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En ese sentido, resultan muy estimulantes premios que vinculen los resultados de estos trabajos a tratar sobre aspectos locales, pues animan a estrechar lazos entre Universidad y Sociedad, y el estudiante encuentra ese factor de “percepción de utilidad” de que su trabajo no es mero papel mojado. Ejemplo de ello es el premio convocado por el Ayuntamiento de Valladolid para los TFGs y TFMs de alumnos/as de la Universidad de Valladolid, accesibles AQUÍ.

Elige tu propia aventura: el extraño caso de los TFGs en Arquitectura

En los años 80 se lanzó una colección de libros titulada “Elige tu propia aventura” que tuvo bastante éxito comercial entre los adolescentes de mi generación X. Su gran aliciente era que cada libro permitía ser leído por varios itinerarios que iba decidiendo el lector al acabar cada capítulo, ofreciendo así múltiples finales.

Permítaseme la licencia de comparar el éxito de aquellos libros de bolsillo con el de los Trabajos Fin de Grado (TFG) presentados en nuestras Escuelas de Arquitectura. Quería poner en valor el resultado este nuevo “obstáculo” que permite cerrar la etapa formativa básica de un graduado en Arquitectura, título injustamente infravalorado por carecer de atribuciones profesionales.

Desde mi experiencia como tutor académico y miembro de tribunales de numerosos TFGs, puedo corroborar que los trabajos realizados tienen gran atractivo y potencial para los estudiantes de Arquitectura. Es obvio que no deja de ser una condición sine qua non para superar el Grado, con una recompensa de 6 créditos ECTS en el mejor de los casos. Evidentemente, por esa dedicación uno no podría esperar grandes resultados; pero, sin embargo, la realidad es otra mucho más gratificante. La gran mayoría de los trabajos presentados no solo obtienen unas altísimas calificaciones ―algo nada frecuente en nuestra carrera―, sino que reflejan el interés y el entusiasmo de una nueva generación de futuros arquitectos por construir su propia trayectoria curricular.

Esa es, precisamente, la clave de su éxito: que el estudiante “elige su propia aventura”, decide personalmente sobre qué área de conocimiento y tema específico quiere realizar su TFG. Y, con arreglo a ello, elige con plena consciencia su profesor-tutor más idóneo. Cada uno proyecta en su TFG aspiraciones e inquietudes personales latentes en su formación reglada, desarrollando cuestiones que le conciernen por su mayor cercanía y afinidad, y en las que a menudo ve posibilidades de futuras experiencias como egresado, identificándolo como una primera “carta de presentación” para un futuro aún en ciernes.

En varios casos, he tutorado trabajos surgidos desde estancias en el extranjero gracias a las becas Erasmus, lo que supone un mayor aprovechamiento de estas ayudas y la ampliación de la mirada de los estudiantes más allá de nuestras fronteras con todo lo que eso supone: idioma, contacto con centros de investigación fuera de España, conocimiento de otras metodologías y realidades, etc. En otros casos, la vinculación roza lo personal, pues proponen investigar casos de estudio directamente vinculados a una realidad local muy próxima1, como un primer paso para introducirse en ciertas dinámicas sociales o culturales de nuestro entorno cotidiano. Esas a las que la actividad profesional de los arquitectos no deja mucho margen para atender debidamente, si no es con encargo de por medio.

No obstante, se les saca poco partido aún a los TFGs. Sería interesante fomentar esa transferencia de conocimiento hacia el exterior con acciones y orientaciones más enfocadas a demandas socio-culturales concretas que pueden ser analizadas desde estos ámbitos universitarios. Claro que, para lograrlo, se deberían construir ciertas estructuras (¿laboratorios TFG?) que ayuden a recibir y/o detectar oportunidades para desarrollar casos de estudio, e incluso canalizar sus resultados hacia otras instituciones interesadas (ayuntamientos, fundaciones, asociaciones culturales o vecinales, colegios de arquitectos, colectivos sociales, etc.), con una mayor divulgación pública.

Estas estrategias podrían proporcionarle un fuerte impulso a estos TFGs que ahora pasan bastante desapercibidos ―incluso dentro de las paredes de nuestras ETSAs―, y con los que seguramente podríamos contribuir desde la Universidad a construir alternativas de futuro una vez ese estudiante se incorpore a la vida laboral.

El final de esa aventura aún no lo conocemos, pero seguro merecerá la pena.

Notas de página
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En ese sentido, resultan muy estimulantes premios que vinculen los resultados de estos trabajos a tratar sobre aspectos locales, pues animan a estrechar lazos entre Universidad y Sociedad, y el estudiante encuentra ese factor de “percepción de utilidad” de que su trabajo no es mero papel mojado. Ejemplo de ello es el premio convocado por el Ayuntamiento de Valladolid para los TFGs y TFMs de alumnos/as de la Universidad de Valladolid, accesibles AQUÍ.

Autor:
(Teruel, 1974) Arquitecto por la ETSA.Valladolid (1999) y doctor en Arquitectura (2013). Fundador del estudio [r-arquitectura], oficina de proyectos arquitectónicos y editor del blog de [r-arquitectura] . Investigador permanente sobre Arquitectura Moderna y Contemporánea, profesor de la ETSA.Valladolid, y autor del libro Mies van der Rohe: el espacio de la ausencia.
  • Manuel Saga - 8 julio, 2019, 15:17

    Suscribo cada palabra. El TFG es un espacio de reflexión/investigación que los estudiantes venían (veníamos) demandando desde hace años y que por fin tiene nombre y forma. Es un diamante en bruto aún por tallar.

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