Espacio público y vergüenza ajena (y II)

En la primera parte de este artículo decía que el espacio público es algo que los ciudadanos nos hemos dado a lo largo del tiempo y me quejaba de cómo las administraciones públicas a menudo nos lo escamotean.

Hoy, sin embargo, creo que toca hablar de nosotros, y cuestionarnos si nos merecemos tener espacios públicos, patrimonio público y servicios públicos. Son lo más sagrado de la sociedad, pero muchos demuestran a cada momento que no se los merecen, y ponen en serio peligro no solo nuestro disfrute de ellos, sino incluso nuestra subsistencia como sociedad.

El hecho de que tengamos espacios y servicios públicos significa que estamos dispuestos a renunciar a algunas comodidades egoístas para obtener utilidad pública, consolidación social y progreso. Y, además, estamos dispuestos a pagar por ello. No hay mayor grado de evolución.

Pero, al mismo tiempo que esa tendencia es connatural al ser humano, eterna e imparable, he visto a alguien pararse ante un rosal del parque y arrancarle las flores para quedárselas. He visto incluso –no me vais a creer- a un viandante tirar un papel al suelo.

He visto a un conductor aprovechar la espera ante un semáforo en rojo para vaciar el cenicero sobre el asfalto. He visto a otro orinando en un precario rincón de intimidad entre la puerta abierta y la cabina de su furgoneta. Y a otro más haciéndolo en un portal.

He visto a un pasajero del tren de cercanías sentado en un asiento y con los pies sobre el de enfrente.

He visto a alguien aparcar su coche en el centro de un hueco en el que cabían dos.

¿Por qué lo hacen? Puedo sospechar que por disfrutar un placer personal en vez de colaborar en el de todos. Creo que aprovechan la oportunidad de obtener un pequeño beneficio propio inmediato, siempre mezquino, en vez de poner un grano de arena para procurar uno más duradero y para todos. Es una forma lenta de suicidio, pero creo que no se dan cuenta. Eso sí: Mueren matando. Nos matan a todos. Nos echan al monte con la faca entre los dientes. Hacen que el mundo sea un desastre y luego argumentan sus supuestas razones: “¿Veis? Todo esto es una mierda. Menudo barrio. Menudo ambiente. Yo aprovecho lo que puedo porque si no se va a perder. Y si no lo hago yo lo hará otro”. Profecías autocumplidas en las que todo se deteriora, y nosotros los que más.

Por ejemplo, si en el hueco en el que caben dos coches aparco el mío apurando para que pueda caber otro tengo que trabajar más, tardo más y encima es muy posible que cuando después aparque el otro me dé un golpecito. Y luego para salir voy a estar más aprisionado y me va a costar. A la porra: Lo cómodo es plantar mi coche en medio. Con esa actitud todas las ventajas son para mí, y el único inconveniente es para quien venga más tarde buscando donde aparcar. Pues que se fastidie. “Yo no soy tonto”.

Creo que estos “pequeños pecadillos” cotidianos son los que van minando nuestra sociedad y nuestra fe en la humanidad. Son los que acaban con el civismo y con la urbanidad, y, por lo tanto, con la ciudad y la estructura social.

Sin solidaridad no puede haber espacio público, sino solo rincones marginales y residuales.

Y si solo hay esos desperdicios, esos espacios de desidia, no puede haber sociedad, ni urbanismo, ni arquitectura ni nada.

 

 

Autor:
José Ramón Hernández
Soy arquitecto desde 1995, y desde entonces vengo ejerciendo la profesión liberal. Arquitecto “con los pies en el suelo” y con mucha obra “normal” y “sensata” a sus espaldas. Además de la arquitectura me entusiasma la literatura. Acabo de publicar un libro, Necrotectónicas, que consta de veintitrés relatos sobre las muertes de veintitrés arquitectos ilustres.

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