Caleidoscopio del Voluntariado

Decir “voluntariado” es apelar a la ambigüedad de un concepto con muchos puntos de vista posibles, numerosos métodos diferentes, pero algo común: su valoración superlativamente positiva. Como el tema es extenso para un breve texto, me centraré en una: el voluntariado en cooperación internacional. Este (también) extenso campo lo dividiré en tres: el voluntariado técnico o especializado (o la explotación encubierta), el voluntariado no profesional (más equilibrado), y las “experiencias de voluntariado” (o vacaciones norte-sur).

 

Comencemos por las últimas, las más vergonzosas. Aquí entrarían aquellas empresas encubiertas que explotan al máximo un coctail de patologías humanas infalible: el complejo de “salvador blanco” (tranquilos, ya estoy aquí; he venido a ayudar), la necesidad de valoración externa (qué valiente, qué solidario), el aburrimiento (“necesito vivir experiencias”), la búsqueda personal (“no vemos las cosas como son, sino como somos”, y demás coelhadas); y, por supuesto, el capital. El resultado es la venta (sí, pagando) de experiencias de voluntariado con un coste alto, del cual las comunidades anfitrionas reciben poco y la empresa mucho. Éstas se publicitan recurriendo a la solidaridad, tranquilizando por su seguridad, y transformando por su “realidad”. De allí, los hijos de nórdicos, jovenzuelos (o no tanto), regresan plenos, maduros, sabiendo mucho del mundo y siendo mejores personas. “Crees que vas ayudar, y cuando estás de vuelta te das cuenta de que es mucho más lo que recibes y aprendes tú de ellos…” (classic).

 

El segundo caso está más equilibrado. Se trata de proyectos en desarrollo, financiados y con personal contratado, que además incluyen una serie de plazas de voluntariado que no exigen una especialización, pero sí una madurez y una relación con el campo en el que se desarrolla, o con las organizaciones que lo promueven. Estas plazas pueden servir para apoyar las relaciones bilaterales entre la asociación financiadora y la contraparte. Las condiciones de manutención, alojamiento, y horas dedicadas, también están más equilibradas, y se puede entender que a ambas partes les compensa, que no hay un lucro ni tampoco un aprovechamiento de profesionales por la falacia del “sin ánimo de lucro”.

 

El tercer caso nace de la necesidad de personal cualificado para poder desarrollar un proyecto, pero partiendo de la idea de que, como esto es cooperación y todos somos muy solidarios en aras del bien mayor, pues ese personal no tiene que cobrar. Vemos entonces ofertas en las que se solicita un arquitecto para una dirección de obra, para realizar un proyecto de ejecución, o para la implementación de medidas marcadas por los objetivos de cooperación, pero que no dan nada a cambio; en ocasiones, ni cubren los costes. En esta contradicción se construyen, por un lado, proyectos que mejoran las condiciones de vida de las personas, mientras que por otro se normaliza la precarización de perfiles profesionalizados en ese campo.

Porque ese es otro asunto a recalcar: la Cooperación Internacional es una especialización, una capa superpuesta a nuestra formación técnica. Yo me considero una persona sensibilizada, que siempre ha ido de la mano de las causas necesarias; sin embargo, hasta que no hice el posgrado en asentamientos humanos precarios y habitabilidad básica, no me di cuenta de todo lo que me faltaba por aprender, y todos los errores que habría cometido actuando exclusivamente desde mi formación básica como arquitecta, a pesar del background internacional y la conciencia por las problemáticas humanas. La frase “oferta de voluntariado: arquitecto” es en sí una paradoja lingüística. Dejemos claro que si se busca un perfil con vasta formación, especializado, no se puede pedir que sea un voluntario. Si no pagas, no “ofreces”, así que eliminemos el término “oferta”.

Los entornos vulnerables no son un patio de cole para que busquemos verticalmente “experiencias de vida”. Las ONGs y fundaciones que se alimentan del recurso del voluntario y la exaltación del altruismo, enviando, una de dos, o a perfiles profesionales precarizados, o a pipiolos verdes sin experiencia de campo ni vinculación real, merecen una revisión con lupa, la duda, y la crítica. Y las comunidades receptoras merecen un mayor respeto, no ser conejillo de indias de nuestra falta de formación, precarización, o necesidades espirituales.

Autor:
(Almería, 1986) Arquitecta formada entre Granada, Venecia, Londres, Santiago de Chile y Madrid. Especializada en memoria y arquitectura popular (tesina de investigación, UGR), Asentamientos Humanos Precarios y Habitabilidad básica (postgrado UPM), realiza un activismo por investigación, documentalismo, divulgación y acción cultural, especialmente centrada en la experimentación arquitectónica, la cultura contemporánea y el medio rural.

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