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La línea de uralita

Foto: Marta Veiga Izaguirre.

Cuando tecleas la palabra feísmo en el más popular de los buscadores de internet aparece a continuación un gentilicio: gallego. El feísmo gallego tiene su propia entrada en la Wikipedia (en gallego, castellano y catalán), que nos presenta el concepto como sinónimo de maltrato del paisaje y canibalismo urbanístico, según la definición del arquitecto lucense Carlos Coto. Nos dicen que el feísmo se corresponde con un conjunto de “construcciones, infraestructuras y otras obras humanas con alto grado de mediocridad que degradan de algún modo su entorno”.

Desde los años noventa del siglo pasado enseñamos nuestras vergüenzas colectivas envueltas en plástico de ensilar; toman la forma de somieres –primero, de muelles; ahora también de láminas desde que nos hemos pasado a los canapés— reutilizados como cierres de fincas. A medida que nos hacíamos viejas y las duchas de plato llegaban a las aldeas, exhibimos sin pudor sobre el verde las bañeras, que en vez de acabar en la chatarrería han encontrado una nueva vida como abrevadero para las vacas rubias que pacen al aire libre. Llevamos treinta años a la caza y captura del somier y del caseto sin recebar en ese lugar mítico y extraño que llamamos “el rural” y que se nos ha hecho tan lejano, en el tiempo y en el espacio. 

Aunque las fronteras culturales y lingüísticas son mucho más difusas y permeables, en lo que respecta al feísmo parece que nos gusta circunscribirnos a los límites marcados por Javier de Burgos en su división territorial del reino de España de 1833. Y así, resulta que A Pontenova, provincia de Lugo, es una sinfonía en uralitas y metálicos, y Taramundi, a solo diez kilómetros –pero ya en el Principado de Asturias— se nos presenta como uno de esos pueblos bonitos en los que se hacen fotografías los miembros de la familia real todos los otoños.

Que son A Pontenova y Taramundi y podrían ser Lobios, en Ourense, y Lindoso –freguesía del concelho de Ponte da Barca— a quince kilómetros de distancia en la raia seca que nunca ha separado realmente Galicia de Portugal. A Mezquita (Ourense) y Hermisende (Alto Sanabria). Pedrafita (Lugo) y Vega de Valcarce (El Bierzo). Salvaterra de Miño (Pontevedra) y Monçao (distrito de Viana do Castelo, en Portugal). Nos hemos dicho y hemos escrito en los periódicos –con un montón de fotos que así lo ilustran y lo corroboran— que lo nuestro es siempre mucho peor, que únicamente hemos sabido amontonar construcciones y soluciones sin el más mínimo respeto por –ay— la estética y el orden.

¿Y por qué hay feísmo en A Pontenova y bonitismo en Taramundi? Son dos municipios que comparten orografía y paisaje, clima y materiales constructivos. Podríamos decir que la arquitectura popular es idéntica. Hablan la misma variante de la familia lingüística gallegoportuguesa y se han encontrado sus habitantes en semejantes procesos migratorios: a Cuba y Argentina hasta la primera mitad del siglo XX; a Europa y los nodos fabriles de la península Ibérica desde los años sesenta de la centuria pasada. ¿Pobreza? La renta media bruta en A Pontenova era de 19.300 euros en 2019; en Taramundi, de 17.900 euros.

Llegamos entonces a la gran pregunta: ¿tenemos mal gusto en Galicia?

Foto: Marta Veiga Izaguirre.

Si la respuesta que nos damos es afirmativa: ¿cómo ha llegado a suceder esto?, ¿desde cuándo tenemos mal gusto?, ¿lo hemos tenido siempre?, ¿ha sido cosa del proceso descentralizador de la Espwaña de las autonomías y de las comunidades de vecinos?

Quizás no lo sepamos nunca. Hace unos días ha cumplido treinta años en antena Luar, un programa musical de la Televisión Autonómica de Galicia en el que comparten escenario Pimpinela y Mercedes Peón, Andy y Lucas y Zapato Veloz, sin solución de continuidad, como las uralitas y los bloques de hormigón en cualquier punto de nuestra geografía. Para explicar los porqués de Luar tres décadas después, su director, Teo Manuel Abad, se ha remitido al Derecho a la pereza de Paul Lafargue, que identifica la gallega como una de las estirpes “malditas” por su racanería a la hora de disfrutar los placeres mundanos y el dolce far niente: “Los campesinos proletarios se encorvan sobre sus tierras y jamás se enderezan para mirar a gusto la naturaleza”.

Foto: Marta Veiga Izaguirre.

Autora:
(Cantabria, 1978). Licenciada en Periodismo por la Universidade de Santiago de Compostela —USC— (2000) y Máster en Servicios Culturales por la misma universidad (2016). Ha sido profesora asociada del área de Periodismo del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la USC. Asimismo, es alumna de doctorado del programa de Estudios Culturales: Memorias, Identidades, Territorios y Lenguaje, también en la USC. Ejerce como periodista desde 1998 (El Progreso, Diario de Pontevedra, La Voz de Galicia). En la actualidad compagina su investigación en la USC con su profesión de periodista freelance. Firma en Táboa Redonda, el suplemento de cultura de El Progreso de Lugo y Diario de Pontevedra, y es autora y miembro del comité de redacción de la Revista Luzes desde 2015.

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