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En realidad Fundación Arquia me pidió que escribiese sobre esta última edición de la Bienal. Me negué a hacerlo por la sencilla razón de que no iré por aquello de los precios y tal. Si me subvencionan un viajecillo prometo una crónica de lo más chachi. Pero lo veo un tanto chungo teniendo en cuenta que quería hacer un decálogo y me he quedado en seis puntos.

#ReflexiónBienalVenecia (escrita por el Reportero Que Se Perdió la Bienal de Rem Koolhaas)

Foto: Jaume Prat, Bienal de Venecia 2010

 

Allá por el siglo nosécuantos unos cuantos lugareños hartos de sufrir saqueo tras saqueo decidieron irse a vivir al sitio más feo e insalubre que encontraron a ver si los dejaban tranquilos de una vez. Eligieron unas marismas en medio de una laguna infestada de malaria, se hicieron fuertes, convirtieron el hígado en su plato nacional y se dedicaron a asimilar cualquier influencia externa para crearse una identidad propia que sólo se podía llamar italiana por aproximación. Allá por 1895, cuando la cultura impregnaba sus piedras con la misma potencia que la humedad y todavía no estaban conectados con tierra firme, decidieron montar reuniones de decoradores y demás agentes participantes en ese negocio parapiratesco del intercambio de bienes artísticos.

Casi cien años costó que estas reuniones bienales contasen con un apartado específico de arquitectura. Lo que se logró en 1980 cuando Paolo Portoghesi comisarió la primera de estas muestras reflexionando sobre La Presencia del Pasado. El resultado fue el debate de mayor influencia urbana desde el inicio del Movimiento Moderno.

Han pasado 38 años desde esa primera muestra de arquitectura1 y es tiempo de extraer algunas conclusiones sobre este evento.

 

#1: La calidad.

Lo más remarcable es que casi todo el mundo se lo toma en serio. Hay mucho talento, mucha materia gris reflexionando y una acumulación de buenas intenciones que se traduce en una enfilada de pabellones que en el peor de los casos tienen intención. Hay muy poco material despreciable.

#2: El éxito.

Sea por el prestigio acumulado, sea por la capacidad que el material presentado suele tener de someterse a reflexiones críticas, sea porque se ha convertido en algo parecido a un lugar común, la cuestión es que el círculo virtuoso funciona, convirtiendo este evento en lo que quizá sea la reunión de arquitectura más popular del mundo.

#3: La experiencia.

Todo se junta: el emplazamiento son unos pabellones nacionales ubicados en unos jardines de ensueño poblados por árboles centenarios. Algunos de estos pabellones son obras maestras de la arquitectura. Hasta el peor de ellos tiene algo que contar. Luego está el Arsenal, un edificio tan bueno que merecería viajar a Venecia expresamente si se exhibiese vacío. Pero es que se llena de cosas interesantes que, por el tamaño de las salas, tienden a estar a escala real. Suma a todo esto una ciudad con un patrimonio inagotable y tienes un aliciente que no se agotaría ni en varias vidas.

#4: La inutilidad de los premios.

¿Alguien se acuerda si el Teatro del Mundo, esa contribución de Rossi a la primera Bienal, ganó la Palma de Oro? ¿Alguien se acuerda de si ese año se entregaron siquiera Palmas de Oro? ¿Alguien que no pertenezca a la organización me podría citar tres? El evento es tan potente que no necesita premios ni otro reconocimiento que la calidad del propio pabellón. En cambio todos los interesados tenemos nuestro propio mapa mental de intervenciones interesantes/decisivas/históricas en el total acumulado de Bienales independientemente de si éstas han sido o no premiadas.

#5: El valor del tiempo ordinario.

La Bienal siempre ha sido un evento largo. Se inaugura un día de estos y se prolongará hasta noviembre. Resulta interesante visitarla en cualquier día y a cualquier hora. Viajar allí implica interés por la exhibición per se y ganas de extraer reflexiones sobre su contenido. Este sentimiento es compartido por el grueso del público participante, lo que abunda en su carácter excepcional.

#6: A todos los que me escuchan

Aquí les vengo a dejar

Un gorrión venezolano

Que se llama pavo real

Sí: la Bienal es también una Feria de las Vanidades. Los días previos a su apertura al público se transforma en lo que venía a ser el Liceo antes de que se quemase: un teatro que miraba a platea mientras convertía las óperas representadas en algo parecido a la música de ascensor. Allí se va a mirar y a ser visto en una coreografía que pivota entre algo digno de ser filmado por los reporteros de naturaleza de National Geographic y una obra de los Monty Python.

 

Nunca he sabido si la Bienal es algo que plasma lo que ha venido sucediendo en los últimos dos años en nuestro panorama o si, al contrario, anticipa lo que va a suceder en los siguientes dos. Sospecho que las dos cosas a la vez. Mientras esto siga siendo así, seguirá teniendo sentido y valdrá la pena dejarse caer por allí de tarde en tarde. Lo que, con toda seguridad, podrá aplicarse a la presente edición. Ganas de que me lo cuenten.

Notas de página
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En realidad Fundación Arquia me pidió que escribiese sobre esta última edición de la Bienal. Me negué a hacerlo por la sencilla razón de que no iré por aquello de los precios y tal. Si me subvencionan un viajecillo prometo una crónica de lo más chachi. Pero lo veo un tanto chungo teniendo en cuenta que quería hacer un decálogo y me he quedado en seis puntos.

Autor:
Jaume Prat
(Barcelona, 1975) Arquitecto por la ETSAB, compagina la escritura en su blog 'Arquitectura, entre otras soluciones' con la práctica profesional en el estudio mmjarquitectes. Conferenciante y profesor ocasional, es también coeditor de la colección de eBooks de Scalae, donde también es autor de uno de los volúmenes de la colección.

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