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La cultura no es para ellos

La relación de las personas con las arquitecturas monumentales suelen ser un juego de miradas. Cuando miramos, la materia observada aparece, te devuelve tu relación para con ellos. En este juego entre uno y estos espacios arquitectónicos fuerzan a colocarte en su escala, te configura con respecto a él, y en muchos casos suele hacerse patente su inaccesibilidad. Por inaccesibilidad no estoy hablando de los diversos reglamentos para permitir el acceso a personas con diversidad funcional, sino de esas barreras invisibles que hacen evidente quién tiene acceso a ellos.

La primera vez que me encontré con una de estas barreras invisibles fue cuando estudiaba un máster en Londres, en el Goldsmith College. Un campus que se expande en el límite entre Lewisham, un barrio de personas racializadas con bajos ingresos y con unos altos índices de violencia y New Cross, un barrio eminentemente blanco de clase media. El edificio principal de la universidad, Richard Hoggart Building, es de mediados del siglo XIX, cuya remodelación la llevó a cabo el estudio Dannatt Johnson Architects en 2014. Más allá de las remodelaciones internas para poner en sintonía este espacio con las necesidades de estudiantes contemporáneos, también se hizo una remodelación al acceso de entrada principal. Se construyó un anfiteatro mediante unas gradas que miraban a la única puerta de entrada. Este es el único edificio que para poder entrar no es necesario una tarjeta magnética porque este anfiteatro ya hace barrera. Entrar al campus implica entrar a escena, ser el centro de atención de todos los estudiantes que apuran los pitillos mirándote entrar. No hay necesidad de seguridad porque los estudiantes hacen de seguratas. Las universidades en Inglaterra son instituciones privadas, ergo podemos comprender que su arquitectura no esté pensada para la libre circulación de personas; el problema radica cuando son instituciones públicas las que crean estas barreras.

Un ejemplo sobre arquitectura pública que está hecha para cuidadosamente dejar fuera al indeseado es el edificio Nouvel del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, este fue la ampliación de esta institución hacia el sur. Este anexo del museo parece que intenta competir en frialdad con el edificio Sabatini. El patio interior con esa estética de plaza la escultura de Roy Lichtenstein en el centro crea un espacio gélido bajo ese techo que soterra todo el espacio, convirtiéndolo en un no-lugar (he puesto los ojos en blanco al escribir el título de Augé). Más allá del acierto de la biblioteca, el edificio tiene la calidad estética de una coctelería cutre de finales de los 90 todo en metal y rojo. En cualquier caso, no es de esto de lo que quiero hablar, sino del edificio como construcción pública teóricamente invitadora y abierta para que los ciudadanos puedan disfrutar del arte moderno y contemporáneo. La fachada principal va a dar al soterramiento de Ronda de Atocha y, como peatón, con lo que te encuentras es con un panelado fino a modo persianas rojas, dando la espalda a lo que en su momento era un barrio popular. La entrada del edificio es una fisura en la fachada, como un roto en una verja por la que colarte y toparte de frente con la gigantesca escultura de Lichtenstein, que más allá de ser de un gusto bastante cuestionable, hace de barrera invisible en medio del patio interior. Este anexo está deliberadamente diseñado para dificultar la entrada al museo a los vecinos que contemplan esta fachada.

La plaza de la ampliación del MNCARS en una foto de su web.

Como si de panópticos contemporáneos se tratasen mantienen a las personas de bajos recursos fuera a través del lenguaje arquitectónico, haciendo explícito el hecho de que la cultura va de la mano del capital. La edificación de instituciones públicas en estados democráticos y contemporáneos tienen la obligación de ser inclusivas y abierta. La arquitectura pública es la que tiene que amoldarse a los ciudadanos, ¿cómo es posible que un museo de la espalda a un barrio revistiéndose por fuera como un cutre edificio de oficinas? La ironía definitiva es que dentro de este museo hay una sección de la colección permanente sobre arte protesta donde recopila material y producción audiovisual de diversas protestas públicas mientras que a través de su arquitectura da la espalda a un barrio de personas trabajadoras. Basta ya de una arquitectura clasista. Aporofobia arquitectónica porque la cultura no es para ellos.

Autor:
Antonio Torres es un artista y performer, podcaster en Las Chicas del Volcán, canario de verano, ansioso de profesión y queer a tiempo completo.

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