El mapa no es el territorio …pero hacer mapas puede transformarlo

Oveja con una cámara y GPS mapeando las Islas Feroe.

Este verano, desde las Islas Feroe, surgió una curiosa iniciativa que consistía en poner una cámara y un GPS a las numerosas ovejas que las habitan para posteriormente georreferenciar las imágenes de los lugares por donde pastan. Según los promotores de la iniciativa bautizada como sheep view 360, era una reivindicación que hacían a Google para poder ser incluidos en su Street View y una forma de suplir esta carencia mediante la creación de recorridos en 360º de forma innovadora, low-tech y low-cost, a la vez que ofrecían imágenes de lugares que serían difícilmente accesible con medios tradicionales.

Esta sorprendente iniciativa en realidad se trataba de una campaña publicitaria orientada a poner en valor sus parajes y atraer turistas durante las vacaciones, pero, en cualquier caso, evidencia muy bien dos ideas o reflexiones que quiero tratar. La primera es que lo que no se nombra, no existe. O para lo que nos ocupa: lo que no sale en los mapas no existe. Los mapas están cada vez más presentes en nuestras vidas[1] y, por tanto, que algo no aparezca en un mapa puede ser sinónimo de que mucha gente no conozca su existencia y, por ello, no se “utilice”. Esto es algo que saben bien las empresas y de ahí que hayan proliferado los servicios y aplicaciones para ubicar todo tipo de información: ¡y es que tan importante como estar en un mapa es cómo se realiza ese mapa y quién lo hace!

La manera en que se recopila y muestra la información es la segunda idea que quería destacar. No podemos olvidar que, a fin de cuentas cualquier mapa es una abstracción de la realidad y, consecuentemente, la forma en que está hecho, la información que se muestra y la que no, dónde se ponen el norte o el centro… están contando de forma subjetiva una historia sobre ella[2], lo cual significa que, por tanto, hacer un mapa es un acto político.

 

“Conflictos entre mapas y realidad” 

 

Sin embargo, pese a que hoy es relativamente sencillo crear nuestros propios mapas, y a que hay estamentos oficiales que se dedican a ello[3], la mayoría de los que utilizamos los realizan empresas que buscan un retorno económico y, por este motivo, solo se mapean aquellos aspectos que proporcionan ingresos o tienen una mayor base de clientes potenciales. Sin embargo, la realidad es muchísimo más rica y desde luego hay vida más allá de los mapas de Google. Gracias a los avances tecnológicos, al abaratamiento de la tecnología y las licencias libres, es posible mapear casi cualquier aspecto que se nos ocurra. Tanto es así que los Mapas voluntarios y colaborativos[4] suponen una revolución en el terreno de la información geográfica similar a la producida por la Wikipedia o el software libre en otras áreas. Dichos mapas no buscan el lucro sino ser de utilidad a sus usuarios, sin importar cuan numerosos sean, puesto que son ellos mismos quienes los crean. Existen numerosos ejemplos, como Cadáveres Inmobiliarios, una base de datos colaborativa de la España post-burbuja, o el proyecto Zaragoza Accesible para mapear aspectos relativos a la movilidad dentro de la ciudad pero desde el punto de vista de la discapacidad, por citar tan solo dos con una componente eminentemente urbana. Pero, sin duda, el ejemplo paradigmático es OpenStreetMap (OSM), el mapa colaborativo más importante del mundo, no tan solo en extensión, sino también en información y usuarios. Cualquiera puede editarlo añadiendo casi todo tipo de información espacial que se le ocurra e incluso generar proyectos derivados (como el mencionado de Zaragoza Accesible, o el proyecto humanitario “Missing Maps” cuyos voluntarios mapean zonas arrasadas por catástrofes naturales).

Hay vida más allá de Google: Comparación de OSM (izquierda) y Google Maps. OSM muestra, en esta zona de Barcelona, datos más actualizados y detallados, como la superilla inaugurada hace apenas unas semanas. (Fecha de la captura 7/09/2016)

Más allá de la componente tecnológica existe también una componente social: los mapas voluntarios y colaborativos tienen un segundo efecto positivo, ya que a menudo sirven para unir a personas de perfiles muy variados que comparten el hecho de tener un gran conocimiento local y específico sobre una temática concreta, lo cual crea comunidades locales muy vinculadas con el terreno. Así pues, aunque el mapa no sea el territorio, hacer mapas puede transformarlo, ya sea de forma física como socialmente. Y los mapas voluntarios y colaborativos tienen mucho que decir al respecto.

Imagen de portada: Oveja con una cámara y GPS mapeando las Islas Feroe.


[1]cada día usamos más aplicaciones y servicios para aspectos tan cotidianos como elegir donde cenamos, conocer nuevos lugares, seleccionar las rutas más cortas…

[2]Si te interesa el tema puedes leer este post en el que desarrollan estos aspectos de forma muy didáctica.

[3]En España estarían el Instituto Geográfico Nacional (SIGNA, Atlas Nacional, IDEE, …), Instituto Geológico Minero, Ministerios (Agricultura, Hacienda -Catastro- …), Comunidades Autónomas, Confederaciones Hidrográficas…

[4]En inglés Volunteered Geographic Information (VGI): https://en.wikipedia.org/wiki/Volunteered_geographic_information

 

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Autor:
Carlos Cámara
Arquitecto. Investigador. Profesor. Estudiante. Interesado por todo lo relacionado con la cultura libre y por las comodificaciones entre ciudad, tecnología y sociedad. PDI en la Escuela de Arquitectura y Tecnología de la Universidad San Jorge y doctorando en el IN3 de la UOC con una tesis sobre comunes urbanos y nuevos modelos de ciudad. http://carloscamara.es

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