Arde y no se quema. Sobre el incendio en Notre Dame y el papel de la arquitectura

Incendio de la cathedral de Notre Dame.

 

El mundo entero recordará dónde o con quien estaba mientras se quemaba la Catedral de Notre Dame. Mientras ardía, toda la humanidad ha podido sentir como propia una pérdida tan difícil de explicar como cierta. ¿Por qué secreto mecanismo dramático en el derrumbe de la flèche resonaba también la caída de otras torres a miles de kilómetros?

Tras el fuego, aún con los rescoldos humeantes, se ha desatado una increíble cadena de acontecimientos que en gran medida aluden a la condición identitaria de la arquitectura. Mientras las televisiones retrasmitían vigilias congregadas en las inmediaciones del incendio, se recaudaban cientos de millones de euros para su reconstrucción. A la vez que Eugène Viollet-le-Duc se convertía improvisadamente en un antecedente de los “arquitectos estrella”, el gobierno francés declaraba el lanzamiento de un concurso internacional para devolver su esplendor a la catedral…

 

Sin tiempo para digerir las emociones, la caldera de internet ha añadido más leña al fuego y la profesión de arquitecto se ha vuelto a ver en medio del debate. Antes de conocer el alcance real del concurso ya han recibido críticas los neogóticos (por si se hacen con el resbaladizo encargo) y el gobierno francés por haberlo convocado. Antes de saber a ciencia cierta si la estructura de piedra ha resultado dañada, se ha desatado una querella sobre si hay lugar en la reconstrucción para la arquitectura contemporánea e incluso para los arquitectos.

En menos de un día los memes sobre las mil posibles propuestas han alborotado, el ya de por sí alterado, patio de twitter. Los debates sobre si reconstruir o actualizar la aguja han llegado a temperaturas tan altas como las que se alcanzan en los momentos previos a los grandes acontecimientos deportivos. Pocos sospechaban que existiesen holligans de la arquitectura fuera de la subespecie de los críticos. Nadie se había imaginado, y menos los arquitectos, que la arquitectura aún importaba a la gente.

Pero importa. Porque la herencia construida es uno de los últimos signos de cohesión social de los que disfruta el ser humano.

 

En un país tan viejo como Francia todo ha ocurrido previamente. La jurisprudencia arquitectónica es tan sólida como las piedras del gótico. También cuando se incendió en 1836 la catedral de Chartres se convocó un concurso que tuvo como resultado una hermosa estructura metálica que ya es parte de su patrimonio. Ni siquiera la reconstrucción con nuevas técnicas es un debate nuevo. Podemos estar seguros de que, el futuro adjudicatario de la reconstrucción hará que la cubierta sea visitable, más ligera y a prueba de incendios.

El problema que ha puesto sobre la mesa la catástrofe de Notre Dame no es sólo el de la reconstrucción o el rediseño de su cubierta y su flecha. Ni acaso el del papel del arquitecto. Mientras ardía, miles de ciudades dirigían su mirada a sus catedrales, sus iglesias y sus monumentos… ¿Qué hubiese sucedido de quemarse nuestra iglesia, o nuestro patrimonio? ¿Habría encontrado el mismo filantrópico dinero para su reconstrucción? A menudo olvidamos que el patrimonio es más que un conjunto de viejas piedras, algo que explotar turísticamente o una exigua partida presupuestaria.

Notre Dame nos recuerda que su arquitectura es un símbolo. De cada uno de nosotros y de Europa misma. De Occidente, si se apura. Tal vez sea uno de los pocos símbolos que sentimos como real en esa palabra que, de tan malgastada, ya nadie reconoce como tal: cultura. Lo que suceda con Notre Dame involucra a la arquitectura como una de las pocas disciplinas, junto con la música, capaces de cohesionar individuos en algo superior a ellos. Lo que hagamos con el patrimonio determinará nuestra futura identidad colectiva.

Autor:
Arquitecto y docente; hace convivir la divulgación y enseñanza de la arquitectura, el trabajo en su oficina y el blog 'Múltiples estrategias de arquitectura'.

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