Las oportunidades perdidas

“Railroad Sunset”. Edward Hopper

En la vida hay oportunidades que no supimos aprovechar en su momento. Sencillamente no fuimos lo suficientemente hábiles o lo suficientemente valientes. Nos acordamos de ellas de vez en cuando. Nos arrepentimos de no haber hecho algo más, de no haber actuado con más inteligencia y determinación. Quizás nos dejamos llevar por la inercia, evitando tomar decisiones difíciles hasta que fue demasiado tarde. O quizás el problema es que entonces no teníamos la conciencia de encontrarnos frente a una oportunidad, sino que es con el paso del tiempo que nos hemos ido dando cuenta de ello. Sea como sea, ahora ya debería darnos igual. Solo podemos perder el tiempo pensando en realidades inexistentes, especulando de manera inútil sobre acciones nunca concretadas. Solo nos queda el lamento.

A veces, observando los cambios que se han producido en mi ciudad a lo largo de los últimos años pienso en las oportunidades que la arquitectura y el urbanismo han desaprovechado. Cada una de ellas hubiera bien podido suponer una transformación importante de una zona específica, hubiera podido dar una respuesta a los crecientes problemas de gentrificación del barrio antiguo o hubiera podido suponer una transición razonable entre la trama urbana y la zona de huerta. Pero nada de esto se produjo. Observo desanimado los genéricos y apretujados bloques de viviendas aparecidos tras la demolición de la antigua plaza de toros y me pregunto cuantas décadas más van a estar ahí. Es posible, pienso, que los tenga que ver el resto de mi vida. Este pensamiento me produce espanto. ¿Cuándo va a tener la arquitectura otra ocasión para repensar esa zona concreta de la ciudad? ¿Cuantas décadas durará la influencia de esa desafortunada planificación?

Todos sabemos de la trascendencia que tienen las decisiones en arquitectura. El hecho de que ésta se desarrolle en una ubicación y condiciones determinadas hace que los proyectos sean específicos de un lugar. Cuando tenemos unas expectativas de cambio sobre ese lugar, cuando le podemos intuir un enorme potencial de transformación o de mejora es cuando nos encontramos ante una oportunidad. Entonces sabemos que si la dejamos escapar no volveremos a tener otra para volver a actuar en ese emplazamiento quizás durante varias generaciones. Es la diferencia con el pintor que no está satisfecho con su cuadro: él puede guardarlo, sacar otra tela por estrenar y volver a intentarlo.

La arquitectura se mueve en el inestable terreno de las oportunidades, hoy más que nunca. Porque si aún tiene algo que decir frente a otras fuerzas mucho más poderosas y lamentablemente decisivas que rigen la ciudad, su estrategia parece condenada a identificar y sacar provecho de las pocas oportunidades de que dispone. No le queda otra opción que actuar de manera puntual y selectiva tratando de desencadenar los efectos colaterales deseados. Por eso, ante un entorno con cada vez menos espacio para construir, sin posibilidad ya de intervenciones a gran escala, resulta aún más doloroso cada proyecto desperdiciado o construido en balde. De este modo, seguro que al amable lector le vendrán a la cabeza numerosos y variados ejemplos de ello. Incluso algunos que han sido el resultado de un riguroso concurso de arquitectura en el que la propuesta ganadora no pasó de ser simplemente correcta.

La sensación de haber desperdiciado una gran oportunidad siempre es amarga y duradera. Incluso puede permanecer muchos años escondida para atacarnos cuando menos lo esperamos. Sin embargo, si de algo nos puede ayudar es a no volver a desaprovechar de ningún modo la siguiente que se nos presente.

Autor:
(Girona, 1991) Arquitecto por la Universitat de Girona. Como estudiante realiza prácticas en el estudio de Álvaro Siza en Oporto. Posteriormente ha desarrollado labores en el campo de la práctica arquitectónica y la docencia.

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