Julia Ayuso

OMOTENASHI (おもてなし), O MOTUS ARCHITECTURE.

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Omotenashi se refiere al espíritu de la amabilidad y hospitalidad japonesa. Consiste en aquellos detalles, tal vez insignificantes, que convierten las interacciones entre las personas en algo placentero; es dar de manera desinteresada algo de uno mismo para el bien de otra persona; es hacer, o al menos intentar, que la otra persona se sienta a gusto.

Una de las cosas que me sorprendió a mi llegada a Japón es que aquellas veces en las que me he encontrado perdida y he preguntado a alguien por una dirección, o por el paradero de la estación más cercana, no es raro que esa persona me lleve hasta el mismo sitio, aunque sea en sentido contrario al que se dirigía. Omotenashi se traduce como hospitalidad, pero esta definición simplificada creo que se queda a millones de años luz de lo que significa en realidad, y es algo que va de la mano con la cultura de Japón.

Para mí omotenashi es belleza. En el sentido más profundo de la palabra, no sólo una belleza palpable, que inunda los sentidos. Es la belleza del amor por las cosas bien hechas. Creo que por esto a los arquitectos occidentales nos gusta tanto la arquitectura japonesa, y a la vez nos cuesta tanto entenderla.

La casa de la familia Nohara, una construccion tradicional japonesa del siglo XVIII, del estilo Gasshō no ha dejado de reconstruirse para conservar su esencia, basada en belleza y funcionalidad. Tiene tres dormitorios y una zona que se usa como establo (Maya). Más allá del establo se encuentra Niwa, que corresponde al espacio de cocina, sobre un suelo de tierra compactada (Doma). Un amplisimo Ue (zona de estar) ocupa el fondo de la casa, y allí tuve oportunidad de sentarme alrededor del Irori, un hogar oculto en el interior del suelo elevado cubierto de tatami. El Irori se usa para calentar el interior de la casa y cocinar. Desde el momento que crucé Geya, el espacio perimetral de la casa donde habitan los espíritus, empecé a entender la verdadera dimensión del omotenashi, también en su arquitectura, que filtra la luz, el aire y el sonido desde el jardín exterior hasta el espacio interior, de una manera tan bella y delicada que sobrecoge.

Estos días me acuerdo mucho de mi paso por el estudio de arquitectura de Alberto Campo Baeza. El día que recibí la llamada de la Fundación Arquia para decirme que estaba entre los ganadores del concurso Arquia Becas sentí una enorme alegría. Entre todos esos maravillosos arquitectos, iba a poder aprender del que cuya arquitectura me animó a perseverar en mis estudios de arquitectura, entre todos los Maestros elegí el que, además de firmitas, utilitas y venustas, su arquitectura es MOTUS. El Maestro de la escala y la luz. Quiza para dibujar tan bien la luz hace falta tambien tener algunas sombras. El amor por el trabajo bien hecho. La emoción que sentí al verme envuelta en la atmósfera de su obra para el Consejo Consultivo de Zamora, por aquel entonces en construcción, hoy viene a mi mente. La arquitectura hecha a fuego lento. Un pequeño rincón de omotenashi en Madrid.

Autora:
(Elche, 1983) Como resultado de mi trabajo de investigación, hago labores de diseño y consultoría de espacios de trabajo centrados en las personas, que contribuyen a la mejora de su salud, bienestar y productividad. Soy Doctora Arquitecta y Project Manager especialista en cuantificar el beneficio económico que supone para las empresas la implementación de estrategias de diseño centrado en las personas, y actualmente dirijo People Lab en CBRE. No siempre quise ser arquitecta. Cuando era una niña pensaba que tal vez sería exploradora, o científica, o inventora. He viajado por todo el mundo para ver, tocar y sentir la arquitectura que me emociona. He vivido varios años en Japón, y lo que más me gusta de este país es su amor por lo bello y lo sutil (y el matcha).

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