

El 23 de octubre de 2024 la Agencia Estatal de Meteorología comenzó a informar de la llegada de lo que siempre habíamos conocido, en el este de España, como gota fría, ahora llamada DANA, «depresión aislada en niveles altos». Para los que vivimos lejos de allí, el día 29 comenzaron a llegar las televisiones y redes sociales crudas imágenes y vídeos de una violenta riada en los territorios de l’Horta Sud valenciana que arrastraba a su paso mobiliario urbano, vehículos, animales, y que a la postre costaría la vida a más de doscientas personas y, al menos, otros tres mil animales de granja, por no hablar de otras especies de otra escala, o carisma, o las afectaciones de entidades biológicas y ecosistemas. Los destrozos provocados por estas inundaciones, afectan aún a día de hoy –y lo que queda– a más de 75.000 personas de forma directa, y a sus arquitecturas, infraestructuras, suelos y todo tipo de redes.
Y es que, como sostiene la investigadora May Ee Wong, “el impacto del clima extremo ha expuesto las vulnerabilidades estructurales existentes. Estas pueden ser la falta de mantenimiento de las infraestructuras, las debilidades administrativas y la corrupción, la gestión arrogante del medio ambiente y los riesgos ambientales por parte de las autoridades, así como la vulnerabilidad de los grupos económica y socialmente desfavorecidos, que tienden a ubicarse espacialmente en barrios que se ven afectados directamente por los impactos, efectos y secuelas de los episodios climáticos extremos”.
La llegada de este fenómeno meteorológico y el desastre causado por sus efectos ha despertado debates sobre gestión política, respuesta ante la emergencia, y lo que es más importante, cómo lidiar con el dolor del trauma derivado de la pérdida o la destrucción del territorio vivido. En lo espacial, ha expuesto las asimetrías estructurales entre territorios, entre lo urbano y lo rural, el centro y la periferia. También nos ha hecho preguntarnos, desde las disciplinas de diseño, urbanas, y territoriales, cómo vivir con el cambio climático, anticiparnos a estos desastres, que como apunta el geógrafo Neil Smith, no tienen nada de naturales.
Tras varias semanas de reposo, y queriendo, ante todo, huir de oportunismos y solucionismos, hoy nos reunimos con el arquitecto valenciano Pau Olmo para conversar algunas ideas y reflexiones que la DANA nos deja sobre la relación entre territorios, planificación, políticas públicas y futuros. Muchas gracias, Pau, por aceptar participar en esta conversación.
Pau Olmo: A vosotros.
Pablo Ibáñez: También nos confesabas en los mails que intercambiamos que este no era quizás tu formato preferido, que te sientes más cómodo con las palabras escritas que habladas, así que te agradecemos también esa parte de valentía. A nosotros también nos pasa, que no nos sentimos muy cómodos con esto, pero a veces hay que romper esta serie de barreras, ¿no?
P.O: Sí, no, no, para mí esto es completamente nuevo, pero bueno, súper encantado de estar aquí, la verdad.
P.I: Genial, pues bueno, para poner un poco de contexto, queríamos preguntarte, ya que tú eres de València, que eres arquitecto, que eres de allí, ¿cómo has vivido este proceso de la DANA? No sé si desde la distancia, desde allí, ¿cómo lo has vivido personalmente y cómo lo has vivido también en lo colectivo? Después de estas semanas, que después del shock inicial que imagino que estas cosas generan, al menos desde la distancia. Para nosotros lo ha sido y eso que no lo hemos vivido, ¿cómo ha sido y cómo ves la situación pasados unos días?
P.O: Bueno, lo primero, agradeceros la invitación y para empezar a hablar y a contestar pues bueno, en lo personal a mí no me ha afectado de una manera directa. Sí que tengo muchas amigas, muchas personas conocidas, estimadas, pues muy afectadas, pero bueno, al margen de que la afectación no haya sido hiriente o de una manera muy incisiva en mi persona o en mis círculos familiares más próximos y cercanos, el shock ha sido terrible.
Yo nunca había… creo que nadie había vivido algo en términos de catástrofe natural semejante y también a nivel colectivo, bueno, ha sido un shock. O sea, yo tampoco tengo muchos más calificativos al margen de todas las cosas, todo el dramatismo que ya se ha reflejado, tanto en imágenes, en vídeos, en textos. Poco que añadir en términos de relato o de hechos contrastados, pero sí me ha producido de una manera muy hiriente es la parálisis, la parálisis de pensamiento. O sea, creo que de hecho este es uno de los primeros espacios abiertos en los que me atrevo a reflexionar sobre este tema en voz alta. Y tú lo has dicho al principio, como que yo me siento más cómodo o me siento más familiarizado con el formato de la escritura o con un formato que está sometido como a más edición propia, me refiero que me puedo corregir, que me puedo revisar, pero para mí hablar de esto a pesar de que no es el formato al que estoy acostumbrado, pues me da un vértigo terrible porque toca muchas sensibilidades: la magnitud, la escala es abrumadora. Para empezar a hablar de ello, creo que la forma en la que yo he pensado, reflexionado sobre el tema, tiene mucho que ver con la construcción personal de un imaginario de paisaje.
Yo soy de Valéncia capital, pero toda mi escolarización pasó en Picanya, en una escuela de Picanya y todo mi círculo de amigos del colegio, de amigas amigos del colegio y de profesoras, la mayoría son de pueblos de la provincia de Valencia, entre ellos Picanya, Paiporta, Alacuaz, Cuart de Poblet. Y claro, pues bueno, la verdad es que me cuesta hablar del tema porque la afectación, más allá de lo personal, tiene que ver con la afectación a un territorio, a un paisaje, que es la construcción de un imaginario colectivo en cuanto al pensar la idiosincrasia del paisaje de mi ciudad, de València. Que muchas veces, bueno, se entiende València como el “cap i casal”, que llamamos nosotros, pero bueno, València es mucho más que eso y València tiene mucho que ver con el área metropolitana y con todos los arraigos que está creando. Así que bueno, este es un poco como el contexto personal y no sé si colectivo que me lleva un poco a querer hablar del tema.
P.I: Quería preguntarte también por el contexto un poco específico, casi arquitectónico, urbanístico o geográfico de esta Horta Sud de València. Yo tuve la casualidad de estar allí una semana antes de que pasara todo esto, dos semanas antes —no había estado allí nunca— y me sorprendió también como esta cuestión, como mucho más metropolitana que mencionabas, de cómo estos pueblos históricamente habían estado conectados con la ciudad a través de ese ferrocarril regional que luego se convirtió en el metro de València o en la red de cercanías. Entonces existe esta condición muy particular o muy específica de que una serie de pueblos muy vinculados socialmente a la ciudad y no tanto desde esta perspectiva contemporánea de los polígonos de las ciudades residenciales, ciudades dormitorio que se conectan a posteriori con las ciudades y que pasan a crear como esos nuevos conjuntos propios, sino que es una relación casi histórica de intercambio entre toda esa región y la ciudad de València. ¿Nos cuentas un poco también cómo se relaciona este territorio con la ciudad?
P.O: Sí, yo creo que eso tiene mucho que ver con una concepción o con una cultura o quizá con la creencia de que el urbanismo se ha hecho siempre, a mi modo de ver, desde una perspectiva muy centrípeta, y esto es un claro ejemplo. Es decir, València ha vivido de espaldas a su área metropolitana, ha habido muchos esfuerzos por parte de gente, la verdad, pues diligentísima y con muy buenas intenciones y gente y entidades e instituciones y administraciones, pero la realidad desde —yo diría— de cuarenta años a esta parte es que València ha vivido de espaldas al área metropolitana. Había un sociólogo y economista urbano, Josep Sorribes, que falleció el año pasado, que se pasó la vida peleando por incluir administrativamente la figura de un observatorio del área metropolitana de Valencia, como existe en Barcelona o como existe en otras ciudades de España y también cómo conectar administrativamente, económicamente, la ciudad de Valencia con núcleos. Por otra parte València tiene esa provincia de València y las comarques de la Horta Sud y la Horta Nord tienen la característica de tener núcleos de población que antes eran pedanías de la propia ciudad a muy pocos kilómetros de la ciudad con unas tasas de densidad de población altísimas. Eso pasa en muy pocas ciudades de España y me atrevería a decir de Europa y no es que se hayan ido anexionando la ciudad —algunas sí, algunas no— pero no hay una concepción de la ciudad como metrópolis, tiene que ver mucho con una concepción de lo que es Valencia intramuros, Valencia extramuros, lo que divide extramuros de los municipios que están en las comarcas que orbitan a la propia ciudad. Y nunca se ha puesto el esfuerzo —político, por una parte, económico, por otra parte— y tampoco, ya no es el esfuerzo, es el interés, porque esto al final obedece a una cuestión de intereses en cuanto a desmontar, que es lo que decía al principio, esa concepción centrípeta de la ciudad, de entender la ciudad económicamente como casi un todo, como puede ocurrir en Madrid. Pero sí que es verdad que tú tienes núcleos de población que aportan toda una serie de dotaciones, de equipamientos, de infraestructuras, de logística, de los que la ciudad de Valencia se aprovecha y a los que la propia ciudad les da la espalda.
Entonces, todos estos urbanismos que se han visto afectados por la DANA al final obedecen a construcciones en cuanto a planes generales, planes urbanos, a una cultura un poco de sálvese quien pueda y a ordenaciones particulares. La ordenación del territorio, en ese sentido, no se ha hecho pensando en un proyecto de ciudad entendida como un intercambio entre las escalas más subalternas a las escalas más de más riqueza o de más, no sé cómo decirlo, perdón, me he quedado en blanco.
P.I: Sí, como de relevancia, de importancia, de estar en el tablero.
P.O: Exacto, entonces para mí la DANA justamente ha reflejado la fragilidad de estos urbanismos y sobre todo la fragilidad administrativa que tiene la ciencia del urbanismo a la hora de ordenar el territorio, porque muchas veces yo pienso que la mayoría de veces el urbanismo es imposible que siga las dinámicas, los tiempos políticos con sus tiempos electorales, requiere de una planificación o una escala que supera el tiempo político. Y es muy complicado a nivel de sincronía que se conjuguen, más teniendo en cuenta que bueno, que siempre ha habido unos intereses políticos que han generado de todo menos una concepción compacta de ciudad, en cuanto a área metropolitana. Entonces tenemos las consecuencias de esa planificación en términos de escala.
P.I: También quería preguntarte por esta idea como de las asimetrías que también se ven entre ciudad y esas poblaciones del sur, también en términos como casi socioeconómicos, incluso lingüísticos, que es algo que también a mí me sorprendió como de escuchar hablar valenciano mucho más allí que en la ciudad, etcétera. No sé si también hay una correlación socioeconómica importante que puede matizar o que puede como verse reflejado también esta relación entre ciudad y huerta.
P.O: No, claro, yo hablo de urbanismo subalterno, ¿sabes?, pero ese término se puede extrapolar a la propia conceptualización identitaria del área metropolitana de València en términos culturales. Es evidente que tú escucharás mucho más valenciano en l’Horta o en otras comarcas del sur y del norte que en la propia València. ¿Por qué? Porque la propia ciudad se crea, o sea, la propia cultura de ciudad, cuando se hace de una manera tendenciosa intentando invisibilizar las diferencias, las diferencias culturales, las diferencias lingüísticas, las diferencias históricas, pues al final caes en una cultura subalterna que tiene como enraizado el olvido.
Entonces, pues yo, por ejemplo, lo que te digo, mi escolarización fue en Picanya, hasta segundo de ESO, mi día a día, bueno yo soy valencianoparlante pero mi día a día yo pienso, escribo y me relaciono en catalán y cuando pasé al instituto en València la mayoría de mis compañeros hablaban castellano. Está lo que se llama las líneas en valenciano, pero yo me topé con una institución, no sé si llamarlo una institucionalización de la cultura, la lengua o tal, pero como una homogeneización de ciertos aspectos de la vida cotidiana y eso tiene que ver con una concepción centrípeta de la cultura de la lengua y de la ciudad en último termo. Para mí tiene que ver con el conservadurismo, pero en cuanto a términos urbanos creo que tiene que ver con una concepción centrípeta.
P.I: Sí, otro de los temas como que subyacía un poco de esas conversaciones a través de email que definían un poco esta conversación era también como esa idea de la desconfianza en lo público. Este este lema de “el pueblo salva al pueblo”, “solo el pueblo salva al pueblo”, que a algunos nos puede generar como cierto escalofrío, que sin duda seguramente en muchos casos estuvo formulada pensando, imaginando, esa solidaridad popular que surgió allí, pero que desde muchas perspectivas se ha instrumentalizado seguramente desde visiones anti-estado, ultraliberales, conservadoras o reaccionarias, que han visto también en esta oportunidad pues una forma de poder llevar a cabo esas proclamas de desconfianza o de derribo de las políticas públicas. Quizás algo como que ya salía en las últimas conversaciones que tuvimos dentro del podcast, también con Marina Otero y con Marta Echaves, vivimos en un momento en el que esa desconfianza en lo público, en lo colectivo, pues yo creo que es evidente, ¿no? Queríamos preguntarte cómo en este momento, en este momento en el que quizá también es fácil caer en este tipo de populismos y en este tipo de proclamas que tienen que ver con la desconfianza en lo público, en las arquitecturas de lo público, en ese urbanismo, ¿cómo podemos recuperar la ilusión o cómo podemos reivindicar esa pertenencia o esa necesidad de construir arquitecturas de lo público y esa planificación que nos permita vivir en futuros y en territorios más deseables?
P.O: Vale, sí, sí, entiendo la pregunta y creo que es un poco el imperativo un poco de estar aquí hablando.
Siento si ahora me voy a enrollar bastante, pero bueno, para mí una de las cosas más hirientes y que con más beligerancia se han puesto de manifiesto con la DANA y que, por otra parte, creo que son como detonadores de muchas de las fracturas sociales que hoy percibimos, es que yo creo que es nuestra incapacidad de saber qué hacer con el sufrimiento, o mejor dicho, de no poder hacer absolutamente nada con el sufrimiento. Entonces, bueno, creo honestamente que este hecho, la DANA, y las consecuencias más flagrantes o visibles, pues escenifican esta incapacidad de qué hacer con el sufrimiento como una de las grandes madres del mundo contemporáneo. Entonces, pues si tienes eso en cuenta, muchas de las formas de encontrar refugio y consuelo se nos han desmoronado, o sea, o ya no son como suficientes.
Yo creo que quizá no hay que perder ese arraigo por el colectivismo, por el procomún, pero bueno, no resulta nada fácil, y más justamente con lo que comentabas, o sea, estamos viendo como justamente desde el marco autonómico, su marco competencial desde la Generalitat, pues se aprovecha la crisis para implementar políticas en favor de las corporaciones, de los sectores privados, a costa de los servicios públicos y los derechos comunes. Y bueno, no sé, yo creo que a nadie le debería sorprender que venimos de casi veinte años de capitalismo, en cuanto a desastre, incendios, huracanes, guerras, colapsos financieros, y bueno, estamos en la era de las consecuencias de esta gestión. Y en la degradación de todo esto, yo creo que a la hora de salvaguardarnos o de los marcos para abrigarnos o caer en el abrigo colectivo eran justamente pues esas socialdemocracias que se erigieron, ese estado de bienestar, y en los últimos años hemos asistido a la degradación de los servicios públicos.
Y bueno, las desigualdades que eso provoca yo creo que van minando poco a poco la confianza en las políticas públicas, en las administraciones. Y dentro de ese marco, las derechas y las ultraderechas y los populismos pues, bueno, ofrecen soluciones simplificadoras, como remedio contra esa indefensión. Y bueno, es lamentable, la verdad.
O sea, yo me hacía cruces con todo lo que veía esos días. O sea, para mí es más fácil gestionar la maldad de un político perverso que el vacío ineficiente de la mediocridad institucional. Y las soluciones simples que se proponían o los eslogan que han ido saliendo, pues bueno, son los enemigos perfectos de las políticas públicas.
Además, cuando ya están servidas a través de las redes sociales, a través de propagandistas, de influencers, etcétera, sin demonizar a nadie. Pero bueno, es un analgésico capaz de calmar el dolor y eso es muy triste. Con lo que decías del lema del «poble salva al poble», yo creo que ese mantra, que lo entiendo, lo del «poble salva al poble», pero yo quiero creer o estoy más convencido de eso que dijo el poeta valenciano Vicente Andrés Estéllez de «allò que val és la consciència de no ser res si no s’és poble». Es decir, lo que vale es la conciencia de no ser nada si no se es pueblo. Yo lo del «poble salva al poble» creo que el pueblo, con las políticas públicas bien gestionadas, salvan al pueblo. Entonces, bueno, entiendo que estas cosas, más en un momento de fragilidad extrema, de vulnerabilidad extrema, pues tengan su marco de calado.
Pero bueno, no podemos dejar de lado las políticas públicas o la creencia en su incidencia, aunque resulte ingenuo muchas veces y viendo lo que hemos asistido. Y recordemos que ha habido negligencias políticas absolutamente claras y que la persona que preside la Generalitat, por ejemplo, aún sigue estando en el cargo para la desolación de todo el mundo. Sobre todo, volviendo a la pregunta anterior, que en ese contexto seguramente asimétrico, desigual, de falta de atención desde las políticas públicas a determinados territorios, no olvidemos que muchos están en una zona inundable, por poner un ejemplo. Volver a pensar como que en unas políticas públicas pudieran ser eficientes para pensar en ese futuro más resiliente o más viable. Como que entiendo, yo también entiendo, perfectamente también esa cuestión. Sí, pero ahí tienes un tema.
Es decir, cuando aludía a la concepción centrípeta de la ciudad en cuanto a planificación, si tú no has tenido un proyecto de ciudad o un proyecto que, o sea, no había una creencia o una intención de hacer proyecto de ciudad, pues al final tienes parches, tienes frankensteins urbanos. Y normalmente eso no sería peligroso si no hubiera oportunismos ni un marco del “sálvese quien pueda”. Es decir, ¿por qué se ha edificado en zonas inundables? Pues bueno, porque muchas veces la normativa, aunque parezca la cosa más blindada del mundo, pues hay partes que están sometidas a esa interpretación.
Ha habido una laxitud en cuanto a la aplicación. Las administraciones muchas veces se ponen de perfil ante estas cosas. Venimos de un contexto que no hay que olvidar, que es el desarrollismo.
Entonces, joder, es que la mayoría de superficies afectadas, las tipologías, si hablamos de arquitectura, pues obedecen a un residencial de densidad media-baja. Creo que tiene mucho más que ver con unas políticas urbanísticas y con un modo de construir y de entender el uso del suelo y el aprovechamiento del suelo. Que todos tenemos claro que no se debe edificar en zonas inundables.
Y a mí una de las cosas que me sorprende mucho es que dentro del campo de la edificación como ciencia o de los saberes politécnicos como ciencia se ha ido evolucionando por saber acumulativo. Es decir, yo no concibo que una empresa automovilística fabrique un coche peor que el anterior. Si todos tenemos claro desde el año del catapún que no se puede edificar en ciertas zonas por un riesgo de suelos, de inundaciones, de deforestación, de lo que sea, ¿por qué se sigue haciendo? Pues se sigue haciendo y esa realidad es constatable.
P.I: Incluso pensando como en el arraigo, eso que hablabas antes del paisaje del territorio y repensar también esta planificación implicaría también, pienso, como muchas violencias también en términos de construcción del paisaje. Pensar que todos estos asentamientos son asentamientos históricos que han tenido que ver con temas de producción, de inundabilidad, de terrenos para cultivos, etcétera. Y que repensar también esta planificación implicaría casi pensar desde cero un territorio, la construcción de un paisaje, de un territorio o lo edificado. Y que volviendo a esa idea que también hablabas del tema de los tiempos políticos y los tiempos electorales, casi sería impensable pensar en un proyecto de estas características que implicaría también en términos casi de violencia de construcción del paisaje, en mi opinión sería como un proyecto enorme y difícil de abordar también.
P.O: No, no, absolutamente. Lo que pasa que yo creo también, por aportar como notas de positivismo, yo también creo que ya no que debamos fijarnos en ejemplos que desde la normativa o desde la aplicación de la normativa o desde la prevención o desde la anticipación a ciertas cosas han funcionado. Creo que por ley debería ser obligatorio fijarse en estas cosas, no a posteriori.
Ahora es cuando –lo estábamos hablando antes– tiraba a pensar los primeros días o a reflexionar sobre todo lo que había acontecido, me salía a pensar en qué nos ha llevado aquí, pero no tenía ninguna referencia de qué se había hecho en otras geografías, en otros territorios, o qué políticas públicas se habían implementado a nivel de prevención en otras latitudes, en otras geografías, en otras orografías, para justamente prevenir estas cosas. Entonces, yo creo que tenemos que, no sé si llamarlo prevención, pero yo creo que hay que empezar a entender las condiciones que producen un desastre natural. Hay que empezar a entender desde las propias escuelas de arquitectura o desde los organismos públicos, etcétera, que la única manera de entender las condiciones que producen un desastre natural es la única manera de protegernos y, sobre todo, que tenemos que empezar a fijarnos en qué se ha venido haciendo, no en responder a lo que ha ocurrido.
Y eso, para mí, hasta ahora la solución ha sido invertir en sistemas de pronóstico y en modelos computacionales capaces de detectar el itinerario, la intensidad, la rapidez, la precisión de un fenómeno atmosférico, meteorológico, etcétera. Pero no de poner infraestructura o invertir en infraestructura a largo plazo. Es decir, una de las primeras medidas que implementó el señor Mazón cuando llegó a la Generalitat fue cargarse una unidad de emergencia que había creado una administración anterior, de otro símbolo político. Yo creo que la prevención no tiene tanto que ver con la gatchetización o con el pronóstico puro y duro, sino con la anticipación en términos de escalar eso, y eso es planificación urbanística, pura y dura, para mí. Y en cuanto a políticas públicas se ha hecho un montón, o sea, yo preparando un poco esta conversación, pues no hay que irse muy lejos, o sea, tenemos un mogollón de medidas, o sea, no sé si empezar a contar, pero bueno, se ha hecho mucho. Nadie va a descubrir Roma ahora.
P.I: Quería preguntarte precisamente por las respuestas de la arquitectura, que muchas veces creo que cuando hemos enfrentado desastres, situaciones muy particulares —como la pandemia por ejemplo— nosotros siempre hemos sentido como que la arquitectura había operado de una forma un poco oportunista, muchas veces como dando soluciones muy cortoplacistas a cuestiones que quizá como tú apuntabas tiene más que ver con de dónde venimos y de qué dinámicas venimos, realmente dar soluciones cortoplacistas a problemas del presente.
Quería preguntarte cómo has visto tú también las respuestas de la arquitectura. Creo que desde muchos colectivos y desde muchas plataformas sí que se ha movilizado esa respuesta a la DANA, no solamente para la reconstrucción sino para la evaluación, para el diagnóstico y para el acompañamiento, que es tan importante. No sé si has visto en este caso, en este caso, en este desastre, si has visto una respuesta como más estructurada o quizá más sincera también desde la disciplina a la hora de abordar este problema o ves que también hay como cierto oportunismo, cortoplacismo.
P.O: Yo creo que la respuesta pues no sé, hay de todo, o sea yo creo que no sería honesto decir que no ha habido una respuesta, no sé si estructurada o poco estructurada. Pero creo que a mí me ha sorprendido, yo tengo que decir que me ha sorprendido, he visto en organismos, entidades particulares cargados de buenísimas intenciones. No sé si todas las respuestas han sido efectivas, no sé hasta qué punto han sido efectivas en el contexto de inmediatez, en los días en los días posteriores, pero a mí me ha sorprendido mucho la movilización particular y sí que después me gustaría apuntar algunas cosas en ese sentido.
Y también yo por generación creo que muchas colegas de profesión y tal no nos hemos sentido nunca muy afines a los colegios de arquitectos, por ejemplo, a ciertas entidades como canónicamente disciplinares y por primera vez hemos buscado amparo o sentirnos útiles a través de esos vectores operativos que se han traducido o no en una respuesta o en una ayuda —eso es algo que uno, no me toca ni valorar y dos, creo que el tiempo lo dirá—. Ahora sí que creo que a nivel particular, madre mía, yo he alucinado. Y luego me gustaría apuntar alguna cosa en ese sentido, pero bueno yo con la pregunta que me has hecho, lo que sí que pienso de una manera muy clara es que creo que ahora, al menos en la Escuela de Arquitectura de València, creo que va a ser muy difícil hablar ya solo de arquitectura, va a ser muy difícil hablar de arquitectura puramente, yo creo que van a tener que hacer el esfuerzo de hablar de las condiciones espaciales que desafían y producen el espacio contemporáneo y eso es algo que yo creo que no se ha venido haciendo, no sé si en el contexto de València o es extrapolable al contexto de educación en arquitectura en otros territorios. Y hablo de las escuelas pero podría irme hacia como todo el campo que moviliza la cultura arquitectónica estatal. O sea, yo creo que eso, que ya no hay que hablar del espacio sino de las condiciones que producen y que se enfrentan a los desafíos de emergencia climática estos espacios, hay que anticipar preguntas para anticipar una serie de, no sé si llamarlo lugares comunes, a través de los cuales la arquitectura pueda ser cuestionada. Es decir, no solo como un objeto para observar, estudiar un interior o proyectar un interior sino como un vehículo que analice las infraestructuras que sirven a la arquitectura, las tecnologías que la hacen posible, el capital que moviliza, el trabajo que requiere y sobre todo los entornos que construye y que anticipa a nivel de prevención. Yo creo que eso, no sé, creo que va a ser un must en cualquier vademécum o en cualquier guía docente. O debería serlo, sería lamentable que no sea el propio currículum docente después de cosas como esta y las que vendrán, o sea las sensaciones que van a estar emplazados en crisis constantes. Entonces yo creo que la disciplina tiene que tener no sé si un papel como prevencionista o preservacionista (porque eso tiene peligros de caer en un conservadurismo), sino en un lugar de anticipación de preguntas y de respuestas, y eso me parece fundamental.
P.I: Sí, sin duda. Creo que conectando con esto, no sé si del todo pero creo que sí, quería mostrar una idea que tiene que ver con este concepto del diseño para la resiliencia. Esa resiliencia que es un término como que se ha puesto mucho de moda, pero no me gusta mucho, tiene una condición casi bélica, como de enfrentar o de ponerse a las situaciones que no me gusta del todo. Prefiero otros. Pero está el trabajo de un colectivo feminista que tiene que ver con el clima que se llama The Weathering Collective. El año pasado tuvimos como la suerte de traducir como un pequeño libro junto con LABoral Centro de Arte que trae una contribución suya que hablaba precisamente de la infraestructura y que en el momento que lo tradujimos nos gustó mucho y que tenía que ver con este tipo de infraestructuras de contención que surgen como para modificar el territorio y para enfrentar los temas climáticos. Voy a leerla porque es un poco complicada, pero bueno, dicen:
“las infraestructuras feministas transformadoras se oponen a la concepción actual de las infraestructuras dentro de un modelo neoliberal de resiliencia cuya lógica guía a las intervenciones infraestructurales masivas, como los diques, que tienen la larga vida posterior y nos encierran un futuro particular a todas. La política y el diseño impulsados por la resiliencia pretenden, por tanto, integrar el capitalismo del desastre en nuestra infraestructura social y mantener el status quo a flote el mayor tiempo posible.”
Quería preguntarte, bueno, llevamos como décadas viendo cómo existen asentamientos, viviendas y muchos territorios en zonas inundables, en valles, en cauces de ríos, a metros de la costa, en zonas sísmicas, en laderas donde hemos visto caer lava en los últimos años. Hace años como que este término como el diseño para la resiliencia empezó como a aparecer en guías docentes y en cursos como así muy edgies y como punteros, de vanguardia, etcétera, y nos queda un poco esa duda de si, como dice The Weathering Collective, estamos integrando el desastre en el diseño con este tipo de infraestructuras de gran escala o debemos como dar un paso atrás y reivindicar esa idea como de planificación frente a diseño. Si es que el diseño no puede estar contenido en planificación, que lo puede estar. O de previsión como frente a resiliencia, ¿no? Como de anteponernos como a estos futuros. No sé qué tal te suena también este término y cómo piensas que esas infraestructuras podrían funcionar o si deberíamos como plantear otro tipo de ideas antes que plantear estas infraestructuras masivas que, como dice The Weathering Collective, pues tienen tanta vida posterior y que no se cuestionan del todo, ¿no? Nadie cuestiona la presencia de un dique que tiene como ese valor casi ingenieril, etcétera, y que condiciona muchísimas cosas, ¿no? Desde climas, territorios, especies y que tiene cientos de años de vida.
P.O: A ver, pues yo creo que… Mira, justamente creo que lo… A mí el término resiliencia, cuando pienso en estas palabras tan grandes y tan manidas, o sea, el peligro principal es que caigan como en lugares comunes. Yo empecé estudiando arquitectura y la palabra que estaba como en boga y a la que tuvo mucho que ver en la construcción de mi imaginario arquitectónico como estudiante fue la palabra “participación”. Y yo tengo que decir que hasta un contexto como el que vivimos con la DANA no había visto participación de una manera tan flagrante en cuanto a urbanismo y arquitectura. Entonces, lo vengo a decir por el término resiliencia. Yo la palabra resiliencia creo que actúa más como membrana que como dique. Es decir, cuan más porosa sea una estructura del tipo que sea política social, afectiva, lo que sea, más resiliente puede llegar a ser. Pero para la resiliencia yo creo que ontológicamente tiene que ver con una herida o con un dolor previo. Entonces, el dique tiene mucho más que ver con una anticipación o con una contención frente a una herida o a un dolor.
Entonces, cuando yo te decía antes que una de las cosas más desoladoras que había percibido en el contexto de la DANA era no saber qué hacer con el sufrimiento en cuanto a respuesta pública, administrativa, urbanística, arquitectónica, lo que sea, yo creo que muchas veces me sale más pensar en generar una membrana lo suficientemente sólida como un dique que quizá pensar en estructuras resilientes o en entender la residencia desde un punto de vista de adaptabilidad a un contexto de emergencia climática que te pasa por encima como una apisonadora, como un rodillo. Yo quizá diga esto por la cercanía a la catástrofe, ¿sabes? Pero bueno, no sé. Como lo que quería decir antes, cuando quería hablar de la respuesta colectiva, que yo una de las cosas que como nota positiva, no sé, que he visto esos días es que como ciudadano y como arquitecto es que por primera vez vi algo parecido a la participación ciudadana.
Y no sé si llamarlo resiliencia, participación o solidaridad o lo que sea, pero cuando justamente hablamos de prevención, yo creo que para superar esta cosa de qué hacer ante el sufrimiento colectivo, justamente lo único que nos queda es recuperar ese fuerte gusto por lo colectivo, por los demás. Y esto no lo digo yo. Apuntaba Rebecca Solnit en uno de sus últimos trabajos que la utopía del desastre tiene un revés, un reverso, y ese reverso normalmente actúa como un dique y es un dique de solidaridad.
O sea, en València yo he visto florecer esa solidaridad en forma de participación, de una participación que no tiene que ver con la organización o con algo muy estructurado, como pueden ser una guía para la resiliencia de cara a X años vista. Pero bueno, yo creo que coordinarse y adaptarse poco a poco e ir generando o ir ganando estructuras que con el tiempo se vayan haciendo fuertes, tiene que ver con una residencia anticipada, que para mí es participación, con lo que tú decías. No sé si me he ido un montón, creo que la arquitectura tiene que ver con, creo que lo que podemos aprender todo de esto, no sé si llamarlo resiliencia, anticipación o participación, es que creo que a la arquitectura le quedan años luz para aprender de las estructuras sociales en cuanto a bóvedas de amparo mutuo y eso tiene que trasladarse a la idiosincrasia de la propia disciplina, no sé.
Y, bueno, la prueba de ello es que no se ha venido haciendo y tenemos el urbanismo que tenemos, tenemos las planificaciones que tenemos y para hacer estructuras más resilientes o urbanismos más resilientes, precisamente demandamos de que las propias estructuras estén hilvanadas en redes de amparo mutuo, no en urbanismo del “sálvese quien pueda”.
P.I: De hecho, me venía a la mente como otro de los fragmentos de este texto, también de The Weathering Collective. Ellas desarrollan formatos y prácticas para pensar juntas los futuros climáticos y reivindicaban una cosa tan bonita como estar juntos delante de un charco y preguntarnos por qué se había generado ese charco, de dónde había caído, dónde había caído la gota, como una forma casi de infraestructura y estar en el mundo, desde esa curiosidad y desde ese buscar como desde dónde se producen las cosas y creo que era una cosa bonita que también como que me conectaba con alguna de las cosas que habías dicho en estos últimos minutos.
P.O: Sí, no sé, yo creo que al final, o sea, cualquier crisis del tipo que sea, o sea, en las climáticas lo estamos viendo, es como que una de las pocas cosas que florece es algo que precisamente se nos ha venido como robando, que es el anhelo insatisfecho de crear una comunidad, o sea, de tener como un sentido de propósito y de creencia en el procomún y yo estos días en València lo he visto. O sea, la solidaridad entre vecinos es tan peligrosa como la solidaridad entre trabajadores y para los poderes tardocapitalistas se percibe como tal. Entonces, bueno, si tuviera que apuntar como a un futuro o a un futuro ilusionante sería bajo estas bóvedas de amparo mutuo.
P.I: Genial, pues nada, yo me quedo muy contento también con estas cuestiones que hemos ido hablando y para cerrar me gustaría preguntarte una cosa que no sé si tiene que ver con esto, pero conectaba con alguna de las cuestiones que habíamos hablado con el micro cerrado antes de comenzar. Nos comentabas con cierto pesar que —a pesar de que tú eres de las pocas personas de nuestra generación que desde la arquitectura hemos visto poder escribir en medios generalistas y en espacios que creo que tiene mucha relevancia para el pensamiento contemporáneo— te costaba escribir o responder desde esos espacios, desde la inmediatez posterior a la catástrofe, que habías necesitado de esas semanas como para reposar un poco los pensamientos y responder desde ese espacio posterior al boom de información, de imágenes, etcétera, que había sucedido a la catástrofe.
Queremos preguntarte precisamente por esta cuestión de la agilidad y la lentitud muchas veces de los espacios para la crítica y para el pensamiento, casi como una especie de pregunta personal desde nuestra curiosidad. Cristina Goberna reivindica como esta idea, que es tan bonita también, de escribir en medios generalistas como una práctica casi politizada, social, etcétera, como de trascender un poco los medios de la disciplina. Y queríamos preguntarte por este contexto de desaparición de los espacios para la crítica escrita. Nosotros como editorial también sentimos muchas veces la lentitud muchas veces de poder hacer libros y publicaciones respondiendo a temas de urgencia, pero también intentando huir de esa especie de instrumentalización u oportunismo tras las catástrofes, tras los productos violentos o sensibles.
También en este contexto de desaparición del blog como éste en el que nos encontramos, como ese espacio poscrisis de 2008 que fue tan importante también para la producción de crítica y pensamiento de arquitectura y la inmediatez también de las redes, que muchas veces nos dejan profundizar, que tienen esta dictadura del algoritmo, etcétera. ¿Cómo ves esta cuestión? ¿Dónde pueden estar esos espacios y herramientas para la crítica en el año 2025 que vamos a empezar ahora? Y ¿cómo podemos… cómo mantener esta agilidad desde la arquitectura, desde la disciplina, para responder a cuestiones urgentes sin ese oportunismo o esa superficialidad de las redes?
P.O: Ya, justamente me lo habías comentado antes y me he quedado pensando, porque esta misma pregunta me la hicieron en una de las primeras charlas que he podido dar en el Colegio de Arquitectos de Valencia. Fue una charla justamente para hablar de escribir de arquitectura o de divulgar de arquitectura.
A veces escribo de arquitectura, pero yo no me considero ni un divulgador, ni quiero serlo, ni creo que sepa hacerlo, pero creo que estoy de acuerdo en que hemos asistido a un paulatino desmantelamiento, interesado en muchos casos, del espacio de la crítica, de cualquier tipo, de arquitectura, de lo que sea. Y justamente hay que decir en los espacios donde se ha ido erosionando esta cultura crítica, o hay que preguntar por qué se han desaparecido. Yo creo que no es tanto el analizar o el llegar a la conclusión de que han desaparecido, sino preguntar directamente el por qué y bajo qué criterio han desaparecido.
Justamente en esta conferencia, cuando terminé de hablar, se me hizo la pregunta desde el propio colegio de qué creerías, Pau, que se puede hacer para divulgar arquitectura desde los colegios, desde las fundaciones, pues justamente apostar por estos espacios. Lo que no tiene sentido es que de las tropecientas revistas colegiales que había en España hace unos años, que al margen de que las leyeran cuatro gatos, lo que sea, que sinceramente no lo creo, porque hasta la evolución de ciertos medios especializados eran el único lugar donde se recogía un saber arquitectónico, una archivística arquitectónica de una manera como bastante, no sé si llamarlo democrática, pero bueno… Entonces les pregunté por qué habían quitado la revista colegial.
Creo que tiene más que ver, no es tanto ver que han desaparecido y tal, sino preguntarse por qué y preguntarle a la gente que tiene cierto poder sobre estas cosas el por qué el espacio de la crítica va tendiendo cada vez más hacia el espacio del publirreportaje y hacia cierto manierismo a la hora de explicar arquitectura. Porque, joder, o sea en una… es muy complicado. Uno de los shocks que a mí me causaba hablar de la DANA era justamente, joder, cómo le explicamos a la gente desde la arquitectura que hemos construido en superficies inundables, en zonas inundables. O sea, yo creo que justamente los espacios para la crítica sirven para todo lo que hemos dicho en esta conversación, es decir, para anticipar. Ya no respuestas sino preguntas.
Entonces creo que el único bastión de resistencia que quede —al margen de iniciativas súper bien intencionadas— tiene que ver con un cuestionamiento constante hacia las entidades, instituciones u organizaciones que tienen el poder para promover estos espacios. Y no sé si contesto, si me he ido mucho, si me he puesto en un apuro, pero bueno.
Yo creo que los medios, por aterrizarlo todo un poco más, creo que el medio especializado tiende más, está tendiendo hacia el publireportaje y eso poco a poco está impregnando al medio generalista con sus suplementos dominicales, con sus historias de enseñar proyectos concretos. Peero no hay un espacio para la divulgación de arquitectura en cuanto a relación con otras secciones de un periódico, como puede ser la política de economía, la sección de sociedad. O sea, creo que sigue siendo una categoría estanca en cuanto a la concepción en sí misma, en cuanto a saber propio o a su concepción cultural.
Y nada, bueno, si me lo permites, quería terminar con una cosa que me parecía como guay sacar como en este podcast, porque hace poco asistí a la inauguración de la BEAU de este año, que se llama Me-dio-pla-zo, y invitaron, no sé muy bien por qué, a una escritora cordobesa que se llama Azahara Palomeque. Yo estaba preparando un poco este podcast, y dijo algo que creo que resume bastante bien todo lo que os he comentado. Me quedé con una frase que decía, que para que un país no se convierta en un cuarto lóbrego con vistas a un muro, y podría extrapolarse a una disciplina, el recorrido de cada vida, de cada estudiante, de cada arquitecta que lo habita, debe ser vasto en dignidad, largo en libertades y garantías ecológicas extensibles, también, a otros territorios. Escasos en amenazas, porque nos ha tocado a Valencia, pero bueno, el contexto de emergencia climática es extrapolable a cualquier geografía. Y bueno, ella decía, Palomeque decía que una forma de apuntar al futuro, pues la vida muchas veces es un asunto a ir elaborando con el tiempo, por el camino, pero bueno, para eso precisa de una superficie dúctil que aloje la huella en lugar de los abismos que pisamos con frecuencias. Se llamen precariedad, se llamen sequías o se llamen inundaciones.
P.I: Qué bonito, la verdad, se nota que no es arquitecta, que habla mejor que nosotros, ¿no?
P.O: Perdón por colar este final, pero bueno, me quedé con, o sea, justo me sorprendió que en un contexto de un marco como tan, no sé, si institucional o tan rígido en estas cosas, como que bueno, que se diera esta nota tan poética. Y nada, por mi parte, no sé si tenéis alguna pregunta más, si queréis hablar por algo más.
P.I: No, por mí, bueno, podemos cerrar aquí, ha sido, yo creo, muy bonito escucharte. También creo que es, no sé, como que este bloque territorio lo empezamos a plantear justo cuando sucedió, yo creo, la catástrofe de València. Queríamos huir también de ese oportunismo de intentar, como desde este blog, responder como con esa agilidad a ciertos temas, ¿no? O hacerlo más desde el reposo.
Yo creo que ha sido un espacio también precioso como para poder hacerlo con la palabra, que siempre es mucho más, como decías antes, que está fuera de esa autocorrección o autoedición, que muchas veces es más errática, que para nosotros también es como incómodo muchas veces. Poder hablar y sin el filtro ese de la edición. Pero yo creo que ha sido como bonito escucharte hablar también de estas reflexiones, desde el pensamiento, desde el territorio, desde las políticas públicas también. No tanto desde ese campo como más propio, más específico, que siempre se le ha reivindicado a la arquitectura, que yo creo que tiene que ir como mucho más allá.
Así que nada, simplemente agradecerte la generosidad también por compartir este tiempo con nosotros y también esas reflexiones desde el territorio, desde el terreno, sobre esta situación como tan catastrófica, tan tan sensible, tan violenta para mucha gente, pero que nos puede ayudar también a pensar desde la arquitectura y desde los futuros, desde los territorios.
P.O: Jo, gracias. Bueno, gracias a vosotros por la invitación y ha sido un placer.
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