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manuel saga

Los doctorados no producen tesis, producen doctores

El autor, minutos antes de defender su tesis doctoral un caluroso día de julio, atacado de los nervios.

¿Cómo va esa tesis?

¿Para cuándo la defensa?

A menudo, las conversaciones mejor intencionadas sobre los estudios doctorales se limitan a preguntar por la tesis. A nadie le debería sorprender. Al fin y al cabo, vivimos rodeados de enfoques reduccionistas que confunden el proyecto con el edificio, la investigación con el hallazgo, la cura con el medicamento o el sexo con el orgasmo. Por supuesto que el acto de defensa de la tesis tiene mucho de placentero, incluso de sudoroso si se celebra en verano, mas no se esperan sorpresas. Las discusiones intensas y los momentos de crisis ya ocurrieron durante los meses precedentes. Salvo contadas excepciones, la defensa siempre termina en palabras celebratorias del tribunal. Tras ellas, el doctor o doctora recién investido se hará la foto protocolaria con sus directores/as, su familia y, por supuesto, con su tesis. Pero no nos confundamos: el tocho no es lo importante.

Ser investigador predoctoral y escribir la tesis son dos cosas distintas. La etapa predoctoral dura unos cuatro años en Europa y América Latina, algunos más en el mundo anglosajón. Escribir la tesis conlleva en cambio un periodo de ejecución planificada, cuanto más preciso y acotado mejor. Breve. En Europa estamos acostumbrados a tesis doctorales extensísimas de al menos un par de cientos de miles de palabras que se arrastran durante años. No tengo pruebas ni dudas de que este hecho se da con particular fuerza entre arquitectos y arquitectas españoles, presionados por el legado de generaciones de profesores que hacían sus tesis (si las hacían) en momentos muy avanzados de sus carreras, como una obra magna extensísima recopilatoria de todo su saber. Tratando de emularles, hoy enseñamos fotos de nuestros borradores como si por cada página de más nos saliera un pelo nuevo en el pecho. Mea culpa. Sin embargo, la dinámica internacional va en sentido contrario. En sitios como Harvard donde el doctorado suele durar entre cinco y seis años, las tesis están limitadas a 300 páginas. Unas 70.000 palabras escritas a doble espacio, contando con que no se incluyan imágenes. El esfuerzo está pues en la precisión, la concreción del lenguaje y lo certero del disparo. La tesis se escribe, sí, pero sobre todo se prepara.

Esta y otras medidas liberan tiempo para la formación y el trabajo de los candidatos durante el doctorado, dando inicio al recorrido profesional dentro de la academia. Aquí está el quid de la cuestión. El ‘viaje’ del doctorado incluye actividades de integración en la comunidad académica tales como la coordinación de actividades de investigación, el apoyo a labores docentes, la divulgación y comunicación de la ciencia, y la captación de fondos nacionales e internacionales. El doctorado es, por tanto, un trabajo. Supervisado y con ciertas redes de seguridad, sí, pero un trabajo riguroso y muy exigente: el primer eslabón del ordenamiento académico. Comienza mucho antes de convertirse en estudiante de tal o cual universidad y, si se acomete con seriedad, incluye el planeamiento cuidadoso de la futura carrera académica, la elección del subcampo de investigación elegido por el candidato, la búsqueda de mentores adecuados y, de nuevo, la financiación. El vil metal. Sin una beca de doctorado o sin una posición académica que apoye la investigación, el doctorado se convierte en una escalada complejísima sin puesto de llegada seguro. Por eso, antes de pensar siquiera en escribir la tesis, es aconsejable considerar por qué y para qué hacer un doctorado.

Si se tienen claros esos puntos, la tesis ya llegará, más extensa o más breve, más técnica o más ensayística. Llegará, será dirigida, evaluada, revisada, discutida, modificada, defendida, celebrada y guardada en un cajón. Las tesis no se escriben para ser publicadas, los libros que se escriben a partir de las tesis sí. La tesis no es la obra de una vida: es apenas un escalón en un proceso más amplio. Tres escalones de un salto si se prefiere, pero escalones a pesar de todo. Aquí las importantes son las personas que saltan, aquellas que continuarán el recorrido aprovechando las raíces y conexiones cultivadas durante los años previos. Así es: el resultado del doctorado no son las tesis, son los doctores.

Autor:
(Granada, 1986). Research Fellow en Dumbarton Oaks, Trustees for Harvard University (Washington DC). Doctor en Historia de la Arquitectura (Politecnico di Torino) y Doctor en Historia del Arte (UGR). Arquitecto egresado de la ETSAG y Magíster en Arquitectura de la Universidad de los Andes, Colombia. Socio fundador de Amate+Saga, oficina de arquitectura y diseño estratégico. Asistente editorial del Journal académico Architectural Histories, perteneciente a la European Architectural History Network. Colaborador habitual de National Geographic Historia. Antiguo corresponsal de La Ciudad Viva .

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