Año 9177, más o menos

(Ilustración: Fotograma de la película Tiempo después).

El mundo entero ha sido azotado por catástrofes inenarrables, y solo queda un edificio en pie, en el que viven unos pocos afortunados.

Esa construcción, como la propia historia de la humanidad superviviente, es monstruosa. Está formada por dos miembros amputados de la remota Madrid, España, y del remoto siglo veinte, e injertados en un paisaje lunar y arizoniano. Son Torres Blancas, de Sáenz de Oiza, que se mantiene con cierta entereza, y la “Corona de Espinas”, de Higueras y Miró, que se ha escindido en dos cuerpos: uno a los pies de la torre y el otro, precisamente las espinas, a la cabeza, haciendo de corona literalmente y respondiendo, así, a estas alturas, cosas de la vida, con más verdad que nunca al infausto mote que le pusieron hace siete mil doscientos años (más o menos).

No: Es imposible que sean aquellas dos obras maestras de la arquitectura que hayan explotado, volado por los aires, cruzado medio mundo y caído milagrosamente en esa posición. Nada de eso. Han pasado siete milenios y pico y en algún momento alguien debió de plagiarlas retorcida y taimadamente.

Un ser humano desheredado y no admitido en aquel cuestionable paraíso lo mira a través de unos prismáticos. Y en ese momento sus ojos son los nuestros y vemos esa rara maravilla: Una forma fálica, gris, sucia, plantada sobre un suelo escarpado y árido.

Hasta el cielo es desolador, con brillos blanquecinos y desvaídos.

De todos los edificios del mundo solo queda ese, y de la urbanización nada en absoluto. El artefacto está ahí puesto, sin más, y sus habitantes están confinados en él, que ofrece una falsa seguridad al tiempo que una despiadada prisión.

Las terrazas de Torres Blancas, que Oiza soñó bellas, verdes, frescas y perfumadas, aparecen ásperas y polvorientas, y la corona… Ah, no: La habíamos visto mal. La de abajo está entera, con su remate completo, que se ha duplicado en una especie de clon o yema arriba del todo. Hay dos coronas.

La geometría es imposible, y a la vez, curiosamente, combina muy bien. La obra de Higueras era una matriz circular infalible e inapelable, compuesta como un erizo de mar. La de Oiza, por el contrario, era irregular, cambiante, caprichosa como un manojo. Por los prismáticos se ve el raro ejemplo orgánico-numérico de que de una base rígida y autogenerada (Higueras decía en broma que era tan vago diseñando que en ese edificio había pensado solo un gajo y el resto había salido por sí mismo) salga un tallo esculpido, cambiante, nervioso, corregido mil veces, trabajado con angustia y con ansia, arrepentido, reforzado, contradicho, zarandeado, zurrado y masticado (con el mítico dolor de muelas de Oiza) para ser rematado finalmente con la corona de la corona, con la ruleta de la fortuna, con el círculo de la vida o del infierno.

Ese edificio, en el que vive la escasa humanidad privilegiada del año 9177 (más o menos), se yergue como una meta, como un oasis, como una promesa, pero también como el enunciado cierto del castigo eterno de la arquitectura: “Humanos, vais a morir. Y vais a morir por haber hecho esto, por haberme hecho”.

No obstante, en esta santa casa en la que escribo estas palabras estamos todos fascinados por esta imagen agresiva e imposible, por esta tierna y hermosa imagen de genio y de armonía incomprensible. En esta casa ponderamos mucho esa belleza artificial, impostada, que muestra el espíritu y la libertad de quienes la crearon, y que de ese modo expresa lo divino de manera sensible. En esta casa somos muy de Hegel, a pesar del desmoronamiento lógico de las doctrinas compactas. Porque buscar la verdad hoy nos obliga a una deconstrucción teórica sistemática, ¿vale?, y el rigor está en la inflexibilidad con la que se deconstruye.

En fin: Las cosas. Vosotros me entendéis.

Por:
Soy arquitecto desde 1985, y desde entonces vengo ejerciendo la profesión liberal. Arquitecto “con los pies en el suelo” y con mucha obra “normal” y “sensata” a sus espaldas. Además de la arquitectura me entusiasma la literatura. Acabo de publicar un libro, Necrotectónicas, que consta de veintitrés relatos sobre las muertes de veintitrés arquitectos ilustres.

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