Porque los premios, los arquitectos, algunos animales y la crítica llegan siempre tarde.

 

La concesión del reciente premio Pritzker al nonagenario Arata Isozaki, sumado a casos anteriores otorgados casi a título póstumo, dan que pensar en la evidente incapacidad profesional del mundo de la arquitectura para hablar de otra cosa que no sea el pasado. Aunque tal vez no solo suceda con los premios Pritzker. Tal vez ese llegar tarde sea un mal más extenso…

Vivir con la perpetua sensación de llegar tarde se ha convertido en una patología de nuestra época: la consecuencia de vivir en un mundo urbano y apresurado.

Sin embargo, los arquitectos, por algún recóndito motivo, han hecho de ese llegar tarde su forma de estar en el mundo. Vamos a toda prisa, y ya desde estudiantes, aprendemos a vivir pegados a una fecha siempre urgente por mucho que la planifiquemos.

El hecho de llegar tarde a perpetuidad, que congrega a su vez un raro sentimiento de culpa y el inexplicable temor a ser castigado, tiene su mejor imagen en la famosa carrera entre Aquiles y la tortuga. Aun hoy, y con más de veinte siglos de distancia, como arquitectos no podemos evitar sentir tanta lástima como complicidad por el pobre Aquiles. Porque desde que el sabio Zenón decidiera otorgar una pequeña ventaja al reptil, (y que Aquiles recorriera esa distancia, y que a su vez la tortuga avanzase un poco más, y así hasta el infinito), no es que sea doloroso que ninguno haya llegado a cruzar la línea de meta, sino que sentimos como propio el ridículo que sigue haciendo al héroe de los pies veloces por no dar alcance a su oponente.

Ese ir a la carrera tras el tiempo, en el que implícitamente el perseguidor vive como el que pierde un autobús, curiosamente es una forma de relacionarse con el tiempo desde su exterior, compartida por los arquitectos y el griego. Un llegar tarde, por cierto, semejante al retraso sistemático de la propia arquitectura con su tiempo, donde la lentitud de su realización hace que necesariamente ésta pierda toda posible actualidad.

Porque a pesar de que esta vieja disciplina parece un espejo privilegiado desde el que ver los hechos de una época, lo cierto es que, en realidad, solo es un reflejo desacompasado. La consciencia de esto es la única razón que explica que los arquitectos repitan sin pudor, sobre todo a altas horas de la madrugada, la sentencia de Octavio Paz cuando decía que la arquitectura era “el testigo insobornable de la historia”. Porque a pesar de su exceso literario puede reconocerse ahí, como en cualquier atestado policial, que la arquitectura sucede tras los verdaderos hechos que trata de preservar.

Puede que precisamente por eso resulte cómica la expresión “arquitectura de vanguardia”. Porque pertenece al mismo conjunto de figuras retóricas que “inteligencia militar” o “muerto viviente”. Y, por cierto y hablando de esto último, si la arquitectura y los arquitectos llegan tarde, ni que decir tiene la crítica.

De hecho, en esta historia del llegar siempre tarde, los críticos ocupan el último puesto; por detrás, incluso, de los historiadores (que al menos, como los relojes parados, aciertan dos veces al día). Una posición compartida con otro animal que llegaba siempre tarde, aunque este si parecía consciente de ello: el conejo blanco inventado por Lewis Carroll, habitante con chaleco, reloj y chistera de “Alicia en el País de las Maravillas”, y que no paraba de repetir: “¡Dios mío, voy a llegar tarde!”, como el que sabe que el presente inmediato es solo para los inconscientes.

Y es que aquel conejo blanco no es que llegara tarde, es que él era, en sí mismo, la tardanza. Pegado a un reloj, era incapaz de entender el tiempo. De un modo semejante a quien contempla la luz que proviene de estrellas muertas hace milenios pensando en la belleza del presente.

En fin, conste que iba a intitular esta teoría del llegar tarde de esta profesión con un más claro aunque largo: “sobre el tiempo en la arquitectura con Aquiles, una tortuga, un crítico y un conejo como excusas”, pero, como siempre, los plazos no le dejan a uno pensárselo mejor… Ya saben, las fechas de entrega son las fechas de entrega.


The White Rabbit, illustration from ‘Alice in Wonderland’ by Lewis Carroll by John Zoom
Autor:
Arquitecto y docente; hace convivir la divulgación y enseñanza de la arquitectura, el trabajo en su oficina y el blog 'Múltiples estrategias de arquitectura'.

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