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Desafíos en el escenario urbano actual

La arquitectura a lo largo de su historia ha tenido distintos desafíos, desde algo creativo, artístico y reducida al diseño constructivo, hasta lo meramente funcional y económico. Sin embargo, el desafío más importante que le está tocando enfrentar es entender las necesidades y expectativas del usuario, involucrar a la sociedad, observar e interpretar los procesos sociales y comprender mejor el rol que juega en el diseño de las ciudades. La arquitectura, además de ser la expresión de la sociedad en una época, debe trabajar con otras disciplinas para prepararnos, educarnos y planificar lo que viene. Desde su lugar, debe ser consciente de que pertenece a un todo, a un mundo que tiene retos sociales, económicos y ambientales.

La ciudad es el espacio en donde habitamos, vivimos libremente y con derechos, nos desplazamos de un lugar a otro, construimos relaciones sociales, cuidamos, preservamos y nos expresamos. Ahora bien, la ciudad: ¿integra o excluye? Los que nos dedicamos a pensar las ciudades y su planificación estamos muy preocupados por generar mixtura de usos del suelo, es decir, que en un mismo espacio puedan realizarse diversas actividades y satisfacer varias necesidades (residencial, comercial, servicios, espacios verdes, etc), pero… ¿nos preocupamos por generar mixtura social? Las pautas de urbanización predominantes en los último años, sobre todo en los países latinoamericanos, originaron un desarrollo urbano disperso y fragmentado, aumentando cada vez más la segregación social. En la ciudad contemporánea la desigualdad social se expresa y se escenifica claramente en el tejido urbano y mientras más nos acercamos a una escala metropolitana, mayor es la desigualdad.

Es común observar, cómo en las grandes ciudades la población de nivel socioeconómico más bajo se asienta en las periferias, con poco acceso a los servicios básicos, alejada de las centralidades y en muchos casos, vulnerables frente a fenómenos naturales; quedando fuera del “derecho a la ciudad” tan mencionado por teóricos como Jordi Borja.

Nueva York, octubre 1954. Foto: Vivian Maier.

Por otro lado, resulta llamativo cómo todos los días convivimos con personas con las que tenemos un acuerdo social preestablecido, es decir, cada vez nos rodeamos menos con el diferente, esto se debe, entre otras cosas, a la “hiper-especialización” funcional del espacio que termina, por un lado, excluyendo y expulsando a personas (con límites invisibles o fronteras físicas) y por el otro, aglomerando a ciudadanos similares entre sí. Es paradójico que esto ocurra en un mundo en el que las mujeres, los adultos mayores, las infancias, los inmigrantes y las personas LGBT están ganando visibilidad. Por lo tanto, el desafío es hacer ciudades en donde convivan personas de distintos niveles socioeconómicos, edades, religiones, países, géneros, etc.

El ejercicio de “habitar” antes mencionado, se expresa principalmente en el espacio público, y acá nos encontramos con otro reto: dejar de ver el espacio público como algo residual y empezar a verlo como articulador de la ciudad, donde transcurre la vida comunitaria, donde la ciudad se representa, muestra sus virtudes y defectos, sus conflictos y consensos. Un ámbito de intercambio en donde los ciudadanos se sientan seguros de expresarse bajo pautas mínimas de convivencia. Como nos apuntó Jane Jacobs desde la década del 60, el espacio público en la vida contemporánea debe estar orientado netamente a fortalecer el contacto humano.

A partir de algunas iniciativas mundiales como puede ser la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, se ha logrado visibilizar estos problemas y la importancia de abordarlos de manera integral. Me atrevo a decir que estamos yendo hacia una nueva manera de entender la arquitectura y la ciudad, en donde se le da preponderancia a la acción directa, a las soluciones centradas en las personas, se priorizan las experiencias colectivas, las necesidades y las opiniones de los ciudadanos. No es casualidad que el premio Pritzker de Arquitectura 2022 haya sido para Diébédo Francis Kéré, emblema de la construcción social y sostenible.

La arquitectura y el urbanismo, desde su lugar, deben diseñar proyectos que integren objetivos sociales, económicos y ambientales, deben comprometerse para no favorecer la fragmentación social y espacial, deben centrarse en generar espacios de uso colectivo con cohesión social e identidad cultural y por último, pero no menos importante, deben cumplir un rol educativo con los ciudadanos acerca de la sostenibilidad de las ciudades.

Autora:
Socióloga, especialista en economía urbana con experiencia en diseño y evaluación de políticas públicas y proyectos urbanos. Actualmente Directora de Planificación del Ministerio de infraestructura pública, Gobierno de Mendoza, Argentina.

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