¿Qué puede aportar hoy el playground a la ciudad?

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Los espacios urbanos para la infancia se han reducido actualmente a un muestrario repetido de mobiliario de juego. Si a ello unimos la pérdida de autonomía del niño en la ciudad, ¿qué valor podemos asignar entonces a este pequeño espacio público?

El niño urbano de hoy o tiene un playground para jugar al exterior o no tiene nada“. Con esta contundencia resumía Roger Hart[1] dos realidades de la infancia: su falta de disponibilidad para jugar en cualquier otro espacio de la ciudad y la gran importancia que adquiere en consecuencia el único que posee. Bastaron 20 años (1970-1991) para que el niño perdiera la ciudad[2] : fin de los recorridos seguros al colegio, del empleo del transporte público y del juego en plazas y calles.

Cuando en 1961 Jane Jacobs defendió el papel de las aceras frente al playground como espacio para la infancia lejos estaba de imaginar esta radical transformación. La urbanista encontraba en la calle una base de operaciones exterior y no especializada donde el niño podía jugar, observar y establecer sus nociones del mundo real. La responsabilidad de lo urbano se educaba en las aceras porque en ellas existía una presencia continua y comprometida del adulto que transmitía con su actitud valores cívicos.  “Los espacios y las instalaciones no crían a los niños. Pueden ser complementos útiles, pero sólo las personas educan a los niños y los integran en la sociedad civilizada“. [3]

Cabe preguntarse por tanto qué papel tiene hoy el playground, no como el espacio que es sino como lo que puede llegar a ser dentro de este contexto urbano caracterizado por la falta de autonomía infantil.

Liane Lefaivre[4], autora de referencia, defiende que el playground aporta dos importantes cualidades a la ciudad: el juego reúne a personas de todas las edades y cuando está bien diseñado, dota de identidad al lugar. Lefaivre desarrolló un modelo (PIP) basado en la obra de Aldo Van Ecyk con el objetivo de regenerar áreas degradadas en Rotterdam. Sus iniciales hacen referencia a sus tres potencialidades: el playground permite la participación de la comunidad (Participation), tiene una fácil inserción en cualquier entorno urbano gracias a su pequeña escala (Intersticial) e interpretado colectivamente forma una red de alta densidad (Polycentric).

Aunque el juego nunca debería reducirse a un espacio urbano concreto, los playgrounds han de entenderse como constelaciones en el tejido urbano que diversifican, amplían y enriquecen la actividad lúdica. Deben recoger por tanto todos los tipos de juego que se dan a lo largo de la infancia.

Como idea de partida, los espacios públicos responden a las necesidades de la sociedad y han de modificarse cuando esas necesidades evolucionen. En el caso del playground, éste refleja una sociedad en la que prima la seguridad del niño y su confinamiento frente al desarrollo de su experiencia vital y educativa. Aún no se han abordado desde este espacio algunos retos actuales de la infancia como son su necesidad de contacto con la naturaleza, la toma autónoma de riesgos, coeducación, interculturalidad o inclusión.

A esto hay que sumarle las nuevas y estimulantes posibilidades educativas que plantea si consideramos el espacio como tercer profesor[5] (¿qué ideas urbanas recibe el niño cuando su integración en la ciudad se produce exclusivamente a través de los espacios de juego actuales?) y también la oportunidad formativa que supone su participación en el diseño.

La extraordinaria creatividad que ha tenido el playground a lo largo de la historia representa un sólido precedente en el que basarse. Si incorporamos las necesidades actuales de la infancia en proyectos que conserven esa frescura y experimentación quizás logremos no sólo interesantes espacios de juego, sino también entornos urbanos en los que todas las edades puedan relacionarse, educar y compartir con espontaneidad y alegría.

 

 

[1] Roger Hart es profesor de psicología ambiental y del desarrollo y codirectos del grupo Children’s Environment Research Group. Esta reflexión es parte de la conferencia que impartió en 2012 en las Jornadas científicas Arquitectura, Educación y Sociedad dirigidas por Josep Muntañola (UPC).

[2] Estudio de Hillman, M., Adams, J. & Whitelegg, J. (1990). One false Move… A study of children’s independent mobility. Londres: PSI Publications.

[3] Todo este párrafo hace referencia al capítulo “Usos de las aceras: incorporación de los niños” del célebre libro de Jane Jacobs Vida y muerte de las grandes ciudades.

[4] Liane Lefaivre es profesora y catedrática de Historia y Teoría de la arquitectura en la Universidad de artes aplicadas de Viena. Las reflexiones están extraídas de su libro Ground-up City: Play as a design tool. Amsterdan: 010 Publishers (2007)

[5] El pedagogo Loris Malaguzzi, creador de las escuelas Reggio Emilia, consideraba el entorno físico como el “tercer profesor” después del maestro y los otros niños.

Autor:
Virginia Navarro
Es arquitecta por la ETSA de Sevilla (2003) y Máster en Arquitectura y Patrimonio Histórico (2008). Primer premio por su fin de carrera en la XXI Edición del Premio Dragados. Se forma en el estudio de Ricardo Alario, con quien comparte actualmente actividad profesional . En 2011 funda junto a Tibisay Cañas, Laura Organvídez, Ana Parejo y Sara Parrilla cuartocreciente arquitectura, una iniciativa creada con el objetivo de mejorar los tres espacios principales en los que se desarrolla la niñez (casa, escuela y ciudad) a través de la investigación, los talleres de arquitectura, la realización de proyectos y el diseño de objetos. Actualmente desarrolla un tesis sobre el espacio de juego exterior en la infancia, dirigida por Ángel Martínez García-Posada. Ha escrito y presentado diversas comunicaciones sobre el playground y el juego del niño en la ciudad.

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