Elogio del desbarajuste

Fotograma de la película Una noche en la ópera, de los Hermanos Marx, dirigida por Sam Wood y Edmund Goulding en 1935.

 

En una de las primeras obras que dirigí en mi vida había que sacar una línea perpendicular a la de la fachada. El albañil clavó una barra de acero en el punto por donde había que trazar esa perpendicular, clavó otra a tres metros exactos siguiendo la línea de fachada, y tiró una cuerda entre ambas, de manera que sobrara por los dos lados.

Por uno, marcó a los cuatro metros, y, por el otro, a los cinco. Después se fue con ambos extremos en la mano hasta que se quedaron tensos. Hizo coincidir las dos marcas (la de cuatro y la de cinco) y allí clavó otra barra. Asunto resuelto. Yo tardé unos segundos en darme cuenta de lo que había hecho.

-¡Pitágoras! –dije- ¡Ese es el teorema de Pitágoras!

-No sé qué dices, muchacho. Esto se ha hecho así toda la vida.

Me quedé pasmado. Nunca se me habría ocurrido eso.

Así empecé mi profesión: teniendo que dar instrucciones y órdenes a gente que sabía mucho más que yo.

Creo que eso nos ha pasado a todos. Salimos de la escuela con un montón de conocimientos que en un primer momento no nos sirven, y, en cambio, carecemos de otros imprescindibles. Al final, somos capaces de adquirir estos e integrarlos con aquellos, y terminamos por dar sentido al desbarajuste de formación e información que hemos padecido durante años.

Lo pienso muchos años después y creo que, más que los conocimientos específicos que me dio la escuela, lo que de verdad me educó, y de lo que sigo viviendo cada día, fue la necesidad de buscarme la vida en medio del caos, de no tener ni idea de un tema y tener que saberlo en cinco minutos, de aprender cosas contradictorias o incluso contrarias según en qué asignatura o con qué profesor, de tener que estar al mismo tiempo enseñando croquis y haciendo una práctica de instalaciones. Eso me formó, y eso me permite seguir activo en un mundo en el que todo cambia a diario y nadie te explica nada.

Un aspecto que entonces me desesperaba pero que hoy agradezco es ese desbarajuste de la escuela, esa incompatibilidad de horarios, esa imposibilidad de estar en dos sitios a la vez. Pero (no sé cómo) lo conseguíamos.

Hoy veo que mis hijos no necesitan ni tomar apuntes. Los tienen en la web, colgados por los profesores. Y también tienen los enunciados de las prácticas, cuyos horarios no se solapan.

No sé: Demasiado bien organizado todo, ¿no? Ya sé que los estudiantes me vais a correr a gorrazos, pero creo (cada vez más) que una buena dosis de desorden y de arbitrariedad curte mucho y despabila.

Si hoy tenéis un examen de álgebra a la vez que un test de estructuras y salís airosos, el día de mañana no habrá arquitecto municipal ni funcionario de Consejería de Cultura que os tosa, y seréis más fuertes que el Steven Seagal y el Chuck Norris juntos.

Autor:
Soy arquitecto desde 1985, y desde entonces vengo ejerciendo la profesión liberal. Arquitecto “con los pies en el suelo” y con mucha obra “normal” y “sensata” a sus espaldas. Además de la arquitectura me entusiasma la literatura. Acabo de publicar un libro, Necrotectónicas, que consta de veintitrés relatos sobre las muertes de veintitrés arquitectos ilustres.
  • Luis - 10 febrero, 2015, 11:39

    Muy acertado el artículo. Supongo que desde la perspectiva que te dan tus mas de 100 años de profesion (es broma, pero mira que pone que eres arquitecto desde 1895).

    • José Ramón Hernández Correa - 10 febrero, 2015, 18:56

      Es una errata que se viene arrastrando, pero, como me ha sugerido un amigo en twitter, lo voy a cambiar por “soy arquitecto desde siempre”.
      (Gracias por tu comentario).

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