Un taller mecánico

Llega un cliente y aparca su coche en doble fila junto a los otros aparcados. No se dirige hacia la puerta abierta del taller sino hacia el grupito de gente que se halla enfrente. Saluda y se une inmediatamente a la animada conversación que todos ellos mantienen. En el centro de esta peculiar reunión un mecánico, vestido con su desgastado mono azul, trabaja sin levantar la vista del motor, con las manos ennegrecidas, dándole con la llave a una tuerca que se resiste. Un vecino que ha salido a pasear el perro aprovechando que a esta hora el sol ya ha perdido su vigor se detiene también junto al taller. Empieza a comentar preocupado los problemas que está teniendo en el huerto este año con los tomates y las judías; a este paso no va a recoger nada. Los consejos no tardan en llegar por parte de los presentes. En este instante un camión hace sonar su bocina con estrépito porque un coche parado en triple fila le estorba el paso. Esto ha provocado el colapso momentáneo de la calle, situación que es seguida con atención por un par de curiosas vecinas que han salido rápidamente al balcón. Poco a poco, va oscureciendo y la leve brisa se torna agradable y fina. Solo se oye el murmullo y las súbitas carcajadas de los congregados alrededor del taller. La gente pasea tranquila y la calle posee a esta hora un aire de vivacidad llena.

 

Se trata de una escena habitual que he visto mil veces en la calle donde vivo. Aquí el verdadero dinamizador de la calle, su núcleo de actividad, no es un centro cívico, ni un bar, ni la terraza de una cafetería; es un taller de reparación de coches. Situado entre casas aisladas con jardín, en la periferia de una capital de provincia, cumple esta función los días laborables mientras que los fines de semana los protagonistas son la calma y el silencio. Siempre he observado con asombro la insospechada capacidad de un tipo de local como este de trascender la actividad que realiza para convertirse en un lugar de reunión y de contacto entre vecinos, paseantes y clientes. Incluso alguno de ellos ha llegado a adquirir la costumbre de pasar por el taller un ratito cada tarde después del trabajo. Son pequeños locales que aún resisten frente a la creciente monotonía de su entorno, a la progresiva pérdida de actividades de su calle, y al interés de algunos políticos y urbanistas en sacarlos de los centros y zonas residenciales. Con ello, se busca reducir los conflictos e inconvenientes que la variedad de usos suele ocasionar, pero de esta forma las calles también pierden parte de su riqueza y diversidad, volviéndose anodinas, completamente faltadas de interés y de belleza.

 

¿Es a lo que estamos dispuestos a llegar en nuestra búsqueda obsesiva por el orden y el confort? Seguramente sería muy razonable buscar maneras de entender el urbanismo capaces de no excluir la coexistencia normal de actividades propia de la ciudad, tal y como ya planteaba Jelena Prokopljević en su artículo Espacio para compartir diferencias. Lección asiática sobre el espacio público.

Quizá sea necesario observar la realidad con mayor cuidado, prestando atención a los matices que nos ofrece, para poder valorar todo su atractivo y así darnos cuenta que el funcionamiento de la ciudad es más complejo e interesante de lo que muchas veces puede parecer.

Autor:
Albert Mercader
(Girona, 1991) Arquitecto por la Universitat de Girona. Como estudiante realiza prácticas en el estudio de Álvaro Siza en Oporto. Posteriormente ha desarrollado labores en el campo de la práctica arquitectónica y la docencia.

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