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¿Subastamos o concursamos? 

Fuente imagen: http://commons.wikimedia.org/

Hubo una época en la que los concursos de arquitectura sirvieron para espolear la imaginación de los arquitectos. Concursos como el de la madrileña Casa Sindical (de Cabrero y Aburto) o el Gobierno Civil de Tarragona (de Alejandro de la Sota), se convirtieron en auténticos revulsivos para inaugurar una nueva etapa en la Arquitectura Moderna española tras la Guerra Civil. Pero ya casi nos hemos olvidado de ellos…

Hoy, inmersos como estamos en una crisis que trasciende al ámbito económico, los concursos ya han dejado de representar nada loable. Hace unas semanas, el catedrático José M. Torres Nadal defendía la idea de suprimir los concursos de arquitectura, apelando a que la coyuntura actual no parece demandar más soluciones sino mejores preguntas. Creo que, aunque parezca una postura maximalista, es certera, en la medida que tenemos que empezar a cultivar un mayor espíritu crítico para afrontar el cambio de paradigma al que nos tendremos que ir enfrentando los próximos años.

Mientras tanto, me atrevo aquí a proponer que, además de hacer un ejercicio de autocrítica, nuestros máximos representantes y autoridades revisaran de una vez por todas la obsoleta Ley de Contratos del Sector Público. Aunque aprobada en 2011, en realidad en lo que a los arquitectos nos afecta, no ha habido cambios sustanciales desde hace lustros. Y ya toca. Especialmente en lo relacionado con las peculiaridades de los concursos de Proyectos específicamente, pensando en el servicio a la Sociedad para el que estos deberían ser planteados. Si, como se afirma desde la clase política, se pretende impulsar la I+D y la calidad en la oferta de productos y servicios, la LSCP no debería abundar en criterios meramente cuantitativos sino estrictamente cualitativos.

En ese caso, deberían primarse los criterios de calidad arquitectónica por encima de cualquier otro a la hora de valorar las ofertas presentadas. ¿Acaso tiene más valor comprometerse a realizar el Proyecto en un par de semanas menos de los marcados en el Pliego de Condiciones cuando luego se pierden semanas en su tramitación administrativa? Más bien todo lo contrario: si queremos calidad, necesitamos disponer de más tiempo para meditarlos y redactarlos. ¿Resulta más beneficioso para los futuros usuarios que el ahorro para las arcas del estado sea el máximo posible en vez de asegurar que el Proyecto se ajusta realmente al presupuesto inicialmente estimado en las bases del concurso o que los costes de mantenimiento, de conservación o de consumo energético son asumibles en un futuro? Ahí es donde verdaderamente se ahorraría, y con creces.

El borrador de la LSCP apuesta por aumentar la competitividad, pero solo en términos económicos, no de calidad profesional. Si aceptamos que nos sigan obligando a competir por ser los mejores “subasteros” y no los mejores concursantes de proyectos, nuestro futuro quedará aún más en entredicho. Deberíamos preocuparnos (todos) por competir en ofrecer la mejor calidad en nuestros proyectos arquitectónicos, no el menor coste. La sociedad sabrá reconocer nuestra valía por los edificios que somos capaces de darles, no por lo que les hemos ahorrado en la pugna. No se trata de hacer falso corporativismo en el establecimiento de honorarios mínimos, sino de lograr que se concurse por hacer buena arquitectura y no otra cosa.

Autor:
(Teruel, 1974) Arquitecto por la ETSA.Valladolid (1999) y doctor en Arquitectura (2013). Fundador del estudio [r-arquitectura], oficina de proyectos arquitectónicos y editor del blog de [r-arquitectura] . Investigador permanente sobre Arquitectura Moderna y Contemporánea, profesor de la ETSA.Valladolid, y autor del libro Mies van der Rohe: el espacio de la ausencia.
  • Raquel Martínez - 20 octubre, 2014, 15:14

    Certero artículo, Rodrigo!
    Hemos hablado mucho de la reinvención de la profesión (con todos mis reparos para el término), pero poco de una de las formas de acceso a la misma más extendidas y, lamentablemente, pervertidas.
    Los criterios económicos mal entendidos – no velando por la coherencia del proyecto con el presupuesto estipulado, sino atacando directamente la supervivencia del proyectista con bajas temerarias – han desterrado cualquier otro indicador.
    Sin duda sería muy pertinente el debate que planteas, ojalá alguien recogiera el guante!

    • Rodrigo Almonacid - 20 octubre, 2014, 15:53

      Como bien dices, Raquel, estamos obligados a ser más ingeniosos con nuestro mercado laboral. Pero tampoco podemos renunciar a nuestro ejercicio “tradicional”, entre los que los concursos era una vía de acceso a oportunidades laborales (normalmente singulares). Creo que desde el CSCAE se podría intentar tratar esos aspectos legales con el Gobierno más obsoletos para ajustarse al nuevo paradigma profesional (como, por lo demás, ya se ha hecho actualizando otras leyes en tiempos recientes); y desde los COAs se podría intentar lograr más compromisos a nivel local/regional con las instituciones públicas que se ocupan de sacar concursos de licitación de servicios profesionales, para fijar una especie de baremo de honorarios con los que dejar a un lado la deshonrosa pugna por ellos (de hecho, ya se usan en algunos casos de litigio judicial o para asuntos presupuestarios de Diputaciones Provinciales, p.ej.). Es cuestióm de voluntad política y de obrar con sensatez para lograr el bien común (el edificio resultante del concurso), ni solo en bien de nuestro gremio profesional.
      Gracias por tus palabras.

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