Escala como puedas: ¿Y si lo difícil para un estudio de arquitectura fuera crecer?

Four Storms and a Twister“, por JD Hancock en Flickr – CC BY

 

Se ha hablado mucho (y nunca lo suficiente) de lo difícil que es para un estudio de arquitectura sobrevivir. Se nota en el ambiente, y no es para menos, la huella que han dejado estos años de miedo a la falta de trabajo, de encogimiento y hundimiento en la precariedad.

Pero parece que se habla muy poco de lo complicado que es crecer después. Sí, ¿qué sucede cuando el instinto de supervivencia logra sacarte del agujero (a cambio de tu alma o de tu primogénito) y el gran trabajo soñado aparece?

Pues sucede que suenan fanfarrias, las puertas se abren, se llena de nuevo el edificio… y se abren todos los frentes. Gotean todas las goteras, saltan los fusibles y nadie se acuerda de darle a guardar.

Y es que el contexto cambia, pero las dinámicas adquiridas (o autoimpuestas) en la búsqueda de la supervivencia no se van. Las precariedades internas, tan familiares que resultan casi cómodas, se agarran como lapas. Ciertos modos de hacer, antes naturales e inconscientes, de pronto resultan no ser sostenibles ni escalables. Y hay que escalar como sea.

 

Para empezar, el equipo necesita aumentar. Pero no existe nada parecido a un proceso de contratación, y “recursos humanos” suena a algo visto en una peli americana. La gente conocida no está disponible, y la gente disponible es desconocida. La gente llega y no encaja. La gente que encajaría no llega. O sí. De casualidad.

Al mismo tiempo, la estructura de ese equipo cambia. Se reordenan las mesas y los roles. Los creativos acaban de gestores; los técnicos, de creativos. Nadie sabe quién es quién. Aparecen vagas tentaciones de jerarquías y reuniones multitudinarias, esos caminos trillados de una cultura empresarial que en realidad, en el típico estudio español, ni se entiende ni interesa.

Cambia también el ambiente. Los que se conocían de haber estado codo con codo en la zanja ya ni se ven desde sus torres de control. La comida familiar se convierte en un banquete con gente que… oye, ¿ese quién es? Se pasa de altavoces a auriculares. Los chistes de antes ya no hacen gracia, y aparecen memes nuevos.

Se remueven las dinámicas de trabajo. El caos, ya asumido como compañero inevitable de la urgencia, se hace mayor y se lía con la ineficiencia. Las cosas no se encuentran, porque antes el orden era un lujo. Se olvidan cosas ya sabidas y se descubren otras nuevas. Se reinventan todas las ruedas y algunas, eso sí, salen redondas.

 

Cada día llueven retos imprevistos a lo largo de jornadas laborales que, sorpresa, no se han reducido ni aligerado. El bienestar prometido… sigue siendo una promesa. Si antes se sobrevivía en la escasez, ahora hay que apañarse con la abundancia.

Y hay algo más. Una duda sutil que ronda por debajo de todo lo anterior, como una fuga en el sótano. Ya no vale cualquier cosa. La gente, la empresa, se pregunta qué está haciendo, o qué quiere hacer. La propia identidad, construida y apuntalada apresuradamente para salir del paso, ya no les representa.

Se achaca todo a la velocidad, al tocino o a las circunstancias pero, en esta profesión, gran parte del lío viene de la falta de atención (y de formación, y de interés) que viene sufriendo el aspecto empresarial de muchos estudios de arquitectura. Y es que reformar una oficina sin salir de ella suena incluso bien, como a suculento reto constructivo, pero preparar sobre la marcha a una empresa para que pueda crecer… ya tal.

Autor:
Jorge Toledo
Jorge Toledo García es Arquitecto, actualmente trabajando en Ecosistema Urbano, donde lleva principalmente temas de comunicación así como la investigación y desarrollo de herramientas aplicadas a lo social. Interesado en las aplicaciones de la innovación abierta y la cultura libre a las formas de trabajo, al entorno urbano y a la arquitectura.

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