Espacio público y vergüenza ajena (I)

El viejo Aristóteles dijo que el ser humano es un animal político. ¿Qué quiere decir eso? Pues que necesita asociarse con otros, convivir, crear espacios de relación, colaborar… y todo eso se concreta en la ciudad (polis).

Por lo tanto, la ciudad no es solo la fuente, sino también la consecuencia de la política. Las relaciones humanas son relaciones urbanas. Política (polis), urbanidad (urbe), civismo (civis). Política = urbanismo.

El cívico es ciudadano, vive en la ciudad y necesita llegar a un acuerdo con sus convecinos. El villano vive en una villa, no tiene vecinos directos y no necesita acordar nada con nadie.

Todo lo que rodea al villano es suyo, es propiedad privada, y todo lo que rodea al ciudadano es de todos, es público.

El villano es el de “prohibido el paso”, “cuidado con el perro” y “no se admiten forasteros”. El ciudadano es el de “bienvenidos”, porque “la unión hace la fuerza”.

El villano arregla -si le apetece y cuando le apetece- su propio aljibe con sus propias manos y con su propio dinero. El ciudadano paga -quiera o no quiera- con su dinero, unido al dinero de todos los demás, un bordillo de una calle por donde no ha pasado en su vida y tal vez no pase jamás.

El villano es el malo de la película, el egoísta, el insolidario. El ciudadano es el bueno, el solidario, el colaborador.

De esa solidaridad social y cívica nace la civilización. De la civis y del espíritu cívico.

La civis es uno de los grandes inventos de la humanidad. La colaboración de los humanos (de los presentes entre sí y también con los pasados y los futuros) aunando fuerzas e inteligencia en un proyecto común es algo imparable.

 

Disfrutamos de una plaza porque las generaciones anteriores decidieron no colmatar de edificación esa zona y dejar ese espacio libre, y las futuras disfrutarán de un parque que estamos creando ahora. Así, el espacio público no es solo lo que nos pertenece a todos sincrónicamente, sino también diacrónicamente y, en este sentido, es la cristalización de nuestra historia cívica y de nuestra fe en nosotros mismos como sociedad.

Por eso su depauperación es un crimen.

 

Todo esto lo digo porque, por ejemplo, cada vez veo menos fuentes de agua potable y menos bancos en las calles. Cuando era niño había muchos más. Ahora, en cambio, hay mucha más oferta de todo, pero pagando. Las calles están llenas de terrazas donde te puedes sentar cómodamente (si da el sol hay sombrillas, e incluso rociadores de agua). En la calle se está más a gusto que nunca, pero pagando.

También es cada vez más habitual ver pequeñas miniterrazas, en principio provisionales y desmontables, pero que se quedan para siempre, incluso sin uso en invierno, ocupando varias plazas de aparcamiento.

No sé cuánto dinero ganan los ayuntamientos con esto, pero no creo que lo suficiente para robarnos a todos este espacio y estos servicios. (Y, además, si se estropea el pavimento que usurpa le terraza nos tocará pagarlo a nosotros).

Lo mismo pasa en los parques públicos, en las playas… Ah, las playas: Las tumbonas y sombrillas explotadas bajo concesión administrativa ya prácticamente no nos dejan sacar las nuestras; tienen amplios espacios reservados en los que reinan. Y los chiringuitos y demás instalaciones privatizan lo que hasta ahora era de todos.

Por dinero se alquila nuestro espacio, nuestro civismo, nuestra ciudadanía.

Autor:
José Ramón Hernández
Soy arquitecto desde 1995, y desde entonces vengo ejerciendo la profesión liberal. Arquitecto “con los pies en el suelo” y con mucha obra “normal” y “sensata” a sus espaldas. Además de la arquitectura me entusiasma la literatura. Acabo de publicar un libro, Necrotectónicas, que consta de veintitrés relatos sobre las muertes de veintitrés arquitectos ilustres.
  • Charo Velasco - 18 septiembre, 2018, 18:19

    Me parece una reflexión muy oportuna…

  • José Ramón Hernández
    José Ramón Hernández - 18 septiembre, 2018, 20:51

    Muchas gracias.

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