Learning from Arona

Foto de la Piramide de Arona por @berglindba

No, no es amor, lo que yo siento por la Pirámide de Arona se llama obsesión; observo su  silueta escalonada a medio camino entre Saqqara y Chichen Itza pero con un flamenco show non-stop en su corazón, recortándose contra el azul del océano  bajo la mirada siempre paternal y vigilante del Teide que extiende su manto volcánico desde la cumbre hasta la arena, como la Virgen de Candelaria. Cruzo la calle, me acerco un poco más. En su presencia mayestática sigo siendo el niño que fui la primera vez que la visité, en 1996, recién inaugurada, y su brillante color salmón ahumado me devuelve, como en una pirueta proustiana inversa, el sabor de los nuggets de pollo barbacoa, dulzones y grasientos, que también probé por vez primera aquel día, cuando papá nos llevó a conocer el primer McDonald´s de la isla allá en el SUR legendario donde moraban los guiris a la parrilla sazonando sus borracheras con sangría typical spanish. Vuelvo a ella de adulto dispuesto a desentrañar el misterio de su magnetismo, pero no puedo evitar cierto sobrecogimiento al cruzar el pórtico de un dórico ciclópeo que custodia la entrada al MARE NOSTRUM RESORT, una puerta a la escala de los dioses del turismo defendida por 32 arqueros de fibra de vidrio en posición de ataque dispuestos a acabar con la vida de cualquier insensato que intentase derrumbarlas como un Victor Mature redivivo frente a la lúbrica mirada de Hedy Lamarr. No los pierdo de vista mientras cruzo el umbral, su presencia me intimida, temo que cobren vida como en las viejas películas de Ray Harryhausen y decido incluir escultórica monumental en mi próximo proyecto cueste lo que cueste, mentalmente repaso las herramientas de REVIT que tendré que usar pero no consigo articular mis pensamientos, siento un leve mareo, un pálpito de angustia, me falla el equilibrio y busco un punto de apoyo, las risas de los turistas que chapotean en las obscenas piscinas del Cleopatra Palace y el Sir Anthony Hotel me llegan apagadas y mecánicas, el sol inclemente arranca destellos cegadores a los vidrios del último piso de la pirámide, allá donde reina una cohorte de vestales desafiando al calor con sus pechos de yeso. Arden mis pupilas, incapaces de soportar semejante éxtasis visual, ¿estaré siendo víctima finalmente de un síndrome de Stendhal?… Me arrastro hasta los pies de la pirámide que de cerca ya no parece tan alta ni tan extemporánea, quizás el compañero arquitecto malogró un ejercicio de regionalismo utópico, un puente conceptual entre la mitología atlántica primigenia y las pirámides guanches que Thor Heyerdahl se sacó de la manga en Güimar, una idea construida y explicada en tres diagramas, un par de extrusiones magistrales, cosas más forzadas le han funcionado a Bjarke, pero no basta para explicar el secreto de la pirámide que se resiste a revelarme la metanarrativa que ordena, luminosa y cabal, tantas capas de significados y referencias, complejidad grecolatina y contradicción mesoamericana, invariantes castizos del lujo turístico, delirious Teneriffa… me desoriento, alucino, ya no estamos en Canary Islands, Dorothy, sino en el Mundo Macho de Terenci, quiero huir del temible Epsamón  pero no puedo avanzar y me desplomo entre sollozos, suplico ayuda…¡Oh Salammbó, mi Salammbó¡, ¿cuál es tu secreto?¿quién te hizo? grito desesperado y al fin alguien me tiende una mano misericordiosa pero al levantar la mirada veo que es Leon Krier arrastrando una maqueta 1:100 de su proyecto Atlantis de 1986 y mientras pierdo el conocimiento aún le oigo gritar, ¡es la belleza, estúpidos, la grande belleza!

Autor:
Donacio Cejas Acosta es arquitecto y diseñador de exposiciones, escritor y emigrante, tropicalista, guanche, queer y podcaster en @laschicasdelvolcan
  • Fernanda - 10 agosto, 2022, 15:51

    Me ha encantado. ¡Donacio es una persona inteligentísima!

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