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De la sabiduría del arquitecto

T.S. Eliot hace una preciosa distinción entre información, conocimiento y sabiduría. Primero en su poema Coros de la roca, de 1934, y luego en su paradigmático ensayo ¿Qué es un clásico?, que es el texto del discurso magistral que pronunció ante la Sociedad Virgiliana de Londres el 16 de octubre de 1944.

En Choruses from the rock escribe:

Where is the wisdom we have lost in knowledge?
Where is the knowledge we have lost in information?

¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información? (versión de Jorge Luis Borges)

Y en ¿Qué es un Clásico? escribe: En esta época nuestra en la que los hombres son más propensos que nunca a confundir la sabiduría con el conocimiento y el conocimiento con la información.

Cada vez soy más ferviente admirador de T.S. Eliot. A lo mejor por las mismas razones que nos da Octavio Paz en su discurso de aceptación del premio T.S. Eliot: el imán que me atrajo fue la excelencia del poema, el rigor de su construcción, la hondura de la visión, la variedad de sus partes y la admirable unidad del conjunto.

T.S. Eliot era un verdadero sabio, además de un maravilloso poeta, un poeta sabio. Porque debo confesar, atrevida confesión, que a mí, que sólo sé que no sé nada, lo que me gustaría es llegar a ser un arquitecto sabio, como lo fueron mis maestros. Y de la misma manera que al hablar de la Belleza, les digo a mis alumnos que ellos, como arquitectos, también pueden alcanzar la Belleza que no está reservada a unos seres especiales, ahora también les digo que pueden llegar a ser sabios. Que pueden alcanzar la Sabiduría. Intentaré explicarme.

Tener toda la información está muy bien, porque si después la filtramos y la ordenamos con criterio, podemos llegar al conocimiento. Es una persona con grandes conocimientos, decimos a veces de alguien. Pero esto no basta. Porque, después, si no se es capaz de procesar esos conocimientos, no sirven para nada. Pero si los “cocinamos”, si los elaboramos con un fin preciso, es cuando se activan, cuando se vuelven verdaderamente útiles. Que es lo que hacen los sabios.

Estoy convencido de que, igual que la Belleza, la Sabiduría no está reservada sólo a unos pocos. Todos los sabios que he conocido coinciden en ser, en lo personal, normales, sencillos, próximos, en una palabra, humildes.

 

INFORMACIÓN

Hoy día tenemos más fuentes de información que nunca, a través de los medios informáticos. Nunca he sabido dónde están metidos esos miles de personas que producen y ordenan y ponen a nuestra disposición esa cantidad tal de información. GOOGLE y sus congéneres son admirables. Disponen y nos hacen disponer de una información exhaustiva y ordenada que hace que algunos piensen que ya no son imprescindibles las Bibliotecas. Aunque esto nunca pueda ni deba ser así. Pero si la Biblioteca de Alejandría ardiera, bastaría que alguien hubiera tenido la precaución y la paciencia de almacenar toda esa información en eso que llamamos un CPU y que ocupa tan poco espacio físico, para que el desastre tuviera remedio.

Recuerdo mi último año sabático en Columbia University en Nueva York. Todos los días pasaba un tiempo largo, estudiando, en su estupenda Avery Library, que es donde tiene su sede la Escuela de Arquitectura. Yo era el único que tenía libros sobre mi mesa y que escribía a mano, llenando mis libretas con presura. El resto, en un silencio sepulcral, estaban sumidos en sus ordenadores, aislados con sus auriculares, e iluminados por la luz divina de sus pantallas. Jamás vi a nadie levantarse a consultar ningún libro, ni escribiendo nada a mano.

Y toda esa información abrumadora está ahora a disposición de los millones de usuarios, de personas que la mayoría de las veces pierden el tiempo con tonterías en sus iPad, iPhone e iPod.

Porque la información no deja de ser sencillamente información. Si no se procesa, permanece como un material inerte. Quizás sirve para hacer de alguien un erudito. En la escala del saber, conocer y entender, se quedan en los primeros escalones.

 

CONOCIMIENTO

Pero si la información se procesa, se ordena, se elabora, se accede al estadio siguiente que es el conocimiento.

Siempre que escribo algún texto, lo primero que hago es escribir el guion. Claro que antes, he de encontrar una buena excusa para acometer ese tema. En este caso, la lectura del maravilloso texto de T.S. Eliot ¿Qué es un clásico? que casualmente, me regalaron dos veces en una misma semana, en una preciosa edición pequeñita de la Universidad Nacional Autónoma de México de 2013.

Cuando, teniendo una gran cantidad de información, y tras guardarla en nuestra memoria, se estudia y se empieza a ponerla en relación, se acaba teniendo un cierto conocimiento sobre el tema de que se trata. Lo que siempre hemos entendido como estudiar un tema.

Y así, entiendo que una Escuela, en mi caso una Escuela de Arquitectura, es un instrumento no sólo de transmisión de la información sino también de su elaboración. Es un instrumento para la creación de conocimientos, y para su transmisión. Como el café en grano, que necesita ser seleccionado, tostado, molido, y filtrado con agua caliente hasta obtener el delicioso brebaje. Y, quizás, tras la ingestión de ese café estupendo, las neuronas se despierten y hasta hagan llegar a la sabiduría.

Llevo varios años estudiando las Meditaciones de Marco Aurelio, el texto que nuestro estoico emperador escribió en griego. Tengo ya 44 ediciones distintas en varias lenguas, y huelga decirles el enorme disfrute que me produce cada vez que entro allí. Pero les aseguro que todavía “no sé nada” sobre tan sorprendente personaje, ni sobre su obra, aunque ya me haya atrevido a publicar algún texto sobre él y sobre las numerosas ediciones de ese texto maravilloso.

Recuerdo que de niño, siempre veía a mi padre estudiando. Y yo me preguntaba: con lo que sabe ¿por qué sigue estudiando? Mi padre era cirujano y fue un tiempo auxiliar del Catedrático de Anatomía de la Facultad de Medicina de Valladolid. Su expediente era brillantísimo. Y él era un verdadero sabio que nos dio ejemplo toda su vida, sin dejar nunca de estudiar. Lo que yo, ahora, procuro no dejar de hacer.

El conocimiento es la ciencia, un saber que, a partir de muchos datos, y combinando inducción y deducción, no me dice lo que es, sino lo que puedo hacer. La ciencia me dice lo que puedo hacer, pero no lo que debo hacer. Así se expresa Emilio Lamo de Espinosa en un claro artículo, también apoyado en T.S.Eliot, sobre información, ciencia y sabiduría. Del sentido último de nuestra existencia se encarga la sabiduría. Sin sabiduría, la ciencia no pasa de ser un archivo de instrumentos. Y termina con un Vivimos anegados de información, con sólidos conocimientos científicos, pero ayunos casi por completo de sabiduría.

 

SABIDURÍA

Siguiendo a T.S. Eliot, tras la información y el conocimiento, viene la sabiduría. Pero, ¿qué es realmente ser sabio? ¿Saberlo todo de todo? ¿Saberlo todo de algo? Porque tras conocer una gran cantidad de cosas de alguna materia, podríamos dar un paso más, deberíamos llegar a algo más.

Quizá sería algo parecido al diagnóstico de un médico. Tras tener toda la información del enfermo, y filtrada por los conocimientos del doctor, todo debería desembocar en un diagnóstico preciso, capaz de solucionar el problema.

En el Libro delos Reyes, se nos cuenta cómo el joven rey Salomón le pide a Dios un oído atento, y cómo Dios le concede el don de la Sabiduría. Ahora, Señor mi Dios, me has hecho rey en lugar de mi padre David. No soy más que un muchacho, y apenas sé cómo comportarme. Yo te ruego que le des a tu siervo discernimiento para gobernar a tu pueblo y para distinguir entre el bien y el mal.

Al Señor le agradó que Salomón hubiera hecho esa petición, de modo que le dijo: Como has pedido esto, y no larga vida ni riquezas para ti, ni has pedido la muerte de tus enemigos, sino discernimiento para administrar justicia, voy a concederte lo que has pedido. Te daré un corazón sabio y prudente, como nadie antes de ti lo ha tenido ni lo tendrá después.

Por eso, cuando hablamos de sabiduría, no podemos dejar de citar al rey Salomón, al sabio Salomón. La sabiduría como capacidad de discernimiento.

 

DE LA SABIDURÍA DE LA ARQUITECTURA

Claro que algunos de ustedes dirán: ¿qué hace un arquitecto escribiendo sobre la sabiduría? ¿Por qué? ¿Para qué? Lo hago porque, entre otras muchas razones, creo que para hacer la mejor arquitectura posible, hace falta ser sabio. El que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe, decía Marañón. Pues, el que sólo sabe de arquitectura, ni de arquitectura sabe, digo yo.

Recuerdo bien a mis maestros, a los arquitectos que fueron mis profesores en la Escuela de Arquitectura de Madrid, que eran verdaderamente sabios. Que bien sabían discernir acerca de la arquitectura. Unían a su condición de profesores la de ser unos arquitectos extraordinarios. Eran unos verdaderos maestros. Sus críticas de Proyectos eran clases donde hablaban de todo. De su repleto pozo de sabiduría emergía la Filosofía o la Historia o la Música o la Poesía, de la manera más natural. Aquello era algo más que información y mucho más que sólo conocimiento. Aquello era sabiduría.

Y es que aquellos maestros eran sabios. Francisco Javier Sáenz de Oíza en sus clases apocalípticas, Alejandro de la Sota en sus clases calladas, Javier Carvajal en sus clases precisas, Julio Cano Lasso en sus clases preciosas y Miguel Fisac en sus clases sin clases. Todos ellos eran verdaderos sabios. Todos ellos tenían capacidad de discernimiento sobre la arquitectura, y sobre la vida. De cada uno de ellos, empleando esa expresión tan española, se podía decir que era un pozo de sabiduría. Ya me gustaría a mí parecerme a ellos.

También lo eran aquellos catedráticos egregios de cuya mano pasé un curso Selectivo en la Facultad de Ciencias de Madrid en los años 60, que nunca olvidaré. Enrique Gutérrez Ríos, Salustio Alvarado o José Javier Etayo Miqueo, eran verdaderos sabios en aquellos temas tan complejos de la Química, la Biología o las Matemáticas. Tan sabios eran, que no sólo habían asumido el conocimiento de aquellas materias, sino que además nos las transmitían con una claridad meridiana, con un convencimiento convincente.

He publicado hace poco un texto sobre el Proyectar es Investigar: un proyecto de arquitectura es un trabajo de investigación. Porque creo firmemente que es así. Querría que aquel escrito, como éste, fueran como cargas de profundidad. En aquél describo cómo hace ya más de 30 años, me atreví a presentar en mis oposiciones a Cátedra un proyecto mío en construcción, la Biblioteca de Orihuela, como trabajo de investigación. Y todos los miembros de aquel generoso tribunal, con Oíza y Carvajal a la cabeza, lo entendieron perfectamente y lo aceptaron como tal trabajo de investigación.

 

DE LA HISTORIA DE LA ARQUITECTURA

¿Cómo no entender que la Historia de la Arquitectura, con mayúsculas, está llena de arquitectos que fueron sabios?

Ictinos y Calícrates (s. V a C), los arquitectos griegos del Partenón de Atenas eran verdaderos sabios. El Partenón, y antes la creación de la Acrópolis fueron algo fuera del tiempo, de ayer, de hoy y de mañana. No en vano, tanto Le Corbusier como Mies van der Rohe se fotografiaron delante de aquellas ruinas, como testimonio de su intemporalidad, y como reconocimiento de las raíces de su arquitectura, que es la nuestra. Como lo es ahora Tasos Tanoulas (1947), el sabio arquitecto que actualmente restaura los Propileos.

Y, ¿no fue Apolodoro de Damasco (50-130), el arquitecto del Panteón de Roma, un verdadero sabio? Sin duda. La operación estructural y constructiva de esa maravilla obra no puede ser más que el resultado de una cabeza de arquitecto privilegiada. Cada vez que vuelvo a estudiar y a analizar el Panteón romano sigo aprendiendo.

Y de Marco Vitrubio Polion (80 aC-15 aC) con su De Architectura, ¿qué podríamos decir? ¿Cuántas veces no habremos utilizado, de palabra y de hecho, su Utilitas, Firmitas y Venustas?

Andrea Palladio (1508-1580) era tan sabio, que además de hacer una arquitectura de primera, y escribir los Cuatro Libros de la Arquitectura, ha seguido influyendo sobre los arquitectos hasta nuestros días. Y así, Mc Kim, Mead y White (1869) levantan de su mano los más representativos edificios de Columbia University en New York.

Cuando Miguel Angel ofició de arquitecto en el Campidoglio, mostró cuán sabio era, haciendo visible el mundo, haciéndolo emerger en aquel espacio nunca igualado. Y para colmo, colocó allí, en el centro del mundo, a nuestro Marco Aurelio a caballo, para hacer más visible aquella operación espacial.

Y la sabiduría de Sir John Soane (1753-1837) era tanta, que para llevar la contraria al arquitecto del Panteón, para proponer su ligereza frente a la pesantez de la cúpula romana, hace que la luz de sus cúpulas suspendidas resbale por los bordes, haciendo que floten. Si esto no es sabiduría, venga Dios y lo vea.

Y Le Corbusier (1887-1965) y Mies van der Rohe (1886-1969) ¿qué podríamos decir de los dos viejos sabios? Ambos, los dos, se fotografían orgullosos en la Acrópolis delante del Partenón. Como queriendo dar testimonio de que ellos, los más modernos, tienen sus pies, sus raíces, puestas en la Historia, y así, revolucionar el mundo y construir la Historia nueva.

Y hasta Jorn Utzon (1918-2008), que como un viejo druida, se retiró con su sabiduría a su casa de Mallorca. Todavía suenan los ecos no sólo de su ópera de Sidney, o de Can Lis, sino también de su Platforms and Plateaus, un texto clave suyo publicado en 1962 que tanto ha influido en tantos arquitectos.

 

FINALE

Para hacer las cosas de la mejor manera posible en la vida, en todos los campos, también en la arquitectura, deberíamos intentar acercarnos a la sabiduría, procurar ser sabios. No sólo tener toda la información, no sólo elaborarla y adquirir el conocimiento, sino sobre todo, luego, siempre, estudiar y discernir para, llegando a la alcanzable sabiduría, hacerlo como el mejor, o mejor que el mejor.

Y si hemos comenzado de la mano de T.S. Eliot, también vamos a hacerlo ahora. Porque en definitiva, ese ser sabios no es más que conseguir conjugar el tiempo, presente, pasado y futuro. Lo que nuestro poeta nos propone en Burt Norton, el primero de sus Four Quartets:

Time present and time past / are both perhaps present in time future / and time future contained in time past. / If all time is eternally present / all time is unredeemable.

Si te resultó interesante este post, a buen seguro que te gustará leer el artículo que previamente publicó Alberto Campo Baeza en el presente blog.

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El texto publicado se leyó inicialmente en la inauguración del Curso Académico de la ETSA de Madrid.

Autor:
Alberto Campo Baeza
Académico numerario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando Nació en Valladolid y vio la luz en Cádiz. Sus obras van desde casas pequeñas como la Casa Turégano, la Casa Gaspar o la Casa de Blas hasta obras grandes como Caja Granada o el Consejo Consultivo de Zamora. Su trabajo ha sido expuesto en el Crown Hall de Chicago, en la Basílica de Palladio, en el Tempietto de S. Pietro in Montorio, en el MAXXI en Roma o en la American Academy of Arts and Letters en Nueva York. Es Catedrático de Proyectos en Madrid desde 1986 y ha sido profesor en la ETH de Zurich, la EPFL de Laussanne, Penn University en Philadelphia, en la CUA de Washington y en muchas otras universidades del mundo.

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