Armarse para la Batalla

La gran ola de Kanagawa-Katsushika Hokusai, Metropolitan Museum of Art, Nueva York.-arquia-fundacion 500

Por Iñigo García de Vaumm arquitectos.

Cuenta Eduardo Chillida que cuando preparaba su obra en homenaje a Katsushika Hokusai, descubrió una enseñanza que golpeaba profundamente la esencia misma de la educación occidental. “Para dar en la diana, el arquero debe desprenderse del deseo de acertar”, una afirmación que apareja el ansia del deseo, con una especie de ceguera que nubla el objetivo final, es el deseo el que desvía la flecha de su objetivo.

 

Como herederos de un sistema educativo que siempre nos ha inculcado que para lograr algo, hay que desearlo sobre todas las cosas, la reflexión sobre la organización del trabajo o del propio estudio de arquitectura ha sido muy escasa. En general, los anhelos de la disciplina han estado centrados en realizar arquitectura, olvidando en gran medida que el cuándo y el cómo, afectan, sin lugar a dudas, a la salud de los profesionales, pero también al producto final.

 

Pocos hemos reflexionado a priori, sobre las estructuras que posibilitan la realización de la arquitectura, y, en la mayoría de los casos, hemos adoptado, sin mucha crítica, estructuras de trabajo, formalizadas para un periodo que se regía por otras leyes. El panorama profesional parecía polarizarse, mientras en un extremo se situaban las inmensas oficinas piramidales, con cientos de profesionales ocultos bajo una marca unipersonal; en el otro, se agolpaba el 98% de la profesión. Y digo parecía polarizarse, porque en el fondo ambas estructuras de trabajo, eran idénticas, con la única diferencia de la dimensión. Una oficina de 4 arquitectos, se organizaba de manera similar a una de 125; algo, sin duda, inexplicable en cualquier otro sector. Resulta aún más llamativo si tenemos en cuenta que ambas estructuras intentaban responder a los mismos objetivos, ambos se ocupaban de resolver un teatro, unas viviendas, una plaza o una escuela. Un esquema organizativo basado en el deseo de “hacer”, mandaba sobre grandes y pequeños, dominados por una única regla, a trabajo más grande, más músculo, en definitiva, más manos.

 

Allí surgieron los llamados colectivos, que algunos quisieron explicar como fogosidades juveniles que compensaban su inexperiencia con entusiasmo, negando, así, que esas organizaciones suponían un cambio cultural  radical en la forma de organizar la profesión. Allí surgieron las oficinas que aprovechando el uso de la red formaban asociaciones múltiples para dar respuesta a proyectos más amplios o complejos. En definitiva, allí, tal vez en algunos casos por una decisión consciente, pero, en general, por el empuje de las transformaciones económicas y culturales que vivíamos, aparecieron nuevos modos de enfrentarse al desarrollo de la profesión.

 

Meditar sobre el alcance y tipo de trabajo que se va a desarrollar, estudiar las virtudes de las personas que forman el equipo, organizarlas para que puedan aportar lo mejor de sus capacidades, son tareas que son obvias, evidentes en otros sectores, y que la arquitectura parece haber olvidado en su enseñanza y en su implantación social como disciplina profesional. Son tareas previas, que, además de afectar a los arquitectos, afectarán a la propia arquitectura y a sus derivas ya que hoy más que nunca es un trabajo necesariamente colectivo y coral, que difícilmente puede gestionarse adecuadamente sin una buena organización.

 

Hoy más que nunca, como el arquero de Hokusai, es necesario desprenderse del deseo embriagador de la arquitectura y pararse unos segundos. Únicamente con una cierta reflexión sobre cómo afrontar la batalla se podrá dar en la diana.

 

Foto de portada (desde wikipedia): La gran ola de Kanagawa (1830 – 1833),grabado de Katsushika Hokusai, Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

 

 

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