por la ETSAB (2021). He trabajado por aquí y por allá, pero sobre todo leo, escribo y observo.

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