¿No nos estamos pasando un poco con el “unfinished”?

Hace unos días, el compañero Jaume Prat me enseñó un proyecto muy interesante que acababa de inaugurarse en Basilea, obra del estudio de Harry Gugger. Se trataba (y se trata) de la rehabilitación de un viejo silo de grano para transformarlo en edificio de usos múltiples: despachos, oficinas, locales y residencia de estudiantes.

Viendo las fotos me di cuenta de que, en efecto, la operación era estupenda y sin embargo, las imágenes me estaban contando una historia distinta: todo el proyecto se confiaba a una ausencia prácticamente completa de revestimientos, texturas y acabados de contacto de ningún tipo. No era tanto que la estructura y los suelos fuesen de hormigón visto, es que la barandilla era de tela de gallinero, las instalaciones eléctricas iban a la vista y el bloque cerámico tenía pinta de que te raspabas bien el brazo como pasases demasiado cerca. Las fotos eran muy bonitas pero solo si manejabas el lenguaje. En un término que se va extendiendo poco a poco dentro de la profesión: era puro balleno. Es decir, algo que nos gusta a nosotros pero que a un ciudadano sin nuestra educación estética (ni nuestra tontería) le parece ininteligible y, siendo sinceros, bastante feo. Y probablemente lo es.

Desde hace algún tiempo, las publicaciones habituales de arquitectura, tanto digitales como de las otras, se vienen poblando de un montón de proyectos que se caracterizan porque aparentan no estar terminados. La cosa la empezaron Lacaton y Vassal con la casa Latapie en el 93 y, sobre todo, con el Palais de Tokyo en 2001. Por supuesto que los edificios inacabados pero habitados los ha habido en todas las épocas y en todos los lugares del planeta; qué pregunten en la mayoría de las zonas rurales (y no tan rurales) de Galicia por lo de entrar en tu casa de tres plantas aunque solo hayas terminado la planta baja. Se trata de una cuestión de máxima eficacia económica: si no hay dinero para todo, vamos a ir terminando lo suficiente para entrar, y lo demás, incluyendo revestimientos o cubriciones convencionales ya lo iremos haciendo cuando haya más dinero.

Palais de Tokyo, París de Lacaton & Vassal  FOTÓGRAFO: Philippe Ruault

La diferencia con el Palais de Tokyo es que esa obra nunca fue concebida para ser terminada. Su estado final es el que es: sin revestimientos y con la mínima expresión de acabados. La pareja de arquitectos franceses apostaba por un aprovechamiento máximo del presupuesto y, por eso, su edificio es una obra magnífica; una solución a un problema. Lo malo es que esas obras cuidadosas y delicadas también desencadenaron una moda. En más de uno y de dos casos, el “unfinished” ha dejado de ser una respuesta valiente a las estrecheces presupuestarias y se ha convertido en un estilo decorativo más. Tanto en rehabilitaciones como, y esto es menos defendible, en obra nueva.

Y bueno, haber crecido en los años 80 nos da cierta veteranía en lidiar con objetos punzantes pero tampoco es plan de dejar todos los pilares con las aristas vivas y las paredes con las instalaciones por fuera. Que solo falta dejar las puntas de la ferralla a la vista y al final vamos a tener una desgracia.

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