Cuestión de metros.

Por Francisco Javier Casas Cobo

Vuelvo de Dubai, lugar que me fascina y me repele en proporciones cambiantes, después de una tercera o cuarta visita a esta ciudad instantánea que tiempo atrás nunca pensé que acabaría conociendo de primera mano.

He visitado por primera vez el archipiélago artificial ganado al mar conocido como The Palm, el primero de los enormes desarrollos urbanos que la ciudad conquistó al Golfo Pérsico gracias al dinero del petróleo y a los ingenieros holandeses. Tras el gran éxito de ventas de este enorme conjunto urbanístico, vendrían otros aún mayores cuyo éxito, como en el caso de The World, ya completamente aislado de tierra firme, está aún por confirmarse.

Me alojo en uno cualquiera de los muchos hoteles que se erigieron en el último dique de la palmera, y por tanto el más alejado de la ciudad, que se adentra en el mar al menos un par de kilómetros. Mientras corro por el entramado de madera del paseo marítimo curvo, me fijo en  la construcción de un imponente nuevo complejo llamado The Atlantis Royal, y luego ya en el hotel averiguo que es un proyecto de los muy solventes y ubicuos KPF, lo cual me lleva a pensar que a pesar de lo monstruoso del asunto en términos medioambientales, el edificio no puede sino despertar, pienso, la envidia de todo aquel que, como yo, fue arquitecto una vez.

 

Se trata de un edificio también curvo, adaptándose al perímetro antes mencionado, que se erige de forma sistemática con módulos que se traban en una suerte de fábrica de escala gigante dejando enormes huecos vacíos en su fachada y se remata con provocativos voladizos.

Pienso en mi labor como docente en la universidad en Riad, modesta, callada; relevante sólo para el pequeño grupo de estudiantes al que mi esfuerzo  y talento, o su ausencia, podrían afectar, y siento cierta envidia al pensar en los arquitectos que trabajan en estos grandes proyectos. Algunos compañeros, por supuesto, piensan que una obra pequeña o una reforma es también arquitectura, que los pequeños detalles de cada obra son importantes y, en fin, toda esa milonga del artesano y el servicio a la sociedad en la que yo de alguna forma también creo.

 

No obstante, si observamos a los tres grandes arquitectos del siglo anterior, ninguno de ellos dejó pasar la oportunidad de construir a lo grande cuando la tuvo delante, no escatimaron esfuerzos, en distinta medida, en ser grandes propagandistas de sí mismos, y de hecho no habrían pasado, admitámoslo, a la historia de la arquitectura como lo que son si sólo hubieran construido, pongamos, su obra más conocida y admirada, sino un conjunto extenso de edificios con superficies en realidad cada vez mayores.

Análogamente,  los grandes arquitectos del siglo XXI (no pretendo hacer una lista ni buscar las excepciones y rarezas de algunos premios Pritzker o en los arquitectos que siguen trabajando de forma artesanal como Zumthor o Murcutt)  hablo de Piano, Rogers, Foster, Koolhaas o Hadid, todos ellos han construido muchísimo y apenas han renunciado a hacerlo por razones éticas o conflictos morales con determinados gobiernos o sistemas políticos, muchos de ellos justificándose con un simple “si no lo hago yo, lo hará otro, y quizá lo haga peor”.

Recuerdo esa película de Bigas Luna sobre un constructor en Benidorm que interpretaba Javier Bardem, y me parece que la arquitectura, o el ego, siguen siendo cuestiones de metros cuadrados, y que esa fue la ambición -o una de las ambiciones- de los arquitectos modernos y también lo es ahora de los contemporáneos, pero creo que a la mayoría nos da vergüenza reconocerlo porque sería reducir la arquitectura a un asunto cuantitativo sin mayor interés o, como quizá hubiera dicho Bigas Luna, a una cuestión de huevos.

Autor del post:

Francisco Javier Casas Cobo es arquitecto y vive en Riad desde agosto de 2014.

Solía ejercer la arquitectura junto a Beatriz Villanueva Cajide en un estudio de crisis arquitectónica y especulación literaria que aún se llama bRijUNi arquitectos.

 

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