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Algunos, no conformándose con ello, llegan incluso a llevarse de recuerdo una parte de esas obras maestras. Se ruega a todo aquel que tenga en su casa un fragmento del suelo de la terraza de la Villa Savoye, que lo devuelva.

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No puede faltar cierto grado de postureo arquitectónico.

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Algún día tendré que contaros lo de mi obsesión con las plantas de evacuación de los hoteles. Respecto a este solo puedo decir que mataba.

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La otra lectura alternativa ofrecida por el hotel era una Biblia.

Vacaciones de arquitecto

El autor, en cualquier lugar. (Fotografía de la hermana del autor)

 

Acabo de volver de unas vacaciones en las que, nuevamente, no he viajado para ver arquitectura. No porque no hubiese podido, ni tampoco porque, recurriendo al argumento de aquel viejo texto de Quetglas, mi grado de torpeza sea suficientemente bajo como para poder prescindir de ello. Lo que pasa es que me da mucha pereza viajar para ver arquitectura.

Admiro tremendamente a aquellos compañeros que, sabiendo leer los planos de un edificio, recorren kilómetros para poder tener su experiencia directa del mismo, aunque esta se limite a ver su exterior (o a tocarlo, si son muy fetichistas 1 ) y una mínima parte de su interior. Solo de pensar en el esfuerzo que habrá requerido llegar hasta el recóndito lugar en el que se localiza esta o aquella obra maestra, cuya existencia yo probablemente no conocía hasta entonces, me agoto. Afortunadamente, esos impenitentes viajeros no suelen olvidarse de documentar su logro colgando despersonificadas fotografías en alguna red social 2 , dándome la oportunidad de reproducir esa visita desde la comodidad de una tumbona.

Este verano no he podido disfrutar de ese placer. He sido tan inconsciente como para meterme en la boca del lobo, y terminar pasando mis vacaciones en un hotel diseñado por un ganador del Pritzker. Automática e involuntariamente me convertí en lo que tanto detestaba: un arquitecto turista. Mis preocupaciones durante esos días de merecido descanso dejaron de ser las habituales, como conocer el pH de la piscina o la hora del buffet, para ser desplazadas por indagaciones sobre los encuentros de las carpinterías, la conservación del mobiliario original o la estructura de un voladizo. Todo ello acompañado de una enfermiza búsqueda de aquellos puntos desde los que mejor se percibiese la espacialidad del artefacto…para fotografiarlo.

Los gerentes del hotel eran además conscientes de que no ofrecían un alojamiento cualquiera sino un “edificio de firma”, esforzándose por lograr que, allá donde mirases, te percataras de ello. Recorriéndolo podías toparte con paneles informativos sobre el arquitecto, esculturas del arquitecto, la correspondencia del arquitecto con su cliente, fotografías de obras del arquitecto, manteles con dibujos del arquitecto… Incluso en el interior de las habitaciones había una planta detallada del edificio colgada en la puerta 3 y un libro conmemorativo del mismo sobre la mesita 4 . Todo un año esperando poder desconectar de la arquitectura y había terminado en un sitio en el que era imposible evadirse de su presencia.

Mi única alternativa era escapar de allí e irme a algún lugar puro, nunca tocado por un arquitecto. Pronto me di cuenta de que aquello era imposible. Dondequiera que estuviese había uno, yo mismo. Porque el problema no era estar rodeado de arquitectura, sino ser incapaz de dejar de ver el mundo con ojos de arquitecto. Comprendido esto, debo confesar que finalmente las vacaciones no estuvieron tan mal, porque siempre hay algo interesante en el acto de contemplar cualquier realidad con una mirada arquitectónica. Aunque los lugares que realmente se disfrutan son aquellos que te hacen olvidar completamente la arquitectura. Si ello fuera posible.

Notas de página
1

Algunos, no conformándose con ello, llegan incluso a llevarse de recuerdo una parte de esas obras maestras. Se ruega a todo aquel que tenga en su casa un fragmento del suelo de la terraza de la Villa Savoye, que lo devuelva.

2

No puede faltar cierto grado de postureo arquitectónico.

3

Algún día tendré que contaros lo de mi obsesión con las plantas de evacuación de los hoteles. Respecto a este solo puedo decir que mataba.

4

La otra lectura alternativa ofrecida por el hotel era una Biblia.

Autor:
(Gijón, 1981) Arquitecto (2005), máster en restauración arquitectónica y doctor en urbanística y ordenación del territorio por la Universidad de Valladolid. Compagina la práctica profesional vinculada a la planificación urbanística con la docencia en el área de proyectos arquitectónicos. Sus intereses giran en torno a la representación e interpretación cultural del territorio, los medios de comunicación y la disolución de los límites disciplinares.

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