La rueda

Hemos empezando el nuevo curso muy confusos con las medidas de protección contra la pandemia del COVID-19: Clases semipresenciales con la mitad de los estudiantes en el aula y la otra mitad en casa, prácticas en remoto, corrección de trabajos en taller on line… Tan desorientados los profesores como los alumnos.

(Añádase que no todos tenemos en casa la mejor cobertura wifi, ni los medios tecnológicos más avanzados, ni el sitio más idóneo y asistiremos a algunas escenas de lo más simpático y pintoresco).

Finalmente volvemos, con mucho cuidado, a la presencialidad total, que confiemos que sea definitiva. Eso alivia bastante esa desorientación que digo, pero que en definitiva es la menos importante. Creo que la que más cuenta es estructural y consustancial con la propia enseñanza, con este mágico rito y proceso, pleno de emoción y de angustia, y que si no es por la pandemia será por cualquier otra cosa, pero seguiremos todos –profesores y alumnos- igual de nerviosos. ¿Saldrá todo bien? ¿Será un curso provechoso? ¿Estaremos cada uno a la altura que se nos supone y se nos exige?

Por una parte hay una gran ilusión, incluso una desbordante alegría, por avanzar un año más, por reunirnos con tanta gente buena e ilusionada, por aportar algo a esta gran construcción de la enseñanza. Pero por otra, ya digo, hay mucho respeto, mucha responsabilidad, e incluso mucho temor a que algo salga mal, a que estropeemos o interfiramos mal en la trayectoria de alguien. A pesar de todo os destripo ya el final: No se sabe cómo, pero, milagrosamente, (casi) siempre sale (más o menos) bien.

Igual que los estudiantes están excitados y nerviosos pensando si las asignaturas de este curso serán muy difíciles y si las entenderán y aprenderán bien, si tendrán suerte con las notas y con los imponderables, también los profesores lo estamos y nos preguntamos si sabremos explicar bien los contenidos, si haremos pruebas rigurosas y exigentes pero asequibles, si entenderemos las dudas de nuestros alumnos, si sabremos orientarlos y animarlos para que sigan su carrera hacia la meta.

Y así pasa un curso detrás de otro, y de otro, y de otro. Una rueda de años que van sucediéndose siempre iguales y siempre diferentes. Una esperanzadora prueba de fe en el saber y en la gente, una rueda de construcción y de generosidad por parte de todos.

Y en esa rueda me veo a mí cuando tenía la edad de estos chicos, y veo a mis profesores, y ahora entiendo que también ellos acudían a las aulas esperanzados y preocupados, y a veces cansados, y que nos explicaban tantas cosas y ponían a nuestro alcance tantos conocimientos que quizá entonces no fui capaz de valorar y que ahora, retrospectivamente, les agradezco y también me recrimino por no haberles sacado todo el provecho; por haber tenido profesores excelentes y no haberme dado cuenta.

Ahora estoy al otro lado, y así es la ley de la rueda que gira y gira, y se repite siempre igual pero siempre cambiante, y que reparte saberes, cultura y vida. Sobre todo vida.

Autor:
Soy arquitecto desde 1985, y desde entonces vengo ejerciendo la profesión liberal. Arquitecto “con los pies en el suelo” y con mucha obra “normal” y “sensata” a sus espaldas. Además de la arquitectura me entusiasma la literatura. Acabo de publicar un libro, Necrotectónicas, que consta de veintitrés relatos sobre las muertes de veintitrés arquitectos ilustres.

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