J.R.R. TOLKIEN: REVOLUCIÓN INDUSTRIAL, ARTS & CRAFTS Y ART NOUVEAU EN LA TIERRA MEDIA

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Por Helia de San Nicolás Juárez

Desde  Ficarq

“La capacidad didáctica del cine es de sobra reconocida, sobre todo cuando aborda aspectos que describen la realidad de una determinada época o, en el caso que nos ocupa, de las corrientes arquitectónicas de un determinado periodo histórico.

La obra literaria del británico -nacido en Sudáfrica- J.R.R. Tolkien (1892-1973) resulta extraordinariamente didáctica en lo que se refiere a la arquitectura del siglo XIX. Los textos fantásticos de este original escritor –entre los que se encuentra El Hobbit y El Señor de los Anillos– han sido llevados al cine con gran éxito de taquilla en los últimos años por el cineasta Peter Jackson que, junto a su equipo artístico y técnico, resolvió eficazmente la ardua tarea de trasladar los textos de Tolkien al celuloide, recreando los espacios y construcciones descritas en las páginas de sus manuscritos. Estos escenarios, hasta ahora tan solo imaginados por el lector partir de los textos de Tolkien, resultan esenciales para el desarrollo de las tramas argumentales de la saga, ya que no solo localizan de forma precisa un lugar específico dentro de la Tierra Media sino que, a la vez, aportan información sobre la vida de los personajes que allí habitan.

 Por un lado es posible situar la fortaleza de Isengard, donde bajo la supervisión de Saruman, sus obreros –orcos- fabrican un ejército de iguales modificados (uruk-hai) en un interminable proceso casi mecanizado, recordando a los propios de las fábricas textiles y metalúrgicas del siglo XIX en Inglaterra, donde los empleados eran explotados en largas jornadas laborales extenuantes por un mísero salario –-tal vez ni eso en el caso de estos orcos-.  Las tareas mecánicas y repetitivas fueron favorecidas por la división de tareas en los procesos industriales que, junto con los avances tecnológicos, energéticos y organizativos, permitieron la producción en masa de objetos de diversa índole. Estos productos industriales serían posteriormente expuestos en ferias expositivas internacionales como la de Londres de 1853 o la de París de 1889. El valor artesanal de los productos, por tanto, quedaba en detrimento de la capacidad productiva y su consecuente fabricación en masa de productos (…)”

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