EL YUGO DORADO

YUGO -jose-maria-echarte-fundacion-arquia-explotacion-laboral

Todos conocemos ciertas leyendas urbano-laborales. Haber trabajado en tal sitio te abrirá las puertas de tal otro. Una experiencia insuperable. El trabajo por el que millones de personas matarían. Un sello de calidad, un marchamo de excelencia que cursa con noches sin dormir, una buena ración de maltrato laboral y –tradicionalmente- poco o ningún sueldo que lo justifique.

Pero cuidado. Haríamos mal en quedarnos únicamente con una capa de información superficial. Con los rumores sobre faxes que vuelan y arquitectos a los que se somete a regímenes de control mental dignos del tratamiento Ludovico (te echan. O quizá no. No lo sabes. O sí. Depende).  El verdadero peligro subyacente bajo esta apariencia teatralizada es la ausencia de análisis crítico propio y, con él, de respeto por la propia labor. El aprendizaje perverso de un sistema que potencia la uniformidad de pensamiento aborregado y para el que la disensión debe ser controlada. Uno que convierte a un arquitecto –en toda la extensión de su capacidad de análisis y trabajo- en un simple replicador acrítico.

Que lo transforma, a la postre, en el engranaje –fácilmente reemplazable- de un sistema cuyos beneficios disfruta una minoría que, como todas las elites altamente extractivas, gusta poco de ser cuestionada.

Resulta extraño en una profesión que hace gala de su capacidad de cuestionar e investigar que esa investigación, ese cuestionamiento, no empiece por uno mismo. Por –seamos claros- el precio de las lentejas y la necesidad de comerlas. No es entendible que seamos capaces de desentrañar complejos programas y funcionamientos sociales… y permanezcamos ciegos ante la banalización de los derechos más básicos de un trabajador.

No lo es cuando, en un alarde de surrealismo que haría llorar a Kafka, la cuestión se traduce en un lavado de cerebro en el que es el explotado el primer defensor de su condición. Nosotros, los elegidos. Los que no dormimos. Los que no cobramos. Los que pagamos para trabajar. Los que nos llamamos –fíjense que risa- a nosotros mismos esclavos con un inexplicable orgullo imbécil (True story!). Si el mejor truco del diablo fue convencernos que no existía (y el de contratar a Mick Jagger para ser su heraldo), el del neoliberalismo explotador y de doble faz es haber convencido a sus víctimas de que serlo les otorga un yugo más bonito y mejor que a los demás.

Muchas veces bromeamos con lo arduo de una carrera que nos obliga a no dormir, a correcciones públicas no siempre todo lo educadas que deberían ser (o, directamente, irrespetuosas. Inexplicables para quien se dice docente). Nadie dijo que estudiar arquitectura, o que ejercerla, debiera ser fácil. Y probablemente no deba serlo. Sin embargo, en esa complejidad debe incluirse la capacidad de crítica y, sobre todo, de respeto por nuestra labor que nos permita desnudar la realidad para entender que lo que parece impresentable… generalmente lo es. Lo será siempre por mucho que se camufle, cual gatopardo inamovible, de cambio falsario, de tradición vergonzante, de esfuerzo mal entendido o de falsa pertenencia  absurdos clubes.

O de yugo… por muy dorado que este sea.

Imagen: Yugo. Autor del original Juan R. Lascorz (Original en color, cambiado a B&N). CC. 


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José María Echarte

José María Echarte

José Maria Echarte Ramos (Almería, 1973) es Arquitecto por la ETSAM (2000) y como tal ha trabajado en su propio estudio en concursos nacionales e internacionales, en obras publicas y en la administración. Desde 2008 es coeditor junto a María Granados y Juan Pablo Yakubiuk de n+1 Blog de Arquitectura y Crítica.
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7 Comentarios

  1. Carlos Cámara - 16 octubre, 2015, 10:07 Responde a este comentario

    Muy de acuerdo, Jose María: si no empezamos respetándonos a nosotros mismos, ¿cómo podemos exigir a los demás que nos respeten?

  2. alberto - 16 octubre, 2015, 10:12 Responde a este comentario

    No te falta razón..pero ahora que lo pienso..¿no tenemos unas cuantas “organizaciones” que deberían velar por estas cuestiones? Porque si además de buscar empleo, trabajar, “charlar con los clientes”, etc..tenemos que luchar, se nos acumulan las tareas..y el día solo tiene 24 horas…
    ¡Gran post!

  3. Adrián - 16 octubre, 2015, 13:52 Responde a este comentario

    Desde bien pronto en la universidad te adoctrinan para pensar que por cada hora de trabajo del resto, tú tendras que trabajar tres, cursarás un año extra de grado, porque “ser arquitecto lo vale” y dormiras poco, o nada si la situación lo requiere.

    Seamos consecuentes, si en la escuela nos enseñan que lo normal es vivir con el yugo puesto ¿Qué te hace pensar que intentaremos quitárnoslo cuando entremos al mundo laboral?

  4. Miguel - 16 octubre, 2015, 14:04 Responde a este comentario

    Lo del respeto me parece un argumento demasiado débil. Sale muy fácilmente en el momento que no nos gusta algo.
    No se entienda con esto que apruebo los malos tratos, pero hay una cosa que se llama Legislación Laboral que está por encima de cualquier apreciación subjetiva.
    Si un empleador, sea empresario, autónomo o la madre del cordero, no la cumple, al hoyo.

  5. Manuel Saga - 16 octubre, 2015, 18:13 Responde a este comentario

    Al hoyo!

    Qué voy a decir, completamente de acuerdo. Me empiezo a dar cuenta de la cantidad de veces que usamos la expresión “buscarse las lentejas” cuando hablamos de estos temas. Deberíamos montar una “asociación de arquitectos preocupados por las legumbres”…

  6. Jose María Echarte - 16 octubre, 2015, 18:32 Responde a este comentario

    Creo, Adrian, que la diferencía está en que en una escuela no estas en un sistema laboral reglado (Al que hace referencia Miguel). Asumo que la carrera es compleja y que debe serlo porque es una enseñanza universitaria y porque no es una disciplina sencilla. En cuanto al grado… hasta donde sé, es una elección personal y no obligada (por mi parte, pienso que merece la pena completar el año de máster; pero repito: es una opción).
    Yo reconozco que dormía poco…. y, también, que soy poco organizado y que había compañeros que se hacían sus 8 horas de sueño como campeones. En otras palabras: No comparto la comparación entre una carrera que no es -ni debe ser- fácil y una situación laboral de explotación en la que existen beneficiarios extractivos.
    Baste como ejemplo que los Ingenieros de Caminos curran igual que nosotros en la carrera (caeríamos en un cliché muy infantil si pensáramos que sólo nosotros tenemos que esforzarnos en la universidad)… y no tienen este problema que resulta endémico en nuestra profesión.

    Miguel, el respeto es básico. Si no se cobra por el trabajo con justicia, poco respeto se demuestra por la labor propia y por lo que ha costado adquirir los conocimientos necesarios para desarrollarla. Si prefieres el término “cuidado” (de cuidar, proteger) me parece válido igualmente: Rebajar una profesión hasta su absoluta precarización es la mejor forma de banalizarla, de convertir lo que hacemos en poco valioso y de no proteger ni cuidar nuestras competencias y capacidades. Nuestra -la palabra no es casual- disciplina.

    Es evidente que existe una legislación laboral. Y es evidente que debe cumplirse y que existen las denuncias a trabajo. También, es evidente que hay a quien le sale mucho mejor negociar a posteriori tras haber sido denunciado y que esto acaba siendo como la amnistía fiscal: Un -excuse my french- choteo. Tú y yo sabemos que hay quienes alardean de que si les pillan aun salen ganando y es por esto que la capacidad auto-crítica es fundamental.
    No puedo evitar que haya piratas, corsarios y hasta bucaneros, pero puedo intentar (y para eso está en parte una universidad) fomentar la capacidad crítica y el respeto por la profesión para que resulte inimaginable someterse a una explotación en la que -como bien sabemos- en algunos sitios se paga por trabajar.
    ¿Es una cuestión rápida? ¿De fácil solución? No; desde luego que no. Pero por algún sitio hay que empezar. Estas situaciones se asumían en la ETSAM que yo conocí en los 90, se trasladaba la especie de que era lo normal; lo común. Incluso se practicaban (en algunos casos) en la propia escuela. Y eso es lo que genera un caldo de cultivo muy particular. Uno en el que recién egresados de mi quinta que estaban sudando tinta china y explotados a precio de saldo en un estudio de copete se consideraban “mejores” y “más arquitectos” -ambos términos me ponen malo- que otros compañeros que marcharon (con excelente criterio por lo visto) a trabajar en sitios menos conocidos pero donde les pagaban con contrato, según convenio y hasta con horas extras.
    Que eso suceda en arquitectos recién titulados, y que suceda a TAL ESCALA es indicativo -para mí- de que algo estamos haciendo mal.

  7. Adrián - 21 octubre, 2015, 2:40 Responde a este comentario

    Nadie dijo que hacer una carrera fuera fácil, ni que debiera serlo. No se habla de dificultad, sino de Yugos.

    El grado en arquitectura, tiene, de base un año más que el resto de grados (Con la salvedad de medicina), master aparte, ya se asume que tendras que esforzarte más que el resto para lograr un mismo objetivo, un título y una profesión.

    Y más allá de este año “de regalo” que más que criticas ha recibido aplausos (Bien es sabido que los arquitectos pelearon a capa y espada con los señores bolonios para que su querida carrera no perdiera años), tampoco se quiso tocar ese mágico aura de trabajo intenso (Más que el resto y más de la cuenta) que envuelve todo en la escuela y que daría para escribir un par de biblias.

    Nosotros mismos tachamos la profesión de sufrida, nos ponemos la etiqueta, el yugo, la escafandra, y el disfraz gigante de vendedor de pollo frito, de trabajadores.

    Que no se respeten los derechos fundamentales de los trabajadores no es correcto, y esto es un hecho. Pero que nos sorprenda que haya gente que se aproveche de esta tradición simiesca del “A ver quien trabaja más antes de morir de sueño” es incongruente por nuestra parte. ¿Acaso no tacharíamos de loco al agricultor que sembrase trigo esperando recoger arroz?

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