Arquitectura de juguete

La imagen es una maqueta de la catedral de Santiago que me trajeron los Reyes. Foto: Por José Ramón Hernández

 

Soy un tipo con suerte. Tanta que a veces, sin proponérmelo, suscito la envidia de mis amigos y compañeros.

Mis dos récords en esto son:

1). Me libré de la mili porque en el sorteo salí “excedente de contingente”.

Y, sobre todo:

2). En toda la carrera de arquitectura no hice ni una sola maqueta.

No tengo explicación para ninguna de las dos cosas. No hice nada, no busqué la forma de librarme, no culebreé, no me escaqueé. Sencillamente salió así. Aún no me lo explico.

Se me da tan mal construir maquetas, y me es tan trabajoso, que creo que si en la clase de proyectos me hubieran obligado a hacerlas habría procedido al revés: Tomar de entrada una tostadora, por ejemplo, y diseñar el edificio con esa forma. Vamos, estoy convencido de que lo de Gehry con los prismáticos fue por eso.

 

Bueno, pues tantos años después, y ya definitivamente a salvo de todo, de vez en cuando me da por hacer maquetas. Es muy divertido. (Todo es muy divertido cuando nadie te obliga).

Pero las maquetas son una trampa. Cuidado. Solo atienden una faceta de la arquitectura, y no la más importante: Su aspecto exterior. Y, además, por buscar eso se suele ir contra lo principal.

No son maquetas de arquitectura, sino maquetas de formas de objetos macizos. La realidad de la arquitectura, su espacio interior, su distribución, no tiene nada que ver con esto. Aquí se trata de fetiches. La forma de armarlos tampoco guarda relación alguna con la construcción de los edificios que evocan.

Son juguetes. Es muy divertido –y ahí radica su gracia- que tengan que simplificar las formas de los modelos para poder evocarlos, y que juntando papeles o piezas de plástico se vayan configurando esas simplificaciones tan curiosas. Pero no nos engañemos: No son maquetas de trabajo ni de estudio para comprender. Son pura diversión.

 

Aun así hay varias categorías. Por ejemplo, las maquetas de Lego son un lujo, una opulenta exhibición. Sus autores hacen auténticas recreaciones para evocar el agua de Fallingwater o las cáscaras de la ópera de Sidney con las piezas de plástico. (De los pilares de la Farnsworth mejor no hablamos).

Los de Cubic Fun, mucho más modestos, se las ingenian también para que sus finas planchas pre-troqueladas de cartón-pluma se ensamblen sin necesidad de pegamento y hagan fácil lo difícil.

Las maquetas de papel de cortaypega son las más profesionales. Aunque, como maquetas que son, también buscan el aspecto exterior del objeto y su componente de elemento decorativo, profundizan más en los aspectos constructivos y espaciales y a menudo hacen reflexionar sobre la realidad arquitectónica (teniendo en cuenta, naturalmente, que una cosa es construir el edificio y otra muy distinta montar su remedo de papel).

Los tres ejemplos que digo tienen además el detalle –cada uno en su línea y para su público- de hablar de los edificios tratados y de aportar datos, fotos e incluso planos que sirven para conocerlos mejor y para dar cierta base al mero pasatiempo.

Bueno, aquí lo dejo. Me voy, que tengo que montar el Guggenheim de Lego (la segunda versión, mejorada), que ni tiene rampa helicoidal ni nada, pero mola un pegote.

Autor:
Soy arquitecto desde 1995, y desde entonces vengo ejerciendo la profesión liberal. Arquitecto “con los pies en el suelo” y con mucha obra “normal” y “sensata” a sus espaldas. Además de la arquitectura me entusiasma la literatura. Acabo de publicar un libro, Necrotectónicas, que consta de veintitrés relatos sobre las muertes de veintitrés arquitectos ilustres.

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