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Facere, facies, faciei

Hay algunos conceptos arquitectónicos cuyo uso me provoca cierta incomodidad. Uno de ellos es el de “quinta fachada”. Mi cuestionamiento no llega desde el convencimiento de que denominar así a una cubierta supone minusvalorar sus ilimitadas posibilidades, sino de que el propio concepto de fachada del que nace la analogía parece cuestionado en una arquitectura contemporánea empeñada en no dar la cara, y en la dicho elemento, entendido del modo tradicional, asume un rol cada vez más incierto.

Al mismo tiempo que aumentaba nuestro afán por dotar de carácter a ese plano superior, el interés por el resto de facetas del edificio ha ido disminuyendo hasta llegar a un punto en el que, no sé si en un alarde de austeridad, de devoción miesiana (less is more), o de simple desgana, algunos se han empeñado en que lo revolucionario debía ser prescindir totalmente de este elemento. Como resultado, han comenzado a proliferar unas arquitecturas que, supliendo esta carencia con exceso de forma, no dudan en convertirse en caricaturas de sí mismas.

No obstante, tampoco han faltado alternativas a estas arquitecturas descaradas que, asumiendo que algunas veces lo mejor que puede hacer un edificio es pasar desapercibido, han optado por la renuncia frente a la negación, por alcanzar la relevancia a través de la ausencia. El multipremiado Museo de las Colecciones Reales puede ser un ejemplo de ello, de un proyecto que ha asumido el reto de presentarse públicamente a través de la reducción de sus paramentos a la más elemental condición de alzado, y en los que las posibilidades de satisfacer las funciones de representación propias de una fachada han sido deliberadamente anuladas.

Figura 1: (CC) Luis García, manipulada por el autor.

 

Hacer una buena fachada, capaz de comunicar significativamente, es una de las cosas más difíciles de la arquitectura. Muchas de las grandes obras de la historia han centrado sus esfuerzos en tener solo una, “la fachada”, sin aspirar a las múltiples pretendidas por una modernidad perversa empeñada en establecer una forzada similitud entre edificios y cajas. Lo que es de una gran desfachatez es pretender no tener ninguna, permanecer en silencio y, al mismo tiempo, manifestarse desprovista de esa máscara en la que se convierte toda gran fachada, esa a través de la cual se nos fuerza a comprender el edificio y que le permite, si así lo desea, aparentar ser lo que no es. Alcanzar ese nivel de neutralidad, ese “grado cero” arquitectónico, usando la terminología de Barthes, requiere siempre de unos artificios notables, aquellos que posibilitan a la arquitectura conocer y comprender la sintaxis que le es propia para después desprenderse voluntariamente de ella sin negarse como tal arquitectura.

Figura 2a: ©Luis Asín, para Circo T+M, 2017
Figura 2b: Grabado del Coliseo realizado por Antoine Desgodetz. En Desgodetz y Coignard, Les edifices antiques de Rome dessinés et mesurés tres exactement, París, 1682)

 

Una conocida máxima señala que para saber desdibujar, primero es necesario haber dibujado mucho. Con la arquitectura pasa algo similar, y en nuestro camino por dominar esa prometedora “quinta fachada” nos hemos ido olvidando de algunos de los códigos que nos permitían definir las otras cuatro y, si así lo deseábamos, hacerlas desaparecer incluso delante de nuestros ojos.

 

Autor:
Carlos Santamarina-Macho
(Gijón, 1981) Arquitecto (2005), máster en restauración arquitectónica y doctor en urbanística y ordenación del territorio por la Universidad de Valladolid. Compagina la práctica profesional vinculada a la planificación urbanística con la docencia en el área de proyectos arquitectónicos. Sus intereses giran en torno a la representación e interpretación cultural del territorio, los medios de comunicación y la disolución de los límites disciplinares.

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