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La crisis económica de los últimos años ha conseguido popularizar una serie de prácticas agrupadas bajo el epígrafe común de “economía compartida.” Se trata de, gracias a las nuevas tecnologías, eliminar los posibles intermediarios para realizar cualquier tipo de transacción directamente de persona a persona (“peer-to-peer”).

En una habitación propia

Créditos de la imagen: “Habitación en The Collective Old Oak.”
Obtenida en: https://www.gumtree.com/p/property-to-share/-studio-room-at-the-collective-old-oak-co-living-no-deposit-bills-included-/1229336313
#co-living #crisishabitacional #economiacompartida

 

La crisis económica de los últimos años ha conseguido popularizar una serie de prácticas agrupadas bajo el epígrafe común de economía compartida.” Se trata de, gracias a las nuevas tecnologías, eliminar los posibles intermediarios para realizar cualquier tipo de transacción directamente de persona a persona (“peer-to-peer”)1. Pero lo radicalmente novedoso, como se apuntaba en The Economist, ha sido la mayor disponibilidad de datos sobre personas y cosas, lo cual ha permitido “la desagregación de los activos físicos y su consumo como servicios.” Lo que comenzó como el arrendamiento de la vivienda propia para unas vacaciones (Airbnb), es ahora un viaje en coche (Uber), artículos para el hogar (SnapGoods) o, incluso, alguien que cuide del perro (DogVacay).

Este nuevo tipo de modelo económico se ha presentado también como solución plausible a la crisis habitacional que domina las grandes ciudades, dando lugar a toda una serie de propuestas, a modo de “start up,” en las que el arrendatario ha sido convertido en “usuario” (“member”), quien, en algunos casos, con una misma cuota (“membership”), puede llegar a disponer de una habitación en Londres o en Bali. Es un hecho, según Adam Neumann, cofundador y CEO de “WeWork” y la reciente “WeLive,” que el “futuro se presenta más caro y con menos espacio,” lo cual, unido a la flexibilidad que reclama el estilo de vida contemporáneo, ha hecho que sea necesario optimizar los “servicios domésticos” de la vivienda, o lo que es lo mismo, externalizarlos en un espacio compartido, fuera del ámbito privado.

 

En Londres, hace dos años, se inauguraba el complejo más grande del mundo de lo que se ha presentado como una nueva tipología arquitectónica (“co-living”). The Collective cuenta con 550 habitaciones y numerosos espacios comunes (también de “co-working”), que aspiran a proporcionar un estilo de vida en el que “la gente pueda vivir vidas más felices y más plenas, aprendiendo y creciendo como parte de una comunidad comprometida.” De este modo, para fomentar esta vida supuestamente familiar, las habitaciones son extremadamente pequeñas (9m2) porque “si se da la oportunidad a la gente de cenar solos en su habitación – como ha señalado el fundador de “CommonBrad Hargraves – ¡acabarán haciéndolo!” En este sentido, una economía compartida vendría a ser también la solución a la “soledad y el aislamiento derivados del ritmo de vida contemporáneo.

Sin embargo, pese a presentarse como una solución a la crisis de la vivienda, ninguna de estas alternativas cuenta con precios más baratos que la media de un piso en alquiler en la misma zona, simplemente ofrecen más servicios a sus consumidores que un apartamento normal: desde una cocina comunitaria, un gimnasio, una sala de juegos, un cine o una biblioteca, a clases de cocina, pilates o un club de lectura, además de la comodidad de contar con todo incluido en la misma factura. La paradoja es que la creación de una auténtica comunidad, a la que se aspira con la proliferación de espacios comunes, rara vez se convierte en realidad. Generalmente, se encuentran vacíos y siempre vigilados – “¡sonríe, te están grabando!” se puede leer en cada esquina del complejo londinense – proporcionando datos sobre el comportamiento de sus usuarios para contribuir a la optimización de los servicios del edificio, de tal manera que el pequeño espacio privado que corresponde al usuario termina convirtiéndose en claustrofóbico.

 

Lo alarmante es que, entre todos estos nuevos planteamientos, son muy pocos los que suponen una reflexión, desde la propia disciplina arquitectónica (no desde Silicon Valley) sobre el problema de la vivienda colectiva. De hecho, como ha señalado recientemente Rafael Moneo, tal vez “se trate de la tipología arquitectónica más ignorada hoy en día, abandonada a las fuerzas del mercado sin ningún interés disciplinar en desarrollar nuevas aproximaciones.”

A su vez, cabe también cuestionarse si este nuevo modelo de “economía compartida” podría aportar realmente la solución definitiva al problema del habitar contemporáneo o si, por el contrario, como ha apuntado Slavoj Žižek, deberíamos abandonar el mito de la vida comunal como solución al sistema capitalista y “aprender una cierta distancia.”

Notas de página
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La crisis económica de los últimos años ha conseguido popularizar una serie de prácticas agrupadas bajo el epígrafe común de “economía compartida.” Se trata de, gracias a las nuevas tecnologías, eliminar los posibles intermediarios para realizar cualquier tipo de transacción directamente de persona a persona (“peer-to-peer”).

Autor:
María Álvarez García
Doctorando de la E.T.S.A. de la Universidad de Navarra desde 2013, donde realizo la tesis doctoral sobre experiencias gráficas docentes en la segunda mitad del s. XX, gracias a una Beca de la Asociación de Amigos de la UN. Profesor Ayudante de Análisis de Formas en primer curso. MA History&Critical Thinking (Architectural Association, Londres 2012). Arquitecto (Universidad de Navarra, 2011). Actualmente me encuentro en Londres completando la investigación doctoral. 
  • Antonio Ángel Clemente García - 9 mayo, 2018, 12:36

    Estoy en absoluto desacuerdo con estas “soluciones” al problema de la vivienda, efectivamente, como dice Moneo, es preciso investigar sobre nuevas formas de habitar, pero teniendo en cuenta principalmente las necesidades, físicas y psíquicas , del ser humano. Me aterra especialmente esta frase: “si se da la oportunidad a la gente de cenar solos en su habitación – como ha señalado el fundador de “Common” Brad Hargraves – ¡acabarán haciéndolo!” ¿Significa esto que hay que obligar a la gente a vivir como quiere el “fundador”? A mi esto me suena a despotismo y no precisamente ilustrado. Los hábitats del ser humano deben surgir de sus necesidades y deseos, no de imposiciones de iluminados.

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