A vueltas con el dibujo

Seguimos tirando del hilo de lo planteado inicialmente en el artículo “dibujar un proyecto”.

Básicamente y resumiendo mucho, el dibujo en arquitectura tiene una finalidad muy concreta: ilustrar un proyecto, describirlo e indicar cómo está pensado que se ejecute. Por eso, como en un fractal, al dibujo arquitectónico le sucede lo mismo que la propia arquitectura: Tiene una finalidad concreta que debe satisfacer, y si no lo hace, es fallido.

Y en todo esto, además, puede ser bello.

Pero no tiene por qué aspirar a serlo. Basta (y no es poco) con que cumpla su función.

Suele repetirse una frase atribuida a Le Corbusier en la que afirma que el dibujo miente menos que la palabra y que, además, es más rápido. Pues aunque parezca osado contradecirle, creo que se equivocaba. Mucho.

Dibujar no es más rápido que hablar, al menos en mi caso, nunca. Y se puede mentir tanto con un dibujo como con la boca. Si no más. De lo contrario, que me expliquen algunos horrenders ya famosos, o las conocidas rectas astutas, teoremas del punto gordo, y demás corolarios que se basan en la imprecisión para justificar lo que, si eso, ya algún día en la obra se resolverá. O no. Y que nos quiten lo renderizado.

E insisto en que lo que hoy es un render de relumbrón, hace años era una vista dibujada a mano en la que los árboles tapaban justo lo que no queríamos mostrar, o en la que una bruma futurística fabulaba un espacio maquínico cuya realidad supercontaminada en poco podría recordar a la imagen bucólica inicial.

Dibujar y hablar son, sencillamente, dos lenguajes diferentes. Complementarios, claro, pero distintos. Cada uno exige un esfuerzo diferente del interlocutor; cada uno tiene unos tiempos y unos tempos. Y juntos, el dibujo bien explicado, son una herramienta que multiplica exponencialmente las posibilidades de ambos.

El dibujo arquitectónico, tanto el narrativo -planos, vistas, detalles, etc. Dibujos que cuentan y describen cómo es (será) el edificio- como el discursivo -imágenes, dibujos, esquemas, diagramas, que nos hablan de relaciones, de conceptos, de ideas tras lo proyectado, de elementos no estrictamente constructivos- tiene unos códigos que tanto el dibujante como el receptor deben conocer para que la comunicación tenga éxito. Porque al fin y al cabo, se trata de comunicar.

Lo que se ponía en cuestión en el artículo anterior es si no ha llegado la hora, gracias al uso extendido y masivo de aplicaciones y dispositivos digitales, de renovar los códigos en aras de una comunicación más efectiva. La hora de superar limitaciones de los medios de expresión pasados (asimilar los grosores de línea con plumillas resulta irrisorio), y buscar un nuevo sistema de códigos que aproveche al 100% las capacidades de los medios ya disponibles para además plantear nuevas necesidades. En este sentido, sigo pensando que la arquitectura no se suma al carro de la tecnología como debiera.

Y nótese que cuando pienso en la comunicación de la arquitectura no hablo sólo de la publicidad de cara al exterior de la profesión, sino de la propia comunicación interna entre profesionales, entre oficios y durante el proceso constructivo. Creo que hay un campo muy amplio de evolución y desarrollo de nuevas formas de trabajar con medios que ya llevan entre nosotros varios años.

Por:
Pinto, ilustro, escribo, hago diseño gráfico y soy arquitecto. www.danielmoyano.net

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