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Destacamos: (1) 17ª Bienal de Arquitectura de Venecia “¿Cómo viviremos juntos?” (2021, Venecia); (2) ”Uneven Growth, Tactial Urbanisms for Expanding Megacities”, 2014 (MoMA, Nueva York); (3) Lacaton & Vassal, Premio Priztker 2021; (4) Alejandro Aravena, Premio Priztker 2016; (5) Francis Keré, Premio Priztker 2022.

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No obstante, veo importante evitar discursos simplistas que nos conduzcan a desprendernos del enorme capital y poder de transformación que puede suponer la acción constructiva y el objeto arquitectónico. Sobre esto: Pérez, P. (2018). “La Superioridad Moral de La Participación”, Blog Fundación Arquia. En https://blogfundacion.arquia.es/2018/11/la-superioridad-moral-de-la-participacion/

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En una entrevista en relación con el proceso llevado a cabo en El Campo de Cebada, Manu Pascual (Zuloark), comentaba: “No existe un día de inauguración del espacio porque todos los días se está inaugurando algo.”

Ya no quedan arquitectos como los de antes

Fotograma: Documental “Imprescindibles – No te mueras sin ir a Ronchamp (Sáenz de Oiza)” Enfrentamiento entre el arquitecto Sáenz de Oiza (autor del proyecto ‘El Ruedo’), y el vecindario realojado, que le discute la escasa funcionalidad del diseño de las viviendas. https://www.youtube.com/watch?v=sYh2lQ7rero

En 1991 un grupo de vecinos de Madrid es realojado en el complejo de vivienda social “El Ruedo”, diseñado por el arquitecto Saenz de Oiza. Tras el realojo, vecinos y vecinas reciben al arquitecto y le recriminan deficiencias de uso en las viviendas. El arquitecto, frustrado y ya con la paciencia agotada, le espeta a uno de ellos “¡deja la casa, hazte arquitecto y a ver si tú las haces mejor!”.

Mucho ha llovido desde entonces, y quiero pensar que la profesión hoy cuenta con métodos más sofisticados para dialogar con quienes harán uso de su arquitectura.

En los últimos años la ciudadanía ha demandado más presencia y más voz en los procesos de toma de decisión de la vida pública. Un espíritu que poco a poco ha calado también en la arquitectura, como reflejan algunas de las principales exposiciones u obras galardonadas en los últimos años1, calificadas en multitud de ocasiones como “innovadoras”.

Pero, ¿qué tipo de innovación? Suele ser habitual que cuando pensamos en innovación nos vengan a la mente grandes avances digitales, nuevas tecnologías o nuevos procesos computacionales aplicados al proceso constructivo.

Nada más lejos de la realidad, la innovación premiada en la arquitectura de los últimos años no tiene que ver con esta suerte de solucionismo tecnológico aplicado a la arquitectura, sino con un mayor compromiso social de la profesión, que entiende necesario partir de las causas de los principales retos a los que se enfrenta la sociedad a la hora de ofrecer respuestas.

Así, estas nuevas respuestas arquitectónicas innovadoras aportan soluciones de uso (530 Viviendas Sociales, Burdeos – premio EU Mies 2019–; Lacaton&Vassal –premio Priztker 2021–), soluciones en el proceso constructivo (Alejandro Aravena –premio Pritzker 2016–) o soluciones en el modelo de tenencia y gestión de la vivienda (Vivienda Cooperativa en Cesión de Uso “La Borda”, Barcelona –premio EU Mies Emergente 2022–; Lacol Arquitectura Cooperativa)

En definitiva, un tipo de innovación que trata de poner a las personas y comunidades usuarias en el centro, y que podríamos vincular con el ámbito de la “innovación ciudadana”. Un contexto de trabajo y pensamiento generado en los últimos años en espacios periféricos o incluso ajenos a la arquitectura, y que modifica las reglas hasta ahora conocidas a la hora pensar, desarrollar e implementar acciones de política pública, situando el conocimiento abierto y la práctica experimental algunas de sus principales herramientas de trabajo.

Pero sobre todo, un enfoque que pone de relieve que la innovación, lejos de ser un ámbito exclusivo de la comunidad científica o del sector empresarial, es un derecho que puede y debe ser ejercido por la ciudadanía.

En un contexto social cada vez más complejo en el que todas las voces que hasta ahora habían sido tratadas como autorizadas son ahora impugnadas, la ciudadanía trata de tomar un papel central, y se sitúa como un agente colectivo más, abierto y no excluyente, dentro del proceso de toma de decisiones.

La pregunta que cabe hacerse desde la arquitectura es en qué lugar nos deja este nuevo contexto como profesionales. Qué nuevos lenguajes, herramientas y métodos deberemos incorporar a nuestro bagaje disciplinar para ser capaces de contribuir y alinearnos a los nuevos parámetros sociales.

Trataré de describir los que, por ahora, he sido capaz de identificar, como los 3 aspectos de cambio principales en la profesión.

1 – Gestión de procesos colectivos

Se busca imaginar nuevas formas de uso que minimicen la rigidez impuesta por el objeto arquitectónico –el edificio–. Experimentarlo más allá de las cuestiones técnicas y funcionales. Los edificios dejan de ser objetos producto de la técnica para pasar a ser dispositivos experimentados e interpretados por sus habitantes, devolviendoles una condición olvidada: la de las personas de interactuar con ellos y modificarlos. Un planteamiento ya promovido en las décadas de los 50 y 60 por arquitectos como Jacob Berend Bakema, Lucien Kroll, Yona Friedman o Giancarlo De Carlo.

Así, desde la disciplina arquitectónica, surge la necesidad de pasar de una lógica de objeto a una lógica de proceso2, y en ese cambio, adoptar cualidades que tienen más que ver con la mediación que con la creación, al no intervenir ya el arquitecto de forma única en dicha creación.

En la lógica del proceso los tiempos se ven modificados. Mientras que en la construcción habitual y práctica arquitectónica común los espacios son diseñados primero, construidos después y habitados por último, se produce ahora en numerosas ejemplos una superposición de todas estas etapas: diseñamos mediante la acción constructiva al tiempo que habitamos; habitamos mediante el diseño y la construcción; construimos a través de un diseño abierto en constante testeo con lo que allí habita3.

Lo importante ya no es únicamente el resultado material de la propuesta, sino cómo las personas que participan de su creación se ven transformadas.

2 – Resignificar los conocimientos técnicos

Coge cada vez más fuerza el arquitecto como asesor y facilitador, acompañante de nuevos procesos de diseño y construcción urbana en los que la heterogeneidad, la incertidumbre y el cambio constante son factores naturales de los nuevos procesos de transformación urbana.

Se deja atrás una visión que enfatiza la condición técnica y racional del habitar, que promueve igualmente un rol técnico y racional del arquitecto, y que acaba por producir un mayor distanciamiento entre la disciplina arquitectónica y las personas: el arquitecto, como experto de la técnica, y el habitante como usuario cuya única función es la puesta en uso del objeto. La principal pregunta que moviliza la práctica arquitectónica ya no será exclusivamente el qué (la concepción del objeto construido), sino el por qué o para quién (causas de contexto y comunidad implicadas).

La disciplina debe hoy ser capaz de difuminar la figura del experto, y sin perjuicio del conocimiento técnico y el rigor arquitectónico, adquirir un rol de facilitación y asesoría dentro del proceso colectivo.

La arquitectura, hoy, no debe imponer soluciones prefijadas ni ofrece respuestas cerradas, sino plantear preguntas certeras que ayuden a las personas usuarias a entender las limitaciones técnicas del proceso, al tiempo que posibilita nuevas ideas e imaginarios, ofreciendo herramientas que permitan al grupo pensar en colectivo.

3 – Crear y contar historias

Llegados a este punto, el reto consiste en encontrar las herramientas adecuadas para dotar a dicho conocimiento técnico de un lenguaje entendible para el resto de personas involucradas en el proceso arquitectónico, y especialmente, para la ciudadanía, usuaria última. Generar una discusión abierta que ni exima de las responsabilidades y el conocimiento técnico, ni vaya en perjuicio de la capacidad de decisión de las personas usuarias.

Es muy fácil, por ejemplo, que a la hora de llevar a cabo un proceso de toma de decisión colectiva sobre un diseño, algunas conversaciones caigan, empujadas desde el punto de vista del usuario, en la condición estética del diseño, o, desde el punto de vista del arquitecto, en la rigidez o imposición técnica. Será fundamental, por tanto, haber pensado y definido bien los espacios de diálogo, estructurando dentro del proceso los momentos adecuados para discutir sobre los diferentes aspectos relativos al diseño del edificio.

El arquitecto deberá entender que ante unas necesidades dadas, el diseño arquitectónico y el rigor técnico no es ni la herramienta más importante ni la única. A su vez, los usuarios deberán entender que el diseño de un edificio no es una cuestión estética, sino constructiva y espacial, y que del rigor en ambas dependerá su bienestar.

Así, los formatos y herramientas de comunicación arquitectónica entre arquitecto y usuario deberán dar respuesta a estos cambios, transmitiendo y narrando las condiciones del espacio y de sus procesos. Cobran más importancia la representación esquemática o diagramática por encima de la técnica, y, con especial relevancia, la capacidad de generar discursos narrativos. Historias que cuentan de una forma identitaria el diálogo entre los espacios del edificio y los procesos de socialización que en él se generan.

En resumen, y valorando en conjunto los tres aspectos de cambio descritos, vemos como el proceso de diseño, hasta ahora cerrado y lineal, ve modificadas sus herramientas, lenguajes y ritmos en busca de un diseño abierto e iterativo que intenta dar respuesta a las innumerables complejidades que la sociedad y la ciudad visibilizan hoy a través de la diversidad y la heterogeneidad de nuestros cuerpos, tiempos y miradas.

Nos encontramos en un momento de profundos cambios, que necesitará de grandes dosis de imaginación, y donde la arquitectura y los conocimientos que en ella se acumulan pueden ser de gran utilidad. No obstante, deberemos aprender, como disciplina, a resituarnos en un ambiente social en el que las costuras entre lo disciplinar y lo popular, lo colectivo y lo individual, o lo público y lo privado están cada vez más tensionadas, asumiendo además un contexto de crisis de recursos y ambiental que nos invita a cuestionar la arquitectura como una práctica en continuo crecimiento.

Las reflexiones que planteo en este texto son parciales, sesgadas e incompletas, resultado de algunos años de reflexión en torno a mi posición disciplinar en la sociedad actual. Invito, así, a que las reflexiones sean compartidas, y las respuestas, colectivas, y os lanzo: ¿qué significa ser arquitecto/a hoy?

 

Notas de página
1

Destacamos: (1) 17ª Bienal de Arquitectura de Venecia “¿Cómo viviremos juntos?” (2021, Venecia); (2) ”Uneven Growth, Tactial Urbanisms for Expanding Megacities”, 2014 (MoMA, Nueva York); (3) Lacaton & Vassal, Premio Priztker 2021; (4) Alejandro Aravena, Premio Priztker 2016; (5) Francis Keré, Premio Priztker 2022.

2

No obstante, veo importante evitar discursos simplistas que nos conduzcan a desprendernos del enorme capital y poder de transformación que puede suponer la acción constructiva y el objeto arquitectónico. Sobre esto: Pérez, P. (2018). “La Superioridad Moral de La Participación”, Blog Fundación Arquia. En https://blogfundacion.arquia.es/2018/11/la-superioridad-moral-de-la-participacion/

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En una entrevista en relación con el proceso llevado a cabo en El Campo de Cebada, Manu Pascual (Zuloark), comentaba: “No existe un día de inauguración del espacio porque todos los días se está inaugurando algo.”

Autor:
(Águilas, 1987) Socio cooperativista y cofundador de la Oficina de Innovación Cívica S. Coop. Miembro de la red internacional CivicWise.

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