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Líneas

Líneas y líneas ampliadas. Dibujo del autor.  

Soy, por edad, de las últimas promociones que, durante la carrera, dibujó mucho más a mano que con un ordenador. No es esto mejor ni peor, sólo un recuerdo: mi generación navegó entre dos aguas, aprendimos a dibujar a mano, pero entregamos el PFC ‘a ordenador’.

Recordaba esta circunstancia pensando en las veces en que, en la reprografía de cabecera de la ETSAM, Faster (que a veces no hacía honor a tan dinámico nombre) ampliábamos imágenes para (re)dibujarlas. Recuerden: no había internet. No había ordenadores. No había CAD. No había cámaras digitales.

A veces las ampliaciones volvían las líneas gruesas, densas. Espesas. Más allá de lo representativo, la cuestión abría un debate sobre la arbitrariedad de las líneas que dividen nuestro mundo. Lo que trazamos con el lápiz más afilado, hiriendo el papel, es en realidad una franja de cientos de metros de ancho. Lo que en nuestro deseo y nuestra intención es una división liminal e intangible, ocupa un espacio real, político y social.

Cuando viajo de Madrid a Burgos hay un desfase de cientos de metros entre el cartel que me despide de Madrid y el que me saluda en Castilla y León. ¿Qué ocurre en esos metros, en esa línea dibujada a 1:100.000 y ampliada hasta la escala real? ¿A quien pertenecen? ¿Pueden habitarse?

Nuestra realidad traza esas líneas. O, mejor dicho, nosotros las trazamos para compartimentar nuestro mundo y para hacerlo más entendible y a la vez más estúpido y más simplón. Las líneas tienen, tristemente, una traducción real. Se convierten en objetos. En edificios. En mecanismos; en máquinas que procesan gente. Frías, racionalistas hasta lo terrible.

Hace mucho tiempo que los arquitectos entendimos que las líneas rígidas responden a una arquitectura pasada. Hace tiempo que asumimos —o deberíamos hacerlo— que la flexibilidad espacial comienza por cuestionar la definición del borde, del límite y su percepción. Que la arquitectura es tanto mejor cuanto más se aleja de la simpleza del ‘dentro o fuera’ y se acerca a la complejidad del ‘dentro y fuera’.

Existen, todavía, líneas en nuestro mundo. líneas mecánicas. líneas que cortan, que duelen, que separan, que ahogan, que matan. Líneas que convierten a los niños que las atraviesan en unas siglas. A quien abraza a otro ser humano en un ‘invasor’ y a quien cobija ese abrazo en objeto de los más repugnantes ataques.

Soy arquitecto. Me dedico (me lo han dicho muchas veces, y no me parece mal) a dibujar líneas. No es mucho, pero puedo elegir cuáles dibujo y cuáles no.

Y estás no me interesan. No pienso dibujarlas.

El anterior presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se propuso solidificar aún más una de esas líneas. Un muro; una representación en planta y alzado de una política centrada en separar al diferente para estigmatizarlo.

Los estudiantes de arquitectura de Yale (entre otras facultades) pegaron en las ventanas de sus clases la frase “WE WON’T BUILD YOUR WALL”: no vamos a construir tu muro. Mientras esto ocurría un supuesto think-tank integrado por arquitectos y artistas auspiciaba un desnortado y vergonzoso concurso para diseñarlo. Los resultados fueron, siendo generoso, surrealistas. La profesión ha llegado al extremo en el que la xenofobia es aceptable si viene camuflada con aerogeneradores y placas solares.

No voy a construir vuestro muro. Quizá sería bueno que no lo construyéramos ninguno porque, siento ser yo el que lo recuerde, no somos una profesión ajena a la emigración. Si miran ustedes la agenda con los teléfonos de sus amigos comprobarán que muchos de ellos han cruzado muchas líneas.

Que todos lo hacemos o estamos en situación de hacerlo y que, quizá, al cruzarlas, querríamos un abrazo.

Notas de página
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Autor:
(Almería, 1973) Arquitecto por la ETSAM (2000) y como tal ha trabajado en su propio estudio en concursos nacionales e internacionales, en obras publicas y en la administración. Desde 2008 es coeditor junto a María Granados y Juan Pablo Yakubiuk del blog n+1.

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