Pobres pero coloridos

Foto: Ana Asensio, 2013.

“No tienen nada y aún así… mira, qué sonrisa!”, “tener menos… una vida más sencilla, seguro que son más felices en el fondo”. Pobres pero felices, así son las personas en algunas de las barriadas más vulnerables y peligrosas, o en algunos poblados rurales más aislados donde si te enfermas, no llegas a tiempo a ningún lugar. Nuestra lejanía y soberbia en ocasiones no tiene límites, y todas esas miradas verticales se hacen patentes cuando dos mundos distintos se encuentran; y las interpretaciones son superficiales, y portamos con nosotros una estructura mental cerrada que se esfuerza a velocidad vertiginosa por abrir puertas y recibir todo lo que nos rodea como positivo. Pero lo cierto es, que no todo es positivo. Y que la pobreza, no, no es exótica.

Debemos ser conscientes desde todos los campos que trabajen los entornos construidos de las enormes carencias a las que se enfrenta un tercio de la población mundial, y tratar esas situaciones y ámbitos con extremo respeto y conciencia, con formación y dedicación, con tiempo, mucho tiempo. Debemos ser conscientes de cuáles son los problemas raíz de esas poblaciones, y cómo las intervenciones en asentamientos vulnerables suponen un horizonte lejano con muchísimo trabajo social detrás.

Me gustaría hablar de #artivismo (activismo artístico), especialmente el que porta miradas y actitudes norte-sur. Y es que, aunque el arte siempre ha sido una herramienta de concienciación, reactivación, exteriorización o rebelión, también es una víctima del nuevo marketing y las hipocresías que conlleva. Hemos de ser conscientes de que no, que la pobreza no mejora con pintura de colores.

El art-attack sobre barriadas pobres se convierte en muchas ocasiones en una faceta más de un hipsterismo cultural que no suele profundizar más allá de una superficie que funciona bien en los medios de comunicación y redes sociales. Estos movimientos “dignificadores”, con superioridad aunque buenas intenciones, llegan para tocar con una mano salvadora una población que quizás no cuenta con agua descontaminada, o electricidad, o una tenencia segura del suelo, pero… el arte les devuelve el color a través de procesos participativos donde toda la barriada sonríe feliz. No nos confundamos. Un proceso participativo no dura una semana ni dos, al igual que los colores de las fachadas no aseguran las construcciones en zona de riesgo de desastres y sin cimentación contra ningún sismo o inundación. Saldrá en las revistas, y algún político local pasará por allí para hacer promesas mientras dure la pintura, habrá algún logro, pero seamos conscientes de que no somos dignificadores de nada ni nadie, y que el poner la mirada y la brocha sobre ellos no nos hace mejores a nosotros por dejarnos caer por allí, ni menos vulnerables a ellos.

No es más que un art-washing de la pobreza, igual que una fachada con enredadera y una cubierta ajardinada no son más que un lavado de cara verde a nuestros maltrechos edificios de décadas atrás. “Vulnerables pero coloridos” está siendo la nueva “pobres pero felices”, y hay que tener mucho cuidado con esa fina línea que separa el optimismo del infantilismo y la falta de profundidad en nuestras miradas.

Hace poco, vagando por las redes, encontré una fotografía de un artista mural, de una chabola construida con restos de chapas de calamina de quién sabe dónde en una calle sin pavimentar, sin saneamiento ni gestión de residuos, un espacio dañino para la salud física y psicológica, en Kibera, un asentamiento informal en los suburbios de Nairobi (Kenia). La fotografía decía “cuando la supervivencia se convierte en Arte” (con mayúsculas), a lo que un seguidor respondía “cuando la gente ve arte por todas partes el mundo es mejor, #genial”. Ehm, no. La pobreza extrema y la vida al límite no tienen nada de artístico, y ver arte en todas partes no hace el mundo mejor.

Encontrar exotismo en la pobreza es una peligrosa mirada, y el arte como reivindicación o “dignificación” puede llegar a engrosar esa capa exótica, construyendo a través de la creatividad un muro que nos impida mirar las problemáticas reales detrás de las fachadas.

 

Autor:
Ana Asensio
(Almería, 1986) Arquitecta formada entre Granada, Venecia, Londres, Santiago de Chile y Madrid. Especializada en memoria y arquitectura popular (tesina de investigación, UGR), Asentamientos Humanos Precarios y Habitabilidad básica (postgrado UPM), realiza un activismo por investigación, documentalismo, divulgación y acción cultural, especialmente centrada en la experimentación arquitectónica, la cultura contemporánea y el medio rural.

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