EL DÍA EN EL QUE LE CORBUSIER VISITÓ EL GIMNASIO MARAVILLAS. IN MEMORIAM.

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Un mediodía francés, en el verano de 1962, Charles Edouard se encontraba sentado frente al mar ojeando un montón de revistas que su amigo José Luis S. le había traído. Dio la casualidad de que justo antes de levantarse para comer, y entre dibujo y libro (pues tenía por aquel entonces la costumbre de llenar cuatro o cinco moleskines al día y escribir un par o tres de libros a la semana), topó con un pequeño gimnasio publicado en una revista editada por el Colegio de Arquitectos de Madrid, y construido no hace más de un año en la calle Joaquín Costa. Cuidadosamente sacó las tijeras y el pegamento e ipsofacto cubrió una página de su libreta con recortes del edificio, llenando los espacios en blanco con trozos de un par de revistas de National Geographic que había estado últimamente utilizando como posavasos (muchos años después un tal Enrique M., que encontró la moleskine en la Fondation Le Corbusier, sin catalogar, y la sustrajo disimuladamente, se atribuiría la autoría del collage). Después de años discutiendo con los frailes dominicos sobre si el patio tenía o no que estar abierto en sección (costó meses que entendieran los dibujos), decidió que merecía un capricho, y se dispuso a hacer las maletas para visitar la torre BBVA, que aunque no había sido aún construida él ya había dibujado tras una de las fotografías del gimnasio (y se veía francamente bien). Llegó a Madrid un lunes por la mañana, y perdió un par de horas en un atasco de la Castellana que un francés provocó cuando estrelló su Citröën, que tras una serie de modificaciones para que tuviera aire acondicionado nunca había vuelto a funcionar demasiado bien (aunque mejor que el bote de Alvar A.), contra un semáforo que se resistía a ponerse en verde. Se vio obligado a seguir a pie con su maletín y sus útiles de dibujo a cuestas, y dado que por aquel entonces en la Castellana no había pasos de cebra ni semáforos (hecho de lo más extraño, pues le parecía recordar haber estrellado su Citröën minutos antes contra uno), no pudo cruzar a visitar la parcela de la Torre, ni hacer una parada en El Corte Inglés para comprar un portaminas Pentel (el amarillo que utiliza Norman F.) y que había dejado de fabricarse. Se tuvo que conformar con girar a izquierda (¿o a derecha?) por una calle tremendamente inclinada, y se detuvo a tomar aire apoyado en un horrible muro de ladrillo, con zócalo de metal, y luego ladrillo basto, ladrillo liso y una preciosa cristalera, y luego una valla que aunque no atisbaba por completo le recordó a una grácil jirafa (y así anotó rápidamente en un kleenex que encontró en su bolsillo). Subiendo un par de metros más giro nuevamente izquierda (pero únicamente porque ya llevaba un buen rato caminando recto), y fue a parar a un suelo de madera que le resultaba vagamente familiar. Abriendo su moleskine frente a él y abarcando por completo el espacio con su mirada enorme tras sus gafas de concha de tortuga, afirmo: “¡Me han robado mi obra, y la han destruido, está todo del revés!”. Apoyó entonces contra el potro su maletín, se quitó y plegó cuidadosamente la ropa sobre la barra de equilibrio, sacó y cargó sus pinceles, dispuesto a hacer aquel lugar de nuevo suyo. De nuevo y por última vez, navajazo en pierna y calzón blanco, comenzó a pintar con murales todas las paredes que allí no servían para nada. En 10 segundos estaba listo, pues no había encontrado lugar sobre el que descargar su violento arte. No se sabe bien cómo el lunes por la tarde estaba de nuevo sentado en su cabaña al sol. Personaje polifacético, enérgico y virtuoso, nunca dudó en recorrer el mundo a golpe de pincel, destruyendo y volviendo a construir, legando su saber a todos los que escuchaban, y pocos fueron los lugares en los que no pintó nada.

¡Gracias Maestro! Me impresionará siempre tu elegancia._[1]

PD: Los hechos relatados guardan similitud ninguna con la realidad. La extensa red de relaciones temporales, arquitectónicas y anecdóticas es, en cambio, esencia misma de la percepción. Durée, diría Henri B.

Les invito a descubrirlas en los comentarios.

[1] Escrito a la muerte de Le Corbusier, 1965. Alejandro de la Sota


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Eutimio Montes

Eutimio Montes

Arquitecto por la Escuela de Bellas Artes de París, no hace más de 200 años, ni menos de 20. Rastreador de anécdotas raras. Coleccionista de palabras y de expresiones. A veces me descubro pronunciando frases que no son mías. En realidad nunca me licencié: aproveché mi copia de llaves de secretaría para imprimirme un título. Escritor pseudónimo.
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