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En palabras de Harlow Herbert Curtice (presidente de General Motors entre 1953 y 1958) la corporación se había convertido en “uno de los grandes recursos nacionales -, más importante que los recursos naturales que nos han sido regalados.”

Ver: Louise A. Mozingo, Pastoral Capitalism: A History of Suburban Corporate Landscapes (Cambridge, Massachusetts; London, England: The MIT Press, 2011), 81 [traducción de la autora].

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Íbid., 217 [traducción de la autora].

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Ver: Georgios Eftaxiopoulos, “No-Fun: Fun Palace and the Cult of Flexibility,” Perspecta 51 (2018): 255-261.

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Ver: Albert Pope, Ladders (Houston, Tex.: Rice School of Architecture, New York: Princeton Architectural Press, 2015).

La nueva fábrica: del Campus Corporativo a la Megaestructura

Campus Google en King’s Cross (Londres, RU) *Créditos de imagen: http://www.heatherwick.com/projects/buildings/google-kings-cross/

 

A pesar de de la amenaza del Brexit, las grandes tecnológicas han decidido ampliar sus sedes en Londres. Google ya ha comenzado a construir su nuevo campus en King’s Cross, todo apunta a que Facebook será próximamente su vecino, y Apple ha adquirido el 40% del espacio de oficinas que ofrece la rehabilitación de la antigua Central Eléctrica de Battersea. Sin embargo, mientras que en la costa oeste de Estados Unidos situaron sus campus en la periferia, en Reino Unido han decidido situarse en el centro de la capital británica.

 

El modelo del campus corporativo, motivado por la descentralización de recursos producida durante la Guerra Fría, inspiró a los gigantes de Silicon Valley. Se confiaba en que el aislamiento de un entorno natural no sólo mejoraría las condiciones de trabajo y creatividad de los científicos e ingenieros, sino que también contribuiría a convencer a un público escéptico sobre los beneficios sociales y políticos del poder corporativo 1. Por ello, lo realmente significativo fue que “a diferencia de los suburbios residenciales, este tipo de desarrollo metropolitano no se originó como un ideal promovido por diseñadores.”2 Lo que Louise A. Mozingo ha definido como “capitalismo pastoril” (pastoral capitalism) tiene su origen en la iniciativa de las propias corporaciones, que instrumentalizaron la imagen idílica del campus (retirado del caótico centro urbano) como un valor cultural.

 

De la misma manera que el campus corporativo contribuyó a formalizar el área metropolitana de las ciudades americanas, las construcciones de los gigantes tecnológicos ayudarán a reconformar los distritos de innovación de las grandes ciudades. De hecho, frente al tradicional rascacielos de los centros administrativos, los arquitectos estrella de Google—Bjarke Ingels and Thomas Heatherwick—han presentado su nueva sede como una novedosa tipología arquitectónica: el “landscraper.” Se trata de una megaestructura que, en más de 300 metros de longitud, ocupa cinco solares del plan de desarrollo de King’s Cross. Su horizontalidad trata de responder literalmente al contexto de “economía del conocimiento” en la que trabajadores altamente cualificados colaboran en un espacio común aparentemente carente de jerarquías y que aspira a facilitar tanto productividad de sus empleados como su bienestar. A ello no sólo se aporta la creciente domesticación de los espacios de trabajo, sino que espacios para el ocio se incorporan a los límites corporativos. De hecho, el “landscraper” de Google, además de restaurante, gimnasio y piscina, cuenta con una cubierta ajardinada pensada para actividades como la “relajación,” el “ejercicio físico,” la “reunión con amigos” o, incluso, “escapar del trabajo.”

 

Sin embargo, más allá de las problemáticas que puedan resultar de la falta de separación entre espacios de trabajo y ocio,3 la incorporación al centro urbano de los gigantes tecnológicos continúa manteniendo la condición de “enclave” 4 que caracterizó al campus corporativo. Espacios cerrados en sí mismos que promueven una excesiva autonomía, privacidad y segregación. Una transformación urbana que se produce no sólo a nivel espacial, sino también político y que refleja la creciente privatización de la ciudad. Por ello, el proyecto de la ciudad no puede completarse únicamente con una bella imagen corporativa, sino que reside también en las posibilidades críticas de la propia forma arquitectónica.

Notas de página
1

En palabras de Harlow Herbert Curtice (presidente de General Motors entre 1953 y 1958) la corporación se había convertido en “uno de los grandes recursos nacionales -, más importante que los recursos naturales que nos han sido regalados.”

Ver: Louise A. Mozingo, Pastoral Capitalism: A History of Suburban Corporate Landscapes (Cambridge, Massachusetts; London, England: The MIT Press, 2011), 81 [traducción de la autora].

2

Íbid., 217 [traducción de la autora].

3

Ver: Georgios Eftaxiopoulos, “No-Fun: Fun Palace and the Cult of Flexibility,” Perspecta 51 (2018): 255-261.

4

Ver: Albert Pope, Ladders (Houston, Tex.: Rice School of Architecture, New York: Princeton Architectural Press, 2015).

Autor:
Arquitecto, vive y trabaja en Londres. Doctor por la ETSAUN (Pamplona), MA en History & Critical Thinking por la Architectural Association School of Architecture (Londres). María ha participado en distintas conferencias internacionales y ha sido también profesor ayudante de la ETSAUN, “Visiting Lecturer” en la School of Creative Arts de la Universidad de Hertfordshire (Hatfield, RU) y crítico invitado en la Architectural Association (Londres, RU).

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