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En tierra de nadie

Nacimos en 1996, ese año que parece debatirse entre los millennials y la generación Z. Nos tocó estudiar arquitectura en una época a medio camino entre los que utilizaban cuchillas para eliminar los estragos del rotring en dibujos a escuadra y cartabón y los que no entienden otro idioma que el digital, ratón en mano.

Hoy, somos la generación de recién graduados o máster en arquitectura (según dicte el plan de turno) dispuestos a seguir aprendiendo y con unas ganas tremendas de salir al ‘mundo real’.

Creamos un perfil de Linkedin y a volar.

Oferta de trabajo:

Perfil Junior

Experiencia: Mínimo 3 años.

Idiomas: Español, Inglés, Francés y preferible conocimientos de Alemán.

Habilidades: Alto dominio de Autocad, Revit, Rhinoceros, SketchUp y V-Ray.

Requisito: Experiencia en obra.

Obviemos el grotesco mínimo de años trabajados requeridos. Con suerte, la “generación más preparada de la historia” no tendrá problemas con los idiomas o los programas. Y si no se aprenden. Somos autodidactas por naturaleza tras una carrera de fondo. Pero no nos engañemos: los jóvenes no sabemos de obra, y no por falta de interés. No hay mayor ilusión que la de enfundarse las botas y colocarse el casco. Hay cosas en las escuelas que no nos enseñan y que absolutamente todos echamos de menos. Un par de visitas de obra en seis años de formación y una única asignatura de arquitectura legal no nos preparan para la vida profesional.

Conectar, CV, Conectar, CV, Conectar…y con suerte, un mensaje en tu correo electrónico. ¡Oportunidad única! Una ‘buena empresa’ te propone seis meses de ‘prácticas’ no remuneradas en una ciudad vecina. Pero de ilusión no se paga el piso de alquiler, y sigues buscando. Sin embargo, y a pesar de la crisis provocada por el dichoso coronavirus, el culpable de que optases a presentar tu proyecto final de estudios sin pantalones, la cosa parece remontar y surgen nuevas ofertas.

Con ilusión, tu primer trabajo. Libreta nueva y ordenador al que acostumbrarse para adquirir destreza y velocidad. No queremos ser menos. El horario es algo extenso para un sueldo apenas mileurista, pero estás empezando…

El tabú que sigue existiendo en torno a las ganancias salariales sumerge a los inexpertos en el absoluto desconocimiento.

-Le pregunté a mi compañero y nos pagan similar. Será normal, ¿no?

No debería serlo, sobre todo cuando extienden tu contrato de prácticas durante años, algunos más allá de lo permitido, para que puedan mantener tu ingreso irrisorio.

Trabajas una larga jornada con ahínco. Tal motivación y estrés por adaptarte y seguir el ritmo te da dolor de cabeza y te invita a mirar el reloj numerosas veces durante la última hora, con ganas a partes iguales de despejarte y de contar a tus allegados qué tal el primer día.

Por fin el reloj marca las en punto y miras a tu alrededor. Nadie se inmuta. Todos siguen inmersos en sus pantallas. Transcurridos quince minutos en los que ralentizas tu ritmo. Todo sigue igual.

-¿Me habré equivocado de hora?

Con el tiempo descubres que tus compañeros suelen echar una hora más porque faltan manos. Los más afortunados algún día las cobrarán. A veces, ni eso. Descubres que las noches sin dormir no son sólo cosa de estudiantes y con tu primer cobro, invitarías a cervezas a tus amigos, pero aún sigues contando cada moneda y ya ni siquiera encuentras el momento.

-¿Será que realmente no me gusta lo suficiente la arquitectura? ¿Valgo para esto?

La precariedad laboral no hace más que generar cabezas gachas y dudas, muchas dudas.

-Al menos tengo trabajo, con lo que me ha costado encontrarlo, ¡aguanta!

Si queremos que la situación cambie no se trata de sostener la respiración y perder la salud, sino de levantar la cabeza y reclamar derechos básicos, responder a los escenarios que puedan disminuir nuestro valor. Un claro ejemplo lo encontramos en los contratos que especifican una tarea distante de la real (auxiliar en lugar de arquitecto), en la reducción de jornada (sólo sobre el papel) o en las patadas a un convenio ya establecido. Aquí el quid de la cuestión: ¿Cómo enfrentarnos al mundo laboral? Pregunta que parecía dirigirse a ¿cómo encontrar un trabajo?, deriva a ¿cómo hacerme respetar en mi trabajo?

Estamos empezando y todos nuestros titubeos surgen de que, en el fondo, no tenemos claro lo que queremos. Somos jóvenes. No tengamos miedo al famoso ‘job hopping’ o salto laboral, aquel que parecían recriminar nuestros padres, y que no es más que la traducción de ‘encontrar mi sitio’.

¿Qué nos mueve? Diría que hay tres factores fundamentales que mueven a un millennial-Z:

El primero, la pasión por una profesión que en ocasiones se llega a idealizar, en parte vinculada con la ambición, motivada por las escuelas, que nos permiten fantasear con grandes obras de presupuesto ilimitado y promueven la competitividad en las aulas. En segundo lugar, la conciliación laboral. Hay vida más allá de la arquitectura y nos asusta perdérnosla, y por último, un factor que considero destacable: la ética o preocupación por alinear nuestros valores con la profesión. Se nos pasó el arroz para convertirnos en Greta Thunberg. Sería hipócrita formar parte de uno de los sectores más contaminantes del planeta y vender el consumo 0, pero nos preocupa. La mosca siempre queda detrás de la oreja, innata responsabilidad que parece caer sobre nuestros hombros. Esto nos lleva a considerar qué tarea tenemos entre manos y de qué equipo queremos formar parte.

Si algo tenemos en común, no solo los arquitectos, sino los diseñadores y creativos de ahora y de todos los tiempos, es la resiliencia. Hay que ser valientes para luchar por lo que queremos, ya sea construir, dibujar, diseñar, escribir, comunicar, enseñar…la esperanza es lo último que se pierde.

Así que compañero, si no es tu lugar, si ya no eres capaz de ver con claridad, levanta la cabeza, sal de ahí y sigue adelante:

Conectar, CV, Conectar, CV…

 

Quede constancia: este relato no es autobiográfico, sino el reflejo de una realidad verídica que nos rodea y de una serie de preocupaciones comunes a una generación que se merece tener la oportunidad de ‘comerse el mundo real’ sin perder la cabeza.  

Agradecimientos a todas esas buenas empresas ‘sin comillas’ que dan oportunidades positivas y enriquecedoras a los recién titulados, para poder desarrollarse como arquitectos, permitiendo que no cese el amor por esta profesión. 

Autora:
Graduada por la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Málaga y Arquitecta por la Escuela de la Universidad Politécnica de Valencia. Comenzó su andadura profesional desarrollando proyectos arquitectónicos en su Málaga natal y gracias a la beca Arquia en gestión cultural en la Fundación Arquia, ha tenido la oportunidad de gestionar el programa cultural arquia/filmoteca y generar contenidos como redactora del Blog de Fundación Arquia. Apasionada de la lectura y la arquitectura generadora de ciudad.

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