Jorge Toledo

Co-nstruir nuestras propias herramientas

En artículos anteriores explicaba el valor que puede tener hacer nuestras propias herramientas, y por qué esas herramientas deberían ser libres para ser adoptadas y modificadas por otros. Y sigo pensando que, sólo con usarlas nosotros mismos, ya nos compensa parcialmente el esfuerzo invertido en su desarrollo. Si no fuera así, ¿de dónde salen los tres años de trabajo que han invertido unos pocos colegas en el Ecómetro, una herramienta que le “da caña” a otras alternativas comerciales? ¿De dónde sale el módulo BIM de Freecad, sino de arquitectos que querían usarlo (y lo usan) para su propio trabajo? ¿De dónde sale la herramienta paramétrica que una empresa de muebles de cocina ha desarrollado sobre Blender? Y bueno, ¿de dónde salió Blender?

Sin embargo, esas historias dejan una pregunta importante en el aire: ¿Cómo pueden esas herramientas (y otras mucho más pequeñas o específicas) trascender un uso puntual o privado, alcanzar un mayor nivel de calidad y servir a otras personas?

Mi hipótesis: a base de unir esfuerzos y compartir resultados.

Por un lado, podemos darles visibilidad y hacerlas “encontrables”, aumentando su alcance. Podemos crear plataformas donde recopilar, desarrollar y compartir soluciones entre compañeros de profesión. Si esto suena muy utópico y abstracto, echad un vistazo a Thingiverse, donde se pueden compartir diseños para impresión 3D, buscar otros en una enorme base de datos y crear diseños derivados de los existentes. Ved también OpenProcessing, donde se comparte el código de miles de sketches de Processing, o esta otra plataforma donde se comparten archivos de Grasshopper y Dynamo. También las recopilaciones de extensiones creadas por miles de personas para Blender, desde las más extensas y variadas, hasta las más modestas y especializadas (atención) en arquitectura.

Por otro lado, podemos agregar esfuerzos y recursos para su desarrollo. Además de lo que podemos aprender de la tradición de colaboración en torno al software libre, el crowdfunding también nos ha demostrado el potencial que tiene combinar muchas pequeñas aportaciones económicas. Haciendo números muy gordos, si de los cerca de 50.000 arquitectos colegiados en España un 10% decidiera aportar a un fondo común un 10% de las licencias de software que (no) pagan, se podrían juntar entre 2 y 6 millones de euros al año. En el mundo del software libre esas cifras pueden mover montañas. Y si lo extendiésemos a otras partes del mundo, podríamos multiplicar el número de interesados y, por tanto, el potencial de desarrollo. Eso significa que en un solo día podríamos financiar el desarrollo de una herramienta como el Ecómetro, y en muy poco tiempo más podríamos tener varias herramientas especializadas, potentes, cercanas y adaptables de las que todos, sin barreras económicas o legales, podríamos beneficiarnos. Con un 10% de un 10%.

La clave estaría en empezar a compartir nuestras pequeñas y grandes herramientas (y podríamos estar hablando de software, pero también de hardware, o de sistemas y metodologías), y a apoyar entre todos el desarrollo de las más valiosas. ¿Por qué no creamos plataformas para compartir nuestras propias soluciones? ¿Por qué no tomamos desarrollos existentes y ayudamos a mejorarlos? ¿Por qué no empezamos pensando en la próxima “pequeña” herramienta a desarrollar? ¿Nos ponemos a pensar en cómo hacerlo?


Imagen principal: Visualización de red. Martin Grandjean en Wikimedia Commons.

Autor:
Jorge Toledo García es Arquitecto, actualmente trabajando en Ecosistema Urbano, donde lleva principalmente temas de comunicación así como la investigación y desarrollo de herramientas aplicadas a lo social. Interesado en las aplicaciones de la innovación abierta y la cultura libre a las formas de trabajo, al entorno urbano y a la arquitectura.

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