Lo que va de un bistec congelado a una res en el campo

La Gran Vía durante la pandemia. Montaje del autor sobre fotografía tomada en Madrid por H. Darbishire en abril de 2020

Una de las imágenes más comunes que hemos podido ver estos días ha sido el panorama inédito de las calles de nuestras ciudades. Éstas aparecían casi vacías, sin vehículos y ocupadas las calzadas por los viandantes y ciclistas intentando mantener las distancias recomendadas.

Muchos han querido ver en esta circunstancia de pandemia el reflejo de un modelo de ciudad alternativo, casi como quien logra parar por un segundo para aspirar aire tras un agitado vaivén sin sentido.

En parte es lógico pensar así. No es una novedad que cuando acaecen desdichas sociales, en especial sanitarias, el urbanismo tiende a evolucionar. Casi todas nuestras normas urbanísticas pretenden establecer estándares mínimos tanto de salubridad (del aire, del agua, en tratamiento de residuos, de los espacios mínimos que usamos) como de seguridad (incendios, evacuaciones, accesibilidad); son en general producto de situaciones dramáticas y se pretende con ellas disminuir los riesgos de repetir aquellas que las provocaron.

Pero no debemos engañarnos con impresiones fáciles. Las calles vacías tomadas por los pájaros o gente joven en bicicleta no son producto del sosiego o de un urbanismo alternativo, sino del miedo; ¿hablamos acaso de sostenibilidad si nos referimos a una ciudad sin emisiones basada en la ausencia de transporte o de actividad? A mí no me lo parece. Referirnos a la ciudad como el espectro que hemos visto es referirnos a la cáscara de las apariencias. No hay actividad ni producción, silencio por tanto. Pocos lugares tan silenciosos como un cementerio, pero no creo que debemos proponerlo como modelo de ciudad.

Hemos convertido los espacios privados en el único espacio de relación, hurtando el espacio público a la ciudadanía durante un espacio prolongado de tiempo. ¿Hemos sido más felices y es sostenible en el tiempo este modelo? A no ser que seamos afortunados y dispongamos de amplios espacios o de cielo abierto en nuestros hogares, y aun así es discutible, no podríamos contestar afirmativamente.

Porque las ciudades son lugares de encuentro y relación. Necesitamos de esa densidad que hace posible que tengamos universidades, cultura, sanidad… Es cierto, debemos aprender de esta situación y repensar la ciudad. Probablemente habrá un antes y un después al COVID19 en el teletrabajo; igualmente el transporte público va a verse afectado durante un tiempo y por ende el de superficie. Flexibilidad horaria, impulsar los usos mixtos en los barrios, recuperar de espacios para relacionarse con más distancia entre usuarios… ¿qué estrategias deberemos tomar en cada caso?  Parece por el momento que no hay una respuesta unívoca.

 

Y mientras continuamos adelante, pensar en qué hermosa es la res en el campo cuando observamos un bistec en el congelador pudiera no ser la mejor referencia (a no ser que nos anime a evitar errores en el futuro) ¿no les parece?

Autor:
Arquitecto desde el año 2000. Miembro de la Asociación de Arquitectos (aA), ha sido vocal de la Junta de Gobierno del COAM y asambleísta en el CSCAE.

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